Reflexiones en tiempos de desconcierto e incertidumbre

No somos pocos quienes pensamos que un cambio de época sustituye las versiones modernas e incluso posmodernas en las cuales el Estado está presente para sostener y asistir a los ciudadanos. Y no es poca la conmoción en sus cimientos, ya que seguramente el cimbronazo termine por resquebrajar las pequeñas certezas o notas de sentido común en todos aquellos que no son parte de los negocios con el Estado. No pocas situaciones han propiciado que sean los mismos los que conspiran y luego negocian, y los no favorecidos y dependientes de los planes de ayuda social, muchos de los cuales sin ser parte del trust, se han dejado seducir por las propias luces de la destrucción impiadosa. Desearon, incluso, que detone todo por los aires. ¿Paradójico? Tal vez. Quizá quienes venimos de otras épocas, donde lo público era un valor cuasi similar a la Nación, nos preocupemos y mucho por esos fines y por quienes van a quedar en el medio de las topadoras puestas en marcha. Paradójicamente esos que piensan que aquello que se dice en campaña no será factible de ser realizado, contradictoriamente, lo que muchos votaron para que sea efectivo y ahora parados ante el abismo, siguen creyendo que no.

De algo de todo eso que fue, nos queda a quienes tuvimos algo de previsión la sensación de pérdida y a la vez la de fracaso. No hemos podido competir, los unos desde la humanidad  de los presupuestos cristianos, a la tentación de los otros por un incierto cambio a orillas del precipicio. El sufrimiento es necesario… pero puede evitarse.

Tal vez los medios de comunicación han  construido nuevas lógicas sustitutivas de las modernas y estatales, pero no han ganado la partida. La ficción de una realidad mentirosa dadora de fakenews ha dado de comer el alimento sólido a todos aquellos que asistieron a la escuela y lograron una funcionalidad poco efectiva en las posibilidades de interpretar la realidad. Muchos de ellos son hacedores de las ventajas, en otra época impensables. También, paradójicamente, esos medios han dado herramientas a todos aquellos que sienten placer con la destrucción del otro, que han recreado al “antiotro”.

Por otra parte, es tiempo de revisar la gratuidad como manera de vivir, fenómeno que en la base es engañoso pero es parte de un Estado solidario donde el otro importa. Creo que el dar indiscriminadamente sin esperar nada a cambio es una fórmula agotada que achica algunas distancias pero aplana los desafíos. Algo habrá que pensar en esto: primero los nuestros sin olvidar que a alguien le cuesta y es necesaria la devolución en algún momento de la vida.

La educación a cargo del Estado y para todos, requiere una revisión urgente, algo se está haciendo mal cuando en el ideario no se pone como derrotero cambiar uno para poder cambiar el mundo. Algo que nos muestra en nuestras peores actitudes está ocurriendo en tiempos donde la obligatoriedad educativa está extendida a lo que era en otros tiempos, sin embargo esa apertura y ampliación de lugares no redunda en sujetos que construyan presupuestos acordes con los fines de lo público. Algo habrá que revisar, algo habrá que cambiar en este sentido.

En tiempos en los que muchos creen que “la Tierra se concibe plana”[1] y muchos referentes identitarios se mundializan, es tiempo de pensar en lo nuestro, pero construirlo será una ardua tarea de la cual no pocos estarán dispuestos a asumir las exigencias. Exigencias para defender lo propio y lo de todos, y también para cambiar el mundo.

 

Imagen: Mafalda, Quino. Fuente: Actitudfem.com

[1]El concepto corresponde a Thomas Friedman. Se recomienda la lectura de su libro La Tierrra es plana. Breve historia del mundo globalizado del siglo XXI. (2006) mr ediciones

Eduardo Marcelo Soria
msoria@huellas-suburbanas.info