Ganancias, paritarias y pandemia: entre el bonapartismo y el poder popular

«No te pido que te amargues, me estás entendiendo mal. El apetito no es hambre y moverse no es bailar. ¿Por qué no lloras un poco vos que vas bailando tanto? Llora bien, abrí los ojos y después seguí bailando.» Gabo Ferro, «Por qué no llorás un poco».

Elevarse no es volar. Para lo primero basta pisar unas cuantas cabezas o traicionar el número correcto de desprevenidos, para lo segundo se necesita aprendizaje, disciplina, libertad e ideas. Es una verdad de perogrullo, no por eso menos cierta, pero vale como ejemplo del (mal) ejercicio cotidiano de mirar sin ver, al que suele arrearnos a patadas el IP vértigo de esta sociedad. De conductas de este estilo derivan confusiones, a veces hasta trágicas, que pueden llevar a situaciones cómicas pero que cuando se trata de política (y más si esta política pretende ser revolucionaria) rozan techos de gravedad muy peligrosos. Algo por el estilo pasa con la concepción bonapartista del ejercicio de la conducción política.

El bonapartismo se eleva por encima de las clases sociales en pugna sosteniendo el equilibrio entre el capital concentrado, monopólico, cartelizado; y las organizaciones sindicales que canalizan dentro de los límites de su posición paraestatal, las demandas de la vasta masa de trabajadores que se incluyen dentro del movimiento obrero organizado, según las necesidades prácticas del momento, se concesiona desde el capitalismo de estado hacia abajo o hacia arriba de la pirámide social.

Esta oscilación pendular que también, con otros intereses, se observa en la conducta política de la pequeña burguesía, suele ser confundida por ciertos sectores del nacionalismo burgués con modos de conducción revolucionaria proclives a la superación dialéctica de la lucha de clases.

La discusión por la reforma legislativa al Impuesto al Salario (mal llamado ganancias) impulsada por el Poder Ejecutivo es paradigmática en este sentido. Es indiscutible que la suba del mínimo no imponible a 150 mil pesos significa un aliciente para una clase trabajadora (que no obstante promedia salarios mucho menores a ese monto), pero seguir discutiendo si el salario es ganancias a esta altura, en una región dónde el 10% de la población acapara el 80% de la riqueza y en una semicolonia como la Argentina, en la cual se calcula 45 pobres por cada persona rica, es una muestra del arbitrio injusto e injustificable que sólo se explica por la hegemonía de los intereses del capital concentrado dentro del aparato del estado por sobre las demandas colectivas y la necesidad de proyectar estratégica y programáticamente la progresiva socialización de los medios de producción.

 Lenin y años más tarde León Trotsky desde su exilio en México, caracterizaron la paulatina modificación que experimentaban los cuadros del movimiento obrero que emergían y se consolidaban en las conducciones sindicales bajo el capitalismo de estado, sistema en el cual los sindicatos adquieren un status prácticamente de ente paraestatal. Señalaban los mejores discípulos de Marx, que este tipo de aburguesamiento no se produce por ósmosis, sino porque la pertenencia y la conciencia de clase están determinadas por la distancia material de cada individuo con la propiedad de los medios de producción que determinan su trabajo. Pueden hallarse muestras palmarias de este tipo de comportamiento dirigencial en muchos gremios argentinos, con consecuencias harto conocidas y a la vista: la falta de democracia sindical, los aprietes gangsteriles, el abandono de políticas de formación de cuadros dentro de las organizaciones sindicales, la subordinación a techos paritarios.

 El presupuesto nacional prevé una inflación anual del 29%, situación de la cual pareciera ser inexorable que deriven acuerdos que ronden el 30%. Como si el mercado interno y el tejido social devastado por cuatro de años de macrismo salvaje, se reconstruyera con un 1% más que el supuesto nivel superior inflacionario. Cabe destacar que en este marco, tras un año de pandemia, aún no se le tocó un mango a los súper ricos, se reculó en chancletas con el caso Vicentín y Milagro Sala (no viene al caso pero siempre es bueno recordarlo).

Entonces hay cosas que cambiar desde el campo popular, y ejercitar la crítica por sobre la genuflexión no significa horadar los cimientos del gobierno nacional como hace la Izquierda Cipaya. Se trata de empujar desde las clases populares al gobierno hacia la superación del bonapartismo de estado, inclinando la balanza hacia el nacionalismo revolucionario, con un programa que incluya el pleno empleo como un horizonte y recupere la identidad nacional. Hay que abrir el debate crítico y crecer de abajo, como decía Martín Fierro jamás «para mal de ninguno, sino para bien de todos».

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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