Lo que tenía que pasar

Cada tanto se acercaba una tormenta fiera. Una de esas que destruyen carteles, que arrancan árboles de raíz y que no dejan a ningún vecino sin preocuparse. Pasaba así: el mar retrocedía muchos kilómetros, las nubes se acumulaban en algún lugar del cielo y el tiempo se volvía pesado, húmedo, caliente. Se venía la marea alta.

Nuestro pueblo siempre fue así: pasional. Tanto amor sólo podía combatirse con un odio similar. Tanta paz solo puede terminar con un tsunami. Eran las calles llenas de gente, con sus pancartas y sus gritos, las que asustaban a la línea de costas y la empujaban para atrás, muy para atrás, dejando miles de caracolas y de secretos al descubierto. Era el terror de lo que no se sabe, de lo que se viene, eran las cabezas calientes de tanto pensar y los pies acalambrados de correr hacia quién sabe donde. Era la furia la que calentaba la tierra, pero eran nuestros corazones los que pedían la tormenta.

Cada veinte años algo horrible sucede en nuestro pueblo: todo vuelve al mar. Todo se deshace. Todo tiene que estallar. Es una promesa que el tiempo cumple sin chistar y sin tardanzas. No hay voluntad que lo detenga, no paz que lo apacigüe. La tormenta siempre viene cuando todo parece insostenible y las veredas se ven repletas de desesperanza, y es tan inevitable como la marea, tan ignorable como la lluvia y tan trascendental como una nueva vida.

A mí siempre me gusta mirar el mar y empezar a adivinar cuándo es que arrancará la hecatombe. Casi siempre me equivoco, pero no deja de ser divertido. Siempre le adivino a la llovizna pero pocas veces le pego a la inundación. Las señales se me escapan y se confunden entre sí, porque el único lenguaje que entiende el mar es uno que nadie sabe leer con exactitud. Y quien dice que sí lo entiende está mintiendo. O peor: adivinando.

Pero hoy amaneció una ola del tamaño del cielo en el horizonte. Una señal tan clara y en un lenguaje común: se viene lo que tenía que venirse. No vale la pena llenarnos la boca de antinomias, oximorones, tertulias o pernoctes: se viene lo que tenía que venirse. Es imposible hablar de algo tan claro como una ola gigantesca en el horizonte. Se trata de un mensaje que no comprende hipocresías ni lecturas de cartas, que no puede hablarse en la televisión y a quien le resulta imposible dialogar. Es la última señal, definitiva, y frente a ella solo podemos guardar un silencio sepulcral. Supongo que nos toca abonar tanta pasión con un nuevo comienzo, aunque a algunos se nos vaya la vida en ello. No es ninguna tragedia: es el orden natural de las cosas.

Salgo a la calle y veo lo que tiene que pasar. Un pánico propio del arrebato ha conquistado a cada persona, niño y anciano. Algunos corren a buscar una especie de refugio, en vano, otros se aprovechan del caos y buitrean lo que pueden, otros simplemente se dan el último de los gustos: un cuartito de dulce de leche granizado y limón, aunque no combinen para nada. Yo me dirijo hacia la playa.

Frente al mar, veo el desierto de arena y sal que dejó la sequía, y el mortífero manto azul que cubre el cielo entero. Se me eriza la piel y sonrío, porque confío en que algo sobrevivirá, lo que sea, y desde allí podremos hacer, quizás, alguna ciudad que no tiemble frente a las olas que se avecinan.

Camino hacia adelante, estoico. No hay nada que me detenga. No hay miedo ni pasión. Es solo el mar, y nada más. No vale la pena huir de lo que tenía que pasar.

Ignacio Abella
ignacioabella@huellas-suburbanas.info