La precariedad en la tenencia de la tierra, la utilización de plaguicidas y la propuesta agroecológica

 

En números anteriores de Huellas Suburbanas tratamos de abordar, desde diferentes perspectivas y dimensiones, la problemáticas derivadas de la concentración, y su contracara, la escasez y precariedad de tenencia de la tierra en áreas rurales y periurbanas relacionadas con las producciones agrarias. La idea en este número es vincular aspectos que, en apariencia, pueden aparecer poco relacionados.

En varias regiones de nuestro país, con énfasis en zonas periurbanas, se registra un constante incremento en las cuotas de arrendamiento que pagan los productores por el alquiler de la tierra. Esta situación posee su origen en la especulación financiero- inmobiliaria, en la racionalidad rentística de los poseedores de los bienes naturales como la tierra, y en ciertas mejoras realizadas por los municipios en los accesos a servicios como calles, agua corriente, luz eléctrica, etc.

Ese incremento en las cuotas de arrendamiento, por lo general contratos verbales, lleva a la necesidad de incrementar los ingresos, aspecto que conlleva a tratar de “producir más”, de incrementar los rendimientos a partir de un proceso de artificialización de la naturaleza por el cual se adoptan paquetes tecnológicos en los cuales sobresalen, según los diferentes cultivos, las semillas híbridas o transgénicas, los fertilizantes y los plaguicidas. Estos tóxicos se han constituido en una herramienta de uso cotidiano por parte de los productores, y aunque han posibilitado aumentar los rendimientos productivos y la calidad externa o “formal” de algunos productos, como es el caso de las hortalizas, también han producido efectos perjudiciales, tales como: intoxicaciones en seres humanos, contaminación de cursos de agua y del suelo, y desaparición de especies animales y vegetales. Incluso han generado situaciones problemáticas de difícil solución, como la constituida por el desecho de envases o la persistencia de partículas o trazas de plaguicidas en el ambiente. En especial nos preocupan los plaguicidas altamente peligrosos, que, según la FAO y la OMS, presentan las siguientes características: 1- Niveles particularmente altos de peligro agudo o crónico para la salud o el medio ambiente, 2- Están incluidos en acuerdos o convenios, sobre sustancias químicas, jurídicamente vinculantes y 3- Causan daño grave o irreversible a la salud humana o al  ambiente.

Adicionalmente, desde la Red Internacional de Acción en Plaguicidas (PAN) desde 2015 se proponen una serie de criterios adicionales para definir a los plaguicidas altamente peligrosos: a-que la toxicidad sea fatal o irreversible si es inhalado. b- si constituye un perturbador endocrino. C- que sea muy bioacumulable. D- muy persistente en el agua, en el suelo o en los sedimentos. e- muy tóxico en organismos acuáticos y f-  Muy tóxico para las abejas (PAN, 2017)[1].

Pero también existen productores/as que por motivaciones económicas, sociales, políticas y también espirituales, están llevando a la práctica sistemas productivos agroecológicos. De nuevo aquí, la escasez y precariedad en la tenencia de la tierra impide el diseño y puesta en práctica de verdaderos agroecosistemas.

Las diferentes propuestas de las escuelas que nutren a la agroecología – la agricultura biodinámica, la permacultura, la agricultura natural, y la agricultura ecológica- han enfatizado, cada una de ellas de manera particular, en aspectos relativos a las relaciones entre los seres vivos y su vinculación con el cosmos, enriqueciéndose la proposición con los aportes de la agricultura indígena y campesina plasmadas en diferentes territorios.

La agroecología implica un cambio sustancial respecto de los sistemas productivos derivados de la Revolución Verde. En los modos de analizar y plantear los sistemas productivos, la agroecología parte del rediseño de los predios, con el objetivo de incrementar la biodiversidad funcional y la nutrición adecuada de los suelos, propiciando a su vez una nueva relación entre las personas y con el ambiente. Precisamente en el rediseño de los predios y en la nutrición adecuada de los suelos es donde se introduce la problemática de la tenencia de la tierra. La posesión precaria, no tener un vínculo legal, así como contratos de arrendamiento breves, impiden diseñar, planificar y poner en práctica subsistemas productivos en el mediano plazo, así como introducir el cultivo de árboles, la siembra de pasturas, la cría de animales indispensables para la generación de biodiversidad en los planteos agroecológicos.

En el mismo sentido, la precariedad en la tenencia de la tierra imposibilita tanto encarar sistemas de nutrición integral de los suelos como poder visualizar y usufructuar las mejoras en la fertilidad química y calidad biológica producto de dichas prácticas. En este sentido ¿qué productor/a  encarará rotaciones, abonará con materia orgánica, sembrará abonos verdes, si los procesos de humificación y mejora en las propiedades, como la fertilidad, capacidad de retención de agua y permeabilidad, pueden llevar varios años?

Para finalizar, además de las dimensiones relacionadas con la equidad, la justicia social, la identidad; el acceso a la tierra de manera segura y permanente posibilitará la producción de alimentos de modo agroecológico, respetando los ciclos, las  relaciones naturales y también las relaciones sociales para producir en  suelos sanos, plantas sanas para alimentar a personas sanas.

[1]Pesticide Action Network 2018 Lista de plaguicidas altamente Peligrosos de PAN Internacional. Traducción al español de Graciela Carbonetto, actualización de Lucía Sepúlveda y María Elena Rozas de la Oficina de Comunicaciones y Administración de RAP-AL https://rap-al.org/

Javier Souza Casadinho
Javier Souza Casadinho
javier@huellas-suburbanas.info