Nos estamos viendo

Aquí estamos nuevamente en un diciembre en Argentina, ese país al que debería venir con el epígrafe “No lo entenderías”. Diciembre es muchas cosas en este país, y aunque el año pasado tuvimos la gloria de poder despejar los fantasmas de un doloroso estallido social en 2001, lo cierto es que poco duró esa alegría inconmensurable para quienes gustamos del fútbol, porque nunca la felicidad puede ser para todo un país. Hablando de felicidad y de Argentina, estamos transitando una época muy desconcertante, al menos para mí.

Como ya saben entre las temáticas que suelo abordar, salud es la principal. Si me toca definirme, siempre digo que yo “pertenezco al campo de la salud mental” más específicamente. Bueno en esta oportunidad estoy aquí para participar en esta última edición de esta publicación que tantas veces “cobijó” por no decir encubrió, mis más sinceros pensamientos, los cuales fueron sostenidos por el editor contra viento y marea, y eso debo agradecerlo dejando estas últimas palabras aquí plasmadas.

El título de la nota hace alusión a lo obvio: “nos estamos viendo” en el próximo viaje editorial que se decida de aquí en más, ya no será Huellas pero seguramente tomará otra forma.

La segunda alusión viene con una anécdota personal que transforma la afirmación del párrafo anterior en una pregunta ¿nos estamos viendo?

Debo confesar que hace tiempo vengo “viendo” ciertas cosas que no me gustan, que me enojan, que me duelen, de la realidad de nuestro país. Varias las he compartido en esta publicación, no sin despertar el enojo de algunas personas por la crudeza de mis escritos.

Ahora bien, ver no quiere decir asimilar, sólo es ver y para ver hay que mirar. Hace muchos años venimos padeciendo desmanes económicos en nuestro país. Estamos reivindicando 40 años de democracia justamente este año. Si repasamos las promesas de campaña, las políticas implementadas luego y los resultados obtenidos, la conclusión no debería estar muy lejos de la frase: vamos de mal en peor, donde “mal” arranca con López Rega y la continuidad de sus políticas económicas durante la dictadura posterior. Porque antes de la continuidad democrática hubo una dictadura que puede calificarse como la más sangrienta del continente quizás. Y antes de ésta, el gobierno de la primera presidenta de Latinoamérica, quien aún vive apaciblemente en España. Pero mejor volvamos a la actualidad.

Diciembre 2023 nos ha ubicado haciendo fila para subir a un tren fantasma. En este punto quiero traerles la figura del conductor designado: es aquel que no consume alcohol porque va a asumir la tarea de conducir un vehículo. Respecto del tren fantasma, que de por sí es un concepto tétrico, pareciera ser que le dimos la llave a un conductor designado que se las entregó al más ebrio del grupo. Como si esto fuera poco se va llenando de azafatos y azafatas que no sólo huelen a naftalina, por decirlo de algún modo, sino que son protagonistas de la época democrática más nefasta de nuestro país: la década de los 90. Lo de la naftalina no es por la edad (o más bien no es solo por la edad) sino por el ideario que esas personas representan.

Aquí nos colocó el 56% de la población y la pregunta es ¿nos estamos viendo? Creo que debe haber tantas versiones de este país como personas habitan en él. Seguramente ninguna coincide con la realidad porque cada quien ve una parcialidad, como dicta la condición humana, pero no está dispuesta a compartir sus ideas en forma constructiva con quien ve las cosas de otro modo. Eso es un criadero de intolerancia en donde es muy difícil convivir.

¿Entonces qué vemos si obturamos una parte de la realidad? Supongo que Platón ya respondió esa pregunta hace mucho tiempo: “Así, los prisioneros representan a la mayoría de la humanidad, esclava y prisionera de su ignorancia e inconsciente de ella, aferrada a las costumbres, opiniones, prejuicios y falsas creencias de siempre. Estos prisioneros, al igual que la mayoría de los hombres, creen que saben y se sienten felices en su ignorancia, pero viven en el error, y toman por real y verdadero lo que no son sino simples sombras de objetos fabricados y ecos de voces.”

https://www.unsam.edu.ar/escuelas/ecyt/docs/Platon%20El%20mito%20de%20la%20caverna%20%20Admisi%C3%B3n%20IEU.pdf

¿Ahora cómo saber que eso que percibimos es una sombra? No hay otra manera que no sea atravesar la oscuridad y asomarse a ver la luz del sol. Saliendo ya de las alegorías y volviendo a la oscuridad que pareciera que tenemos que atravesar estos cuatro años, debemos dejar de lado el rencor y la “vendetta” que parece impulsar estos tiempos en los que estamos viviendo para acercarnos más a la realidad de otras personas, dejar de ser prisioneros y prisioneras de nuestras “sombras” proyectadas en nuestra caverna.

Creo que lo que sí es inteligible para la población “de a pie” ya sea dentro del 56% o dentro del 44% es que vienen tiempos difíciles en la economía, y por eso es que el mayor desafío será el de trascender la frontera de nuestra caverna y acercarnos a la luz. Menos metafóricamente, en criollo sería algo así como: no nos enfrentemos (nuevamente) entre pobres, no le contemos las costillas a quien está pasándola mal, no incentivemos una caza de brujas (nuevamente) buscando votantes de un lado y del otro de la caverna porque lo hecho, hecho está y ahora tocará afrontar las consecuencias.

Ustedes se estarán preguntando por mi anécdota personal y el costado sanitario y/o de salud mental que les prometí al principio. Bueno, les cuento entonces.

El domingo de los comicios fui a cumplir con mi deber cívico, luego acompañé a mi madre a cumplir con el suyo y ahí mismo dentro de la escuela aún, sentí un dolor en la zona abdominal baja del lado derecho: la zona de los ovarios por si alguien no se ubica en el cuerpo humano. Con el correr de las horas se fue intensificando, tanto que buscaba un moretón o algo similar que explique ese dolor. Volví a mi casa decidida a evadirme de la tragedia que luego se confirmaría recién entrada la noche: el resultado electoral. Me senté en el sillón de pequeña burguesa y me dispuse a mirar un canal de series para no darme por enterada del resultado de la contienda. Como se imaginarán, poco tiempo pude permanecer en ese mundo, ciertamente hasta que escuché el grito “Viva la democracia” desde un auto que circulaba por la calle. Luego se confirmaría con otro comentario hecho por una mujer que hablaba por teléfono yendo y viniendo por el frente de mi casa, que cual canto de sirena me invitaba, sin saberlo, a lo que sería un gran plan para esa noche “Yo ahora me voy a emborrachar y mañana comenzará la lucha”. Para coronar la noche, un motoquero circulando por la calle al cántico del viejo hit de otros tiempos “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.

El lunes feriado, el martes tocaba empezar la semana en las oficinas del Estado Nacional donde presto servicios hace algo así como 15 años, en forma precaria, por cierto. Cinco años como monotributista facturando y pagando impuestos por mi trabajo, y el resto como planta transitoria ya que NUNCA NADIE habilitó los concursos para que pase a planta permanente en mi repartición (desde los 90 a la fecha).

Me iba cruzando con todo tipo de compañeros y compañeras de antaño, que ya hemos pasado por la picadora de carne estatal que buscaba “depurar la grasa militante”. Distintas emociones y estados de ánimo, ninguno era bueno. No la pasamos bien estos cuatro años del gobierno de “científicos” que padecimos, tampoco la pasamos bien durante el gobierno de CEOS previo. Distintas emociones, ninguna que pudiera alcanzarme a mí. No sentía nada más que bronca y “superación” quizás sea por los efectos de un curso de “Coaching ontológico” que se estaba ofreciendo en las entrañas de la mismísima cartera nacional en ese momento. Curso por que otorga puntaje en el sistema de empleo público (del cual ya les dije que estoy afuera) y que es financiado por el Estado Nacional con las arcas públicas, para ser dictado por una capacitadora externa (seguramente cobra por ese curso más de lo que cobro yo mensualmente).

El dolor que había comenzado el domingo ya iba irradiando hacia la espalda y aumentando, mientras que yo me iba cruzando gente por los pasillos y continuaba mi tarea “evangelizadora” cuasi pedagógica diciendo que “no me importaba nada, que hagan lo que quieran, que si me pedían que destroce la salud pública con un martillo gustosamente lo haría porque esa era la voluntad popular”, y hasta llegué a decir que yo no pensaba salir de mi casa a luchar por nada, así como lo leen POR NADA. Ante la mirada atónita de muchos y muchas que no atinaban a despabilarme, seguí mi camino durante dos días de furia. El tercer día se podría decir que “resucité de entre los muertos”. Luego de salir de mi sesión de natación, el dolor en la espalda ya era bastante grande y al regresar a mi casa me debatía si ponerme frío o calor para combatirlo.

En ese planeta estaba, en el de sinrazón, adentro de la caverna tapándome los oídos al son del infantil cántico “lalalalala”. Hasta que se me ocurrió masajearme la zona en busca del foco del dolor y ahí me encontré con la cola de la culebra que bien filosa me decía “¿así que no te importa nada?”. Fui al encuentro con el espejo que me mostró la cabeza de la culebra en la zona abdominal baja derecha. Un brote de herpes zóster si quieren el nombre más científico del bicho que me estaba carcomiendo por dentro, apelando a que mi sensibilidad aflore: la temida culebrilla. Para hacérselas corta, esa noche terminé en la guardia con un mal pronóstico ya que el herpes zóster suele provocar un dolor neuropático incalculable, interminable, insoportable.

Volví esa noche, tomé la medicación, me fui a dormir. Al día siguiente comenzó una gran ola de mensajes de cariño de parte de personas que habían leído mi situación por redes sociales. Me levanté decidida (o empujada por la culebra más bien) a hacerme cargo del estrés que me había generado toda esta situación, y no sin dolor salí a hacerle frente. Fui a hacer mi caminata diaria, que abandoné hace un tiempo, y mientras caminaba lloraba desconsoladamente. Ese llanto se prolongó durante tres días. Ya estaba preparada para afrontar la última clase de coaching ontológico con el sarpullido ya seco, sin dolor físico, dispuesta a hacerme cargo de lo que vendrá, aunque no sé cómo lo haré, pero estoy preparada.

Les comparto esto para alertarles de que tenemos que cuidarnos, que no esperemos la visita de alguna manifestación física para darnos cuenta del dolor que nos puede provocar esto que pasó. Y respecto de quienes todavía están dentro del colectivo que pide clemencia “Yo tengo esperanza de que todo va a ser mejor”, si en algún momento cae en las malas (y sabemos que lo harán) no dejemos que la “vendetta” nos gane la partida, no perdamos tiempo en reproches y en reprimendas, porque lo hecho, hecho está.

Recordemos la máxima del comandante: “Endurecerse sin perder nunca la ternura” aunque más no sea para no terminar sufriendo en el propio cuero la indiferencia ante el dolor ajeno.

Volviendo a Platón en su alegoría: “El prisionero liberado debe abandonar poco a poco sus viejas y falsas creencias, los prejuicios ligados a la costumbre; debe romper con su anterior vida, cómoda y confortable, pero basada en el engaño; ha de superar miedos y dificultades para ser capaz de comprender la nueva realidad que tiene ante sus ojos, más verdadera y auténtica que la anterior. De ahí que el prisionero deba ser “obligado”, “forzado”, “arrastrado”, por una “áspera y escarpada subida”, y acostumbrarse poco a poco a la luz de fuera, hasta alcanzar el conocimiento de lo auténticamente real, lo eterno, inmaterial e inmutable: las Ideas. Pero no acaba aquí la tarea del filósofo: una vez formado en el conocimiento de la verdad, deberá “descender nuevamente a la caverna” y, aunque al principio se muestre torpe y necesite también un período de adaptación, deberá ocuparse de los asuntos humanos, los propios del mundo sensible (la política, la organización del Estado, los tribunales de justicia, etc.).”

https://www.unsam.edu.ar/escuelas/ecyt/docs/Platon%20El%20mito%20de%20la%20caverna%20%20Admisi%C3%B3n%20IEU.pdf

Finalmente, la última frase de despedida de este maravilloso espacio que durante tantos años construimos, que ha sido Huellas Suburbanas quiero que sea la que da inicio a esta nota

Nos estamos viendo”

Soledad Verónica Abella
soledad@huellas-suburbanas.info