¿SE ENCUENTRA PUTIN ANTE SU PROPIA GUERRA DE MALVINAS?

Por Néstor Gorojovsky
Secretario General  Patria y Pueblo
Socialistas de la Izquierda Nacional


   La liquidación del régimen de socialismo burocrático en la URSS llevó a sus dirigentes (los mismos burócratas que lo habían venido administrando desde tiempos de Stalin) a abrazar las formas más desreguladas de capitalismo. 
   Eso fue Yeltsin, un tipo que presidió la crisis demográfica más horrenda imaginable, consecuencia natural sin embargo de haber retrogradado en la escala de civilización, de un mal socialismo a un capitalismo perfecto.
   La catástrofe en que esto terminó fue el punto de partida desde el que el Estado ruso, bajo el comando de la quintaesencia del poder estatal, la antigua policía secreta, fue intentando poner algo de orden en el caos y eliminar los casos más groseros de saqueo y corruptela.
   Eso fue Vladimir Putin. Ni el primero ni el segundo, sin embargo, creen posible, necesario o deseable retomar la vía de superación del capitalismo. Esto implica, entre otras cosas, que la defensa que se está haciendo ahora del interés ruso en Ucrania se hace precisamente en nombre del «interés ruso».
   Pero el interés ruso es, inevitablemente, el anti-interés de la Tríada hegemonizada por Estados Unidos con la Unión Europea y Japón como socios de segundo orden, y Australia, Canadá y Nueva Zelandia como socios de tercer orden, mientras que Israel funciona como enclave militarizado para controlar el Medio Oriente por la vía de las armas.
   Y la Tríada no puede darse el lujo, menos aún en momentos de fuerte crisis sistémica interna, de incorporar nuevos socios en pie de igualdad, que era y aún parece seguir siendo la aspiración de las élites del poder en Rusia.
   Por otro lado, la naturaleza intrínsecamente agresiva, expansiva y depredadora de las formaciones económico sociales que constituyen el centro del orden imperialista mundial las lleva, como signadas por una maldición diabólica, a repetir el avance que ochenta años atrás intentó el imperialismo alemán sobre Europa Oriental. No hay que olvidar que el actual régimen ruso extrae toda su legitimidad de la victoria sobre la intervención imperialista en 1945.
   Esta reiteración, por lógica consecuencia, ha alarmado al pueblo ruso, que se ha puesto de pie indignado ante las tropelías del régimen cipayo y delincuencial que se encaramó ahora en Kiev y pretende defender a los «rusos de Ucrania». Un resurgir de patriotismo popular espontáneo es la respuesta que tuvo la aventura de Occidente en la «hermana gemela» de Rusia.
   Esta alarma, empero, no queda solo en ella misma. 
   El patriotismo ruso está íntimamente ligado a la reivindicación de toda la historia rusa, incluido su período más potente, el de la URSS. Así, los manifestantes rusos en Crimea o en Ucrania Oriental alzan la bandera rusa JUNTO A LA BANDERA ROJA (que para ellos representa la URSS más que el socialismo o 1917). 
   Y los manifestantes antirrusos enarbolan (además de estandartes que reproducen los emblemas de unidades militares de las SS alemanas) la bandera ucraniana JUNTO A LA BANDERA AZUL CON ESTRELLAS de la UE (que hoy reitera frente al cipayaje «nacionalista reaccionario» de Ucrania lo ocurrido durante la Guerra Civil, cuando los «nacionalistas antisocialistas» ucranianos se cobijaron bajo una bandera imperial alemana que llegó como «apoyo» y terminó dándoles órdenes).
   Ucrania, otra vez, es el punto de enroque de dos juegos de reivindicaciones. En el embrollo ucraniano se entrecruzan hoy, como hace cien años, las cuestiones nacionales con las cuestiones sociales. 
   Ningún gobierno ruso, por mejores intenciones que pueda tener (si las tiene) está en condiciones de hacerse aceptar por los ucranianos si su propuesta es una «propuesta rusa», y por lo tanto Ucrania seguirá dividida, lo que es pura ganancia para el Occidente que quiere llevarse puesta a Rusia.
   La única forma de integrar Ucrania con Rusia pasa por asegurarle a los ucranianos que la mafia cleptocrática que los desangra desde 1991 será puesta en caja y las masas populares tendrán una representación en el Estado más segura que la que tienen hasta ahora. Además, tiene que asegurarse la plena expansión de la cultura ucraniana, a la que de ese modo se podrá arrancar de las garras de los cipayos pro-UE, ofreciendo una alternativa distinta a la que plantea el imperialismo occidental.
   Esto, sin embargo, implica vérselas también, con creciente dureza, con los oligarcas internos de Rusia. Y esto significa que si el gobierno de Rusia Unida pretende mantener el apoyo de masas que tiene hoy, deberá encontrar el modo de retomar, desde donde quedó cortado, el hilo de la historia iniciado con la Revolución de Octubre. 
   Putin se encuentra entre la espada y la pared. O avanza en Ucrania en defensa de los rusos de Ucrania Y DEJA DE PENSAR EXCLUSIVAMENTE EN TÉRMINOS DE LO QUE «BENEFICIA A LA FEDERACIÓN RUSA», LO QUE IMPLICA RECUPERAR -DE ALGUNA FORMA ACTUALIZADA Y ADAPTADA AL MUNDO MODERNO- LA TRADICIÓN SOCIALISTA DE INTERNACIONALISMO PROLETARIO QUE IMPLICA , o deberá enfrentar una derrota que provocará a su vez, a la larga o a la corta, la ira de las masas rusas.
   Es decir, Putin se encuentra en una situación muy parecida a la que encontraron los mandos militares argentinos cuando las movilizaciones populares a la Plaza de Mayo les impidieron seguir con su política inicial de «ocupar Malvinas para negociar una soberanía compartida». En 1982, la batalla era a todo o nada, y hoy en Ucrania la batalla también es a todo o nada.
   Putin se juega la continuidad personal en todo esto, pero también la del régimen surgido de la disolución de la URSS. Podemos llegar a encontrarnos en una bisagra histórica. Si vence Rusia en la pulseada ucraniana, la explicación es obvia. Pero si es derrotada por desidia o timidez, las masas rusas hablarán, y no tardarán mucho en hacerlo, porque lo único que había prometido Putin era terminar con la indefensión nacional rusa. Si este régimen no garantiza eso, otro habrá que lo haga. 
   Y otra vez llegamos a la alternativa de fondo que enfrentaba la Rusia zarista de 1917: «O transformamos el régimen social y económico, o somos colonizados por Occidente».
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