Vórtice al oeste del conurbano

Esquina de Valentín Alsina y Salvatori, barrio Juan Vucetich, José Clemente Paz, noroeste del conurbano. Arrabal de clases subalternas donde confluyen la zanja plagada de peces morenitos de rosales de Valentín Alsina, las alcantarillas hartas de ratas y latas de Salvatori, una casilla destartalada rodeada por una hilera deforme de casas irregulares y la parada de la línea 749.

Entre el fin del día anterior y las primeras horas de la madrugada, un solo farol alumbrando las cuatro esquinas le da a la parada de colectivos, que está sobre Salvatori, un aire entre melancólico y lúgubre solo comparable en las penumbras de mi memoria a los caminos que cruzan como venas secas los desolados parajes del norte santiagueño.

Alrededor de las cuatro de la mañana, la primera sombra se acerca a la intersección; a media luz y con la cabeza cubierta por una amplia capucha, un hombre joven se apresura a guardar algo en su mochila mientras llega el primer colectivo. Es el primero de muchos cómo él que esperarán el 749 para empezar a acercarse al centro. Dos borrachos gritando sus miserias pasan por la parada mangueando guita para un vino que se tomaron hace ya demasiado tiempo, el denso brillo de su piel y el vacío de sus ojos son el reflejo de su lobo devorando su alma.

Las siluetas deslizándose a media luz se multiplican con sus zapatillas gastadas y ropa de fábrica sosteniendo pesadas mochilas con herramientas. Algún empleado municipal, y unos pocos empleados de diferentes gremios de servicios, juegan a ser el remedo pretencioso de algún futre al que vieron pasearse por algún lugar de la capital.

Los movimientos, densos, cansinos y cadenciosos, mutan poseídos por el nerviosismo propio de la urgencia y así, las horas transcurren al mismo ritmo al que aumenta la frecuencia del 749. La única línea de colectivos que pasa por un barrio cuya fama de ser tierra de malandras y malevos, ahuyenta al medio pelo incauto que ve la vida pasar por los noticieros.

Mientras el sol consolida su triunfo sobre los últimos estertores selenitas, la mirada de un dios indiferente al devenir inercial de la barriada empieza a ser capaz de distinguir (si así lo deseara) las caras variopintas de los viajantes. El paisaje, lejos de ser suave e inspirador, presiona sobre mi ánimo de espectador, reventando en marrones intensos y grises oscuros en cuánto el filo del sol rasga para siempre la aurora y le da paso al día.

Pasan las siete de la mañana y el flujo de pasajeros llena la esquina. Los rostros parecieran ser todos iguales, las auras también. Como si la gente del barrio se hubiera reproducido en serie bajo un mandato modal que los uniformó y al cual se sometieron sin desearlo y sin saber que lo aborrecían.

A medida que la mañana le abre paso al mediodía, y el sol se encarama en lo más alto, la parada de colectivos deja de ser el epicentro. Las pocas personas que vienen y van, desocupados, madres y niños yendo y viniendo de la escuela, se mezclan con los carros de cartoneros y el sulky mugriento tirado por el reyuno flaco de aquél ciruja andrajoso que dejó olvidado su orgullo y sus sueños en alguna fábrica abandonada, hace muchos años, en un lugar lejano.

La siesta, apenas interrumpida por las voces en alto y la vivacidad de la juventud escolar, le da una claridad al entorno, que irá perdiendo a medida que el proceso diario se revierta y, aquellos que antes fueron, vuelvan a ser en el barrio.

Son las cuatro de la tarde, y las tres horas que faltan para que sean las siete, le mienten descaradamente al tiempo vivar. Las mochilas pesadas, las capuchas, los yuppies de imitación, los borrachos con vinos nuevos, los colores intensos y la vida misma que se fue cuando el día claro todavía no había nacido, están de vuelta para guardarse.

La mañana y la tarde, bajo el torcido arco de hierro que sostiene la chapa de cinc que cubre la parada del 749 son un reflejo casi perfecto. Porque el barrio renace cuando vuelve su gente, pero sólo para volver a morirse como hojas de orquídea desvaneciéndose en el aire, pulverizadas por la presión del otoño conurbano.

Y no habrá más nada hasta que la luna se empiece a cansar de brillar al borde de la madrugada siguiente, cuando el vórtice vital de Valentín Alsina y Salvatori vuelva a arrastrar a la gente del barrio a la rutina anquilosada, casi nunca incógnita y siempre salvaje, que le espera fuera de él. Y así, esta esquina y esta parada de colectivos, vuelvan a alzarse con la belleza propia de la antesala de la crudeza.

Sebastián Jiménez
sebastianjimenez@huellas-suburbanas.info