La concepción deformada de la libertad

Les voy a compartir un testimonio que puede ir mucho más allá de lo anecdótico, aprovechando que estamos atravesando algunas semanas de transición entre un cambio total de portales informativos, tales como precisé en recientes ocasiones.

Esta historia transcurrió durante el mediodía del martes 26 del corriente, sobre plena área central de Morón, en la intersección de las calles San Martín y Santa Fe. Una esquina problemática, que porta en su triste historial una gran cantidad de accidentes automovilísticos y de otros medios de locomoción, tales como motos y bicicletas.

Quien suscribe, histórico peatón nato, transitaba sobre una de las veredas de San Martín en dirección hacia la plaza municipal. Escasos metros antes de llegar a la bajada de cordón por Santa Fe, fue testigo directo en lugar de privilegio, del cuasi drama que estaba por ocurrir dentro de unos pocos segundos… y que incluso podría haberme llegado a involucrar del peor modo.

Por San Martín circulaba la típica “caravana” de vehículos que suelen venir a mediana velocidad, habiendo aprovechado el semáforo en verde que está en la esquina anterior, sobre calle Pellegrini, delante de la señera y emblemática “escuela del mapa”.

De repente, cual villano que emerge por sorpresa en el acto menos esperado de la función, otro automovilista al mando de una unidad de mediano tamaño, de color blanco, arremete a toda velocidad desde calle Santa Fe. Un automovilista desde San Martín, coche de tonalidad grisáceo crudo, comienza a “clavar” los frenos desesperadamente… lo mismo hace el blanco, pero aún así, éste llega hasta la mitad del cruce entre ambas calles. Milagrosamente, el que venía por San Martín (a la derecha del otro, para aclarar cualquier regla básica de tránsito que en este caso, le competía al que venía por calle Santa Fe) alcanza a frenar casi rozando el costado derecho del automóvil de color blanco. Se detienen unos pocos segundos. Rápidamente, verifico que, el automovilista que circulaba por San Martín, llevaba a dos criaturas de no más de 4 años de edad, prolijamente sentadas en sus silloncitos obligatorios, en la parte trasera del auto.

El telón se corre abruptamente, y de inmediato se concreta el siguiente “diálogo” del cual este relator también tomó parte activa.

Automovilista “blanco”, queriendo seguir su camino: “Qué te pasa, la c… de tu madre?”

Automovilista “gris”, con semblante absorto y las 2 criaturas en el interior de su vehículo visiblemente asustadas: “¿Estás loco, qué te pasa? ¿Cómo vas a querer pasar así?”

Automovilista blanco: “Yo hago lo que se me canta, soy libre, forro!”

Comienza a mover su auto, impunemente. Este relator le grita, acaso harto de esta clase de circunstancias, pero no menos imprudentemente:

“Pará ahí, desgraciado, h…. de p…!”

Automovilista blanco me responde, acaso insólitamente: “Calláte FACHO!”

Verdaderamente me desubica con esa adjetivación, aún me sigo preguntando cómo llegó a la conclusión de mi supuesta fascinación por el fascismo, o al menos un intersticio retórico espontáneo que encontró para mostrar mi supuesto “autoritarismo entrometido” contra sus derechos libres de todo derecho… ajeno.

Pone primera alocadamente, y sale “Pisteando” por Santa Fe, hasta perderse muy rápidamente por calle Casullo.

El automovilista del vehículo grisáceo, avanza lentamente unos metros, y se arrima junto al cordón, mano izquierda, de San Martín junto a un kiosco. Mientras tanto, como es norma, otros vehículos apuran el paso con absoluta indiferencia.

Este conductor observa a las criaturas, que se encuentran bien pero con sus caritas en claro gesto de sorpresa o terror. Me acerco un poco, y él me dice, “¿Viste ese enfermo lo que es?”

Asiento, y en el estrés de la situación, ambos admitimos que no logramos identificar el modelo del auto, ni el número de su patente. Caso contrario, todo ello formaría parte de este relato y de una correspondiente denuncia en términos legales.

El automovilista “gris” bajó un instante de su coche, seguramente para reducir su propia adrenalina antes de continuar su viaje, y finalmente me dijo “esto pasa culpa de tantos años con todos estos locos de m…. recibiendo manija de que su libertad de hacer lo que se les cante, era lo único importante, aunque tengan que pasarles por encima a los demás. Estos locos nos van a querer atropellar hasta en las cosas más cotidianas del día a día”.

Lo miré con uno de mis característicos semblantes algo melancólico, y cerré la conversación ratificándole su indignación y temor… “Esto viene de arrastre, pero ahora recién comienza la peor parte, y está tan culturalmente enraizado, que ya no les vamos a cambiar esa forma individualista neurótica de andar por la vida”.

“Buena suerte jefe, todos la vamos a necesitar, hasta para salir a hacer las compras, mientras podamos”, cerró el hombre del automóvil grisáceo.

Y cada cual continuó su rumbo, con la incierta-certidumbre de que los nubarrones que se avizoran ya claramente sobre el horizonte, vienen mucho más espesos que lo deseado y previsto.

Daniel Chaves
dafachaves@gmail.com