Así eran las ciudades

El sendero no fue lo suficientemente cruel con algunos, pero fue despiadado, violento e inhumano con otros, pobres inocentes, que se animaron a cruzarlo. Era un pasaje rápido entre los bosques y la civilización, el único camino de cemento por el cual estaba habilitado volver a casa. No se conocían supervivientes entre aquellos que se aventuraban y probaban suerte en escalar las enormes rejas que custodiaban celosamente la ciudad. Muchos aparecían empalados de la noche a la mañana, buscando entrar o buscando salir.

Una trampa mortal, rígida y que no hace preguntas. La ciudad consumía a aquellos que la buscaban y desafiaba a los extranjeros. Pero nadie puede ir o volver sin el consentimiento de la polis, de los ojos, de los muchos ojos que gobernaban el recinto: todos deben pasar por migraciones. Un trabajo arduo, tedioso y molesto, que demoraba entre diez y veinte años para pasar las pruebas preliminares y que no te garantizaba ninguna seguridad o mantra, pues el todo, se sabe, es posible en estas ciudades. En las últimas, las primeras, las más álgidas, resplandecientes del saber, hambrientas de mentes y masajeantes de las necesidades de aquellos que le gritaban al oído y le tiraban de la falda. Eso eran las ciudades: un futuro mausoleo a cielo abierto, con ojos en las paredes y máquinas en los bolsillos, con luces angurrientas de apagarse y cañerías que silbaban presiones nunca antes dichas. Un momento de paz y muchos momentos de tensión, los días de ajetreo y las noches de cacería, incesante, una y otra vez. Un encuentro entre los rapiñeros y los prestamistas, entre los pedantes y los mendicantes. El último de los sueños, la más importante esperanza, una apuesta flotante sobre las cabezas de sus habitantes. O se pierde o se gana.

Eso eran las ciudades. Ruinas futuras. Pero nadie lo sabía. Nadie. Todos los que entraban por el camino principal se vivían jubilosos y musitando la victoria en sus harapos, pero ignoraban que, en realidad, el verdadero juego recién arrancaba. Que nada de lo que habían logrado serviría, pues ninguna provincia podría nunca arrebatarle la gloria al centro, al más grande, al imponente, al final del camino, el orgullo del mérito y la muerte más cruenta y salvaje: morir de hambre. Nadie se sabía en peligro. Nadie.

En el camino de entrada fallecían todo tipo de personas. Desde los malvivientes hasta los malhechores. Desde los curas hasta los pobres. Desde los maestros hasta sus alumnos. Un indecoroso jardín de cadáveres había recibido el nombre de “El Rigor” dado que las extremidades caídas parecían ser tan duras como rocas y entorpecían el tránsito general de día y de noche mucho más aún. Era un sueño tan estúpido que no parecía tener sentido: si la vida soñada es paz, los viajeros se acercaban al escenario del bochinche, a las bocinas y los ruidos de heladera, a los anuncios obligatorios y el mar de notificaciones, día, noche, mañana y tarde, mucho peor por sobre las horas donde amanece y el atardecer traía una especie de calma, aunque ningún atardecer dura mucho.

Así eran las ciudades: grises. Una ley que no sabe ni de blancos ni de negros, ni de malos ni de zafables, que no perdona pero, al mismo tiempo, puede elegir a quién sí lo hace. El dedo acusador del peso completo del pasado, la evidencia empírica de la maldad y la semilla del error en este mundo, es la realidad completa la que se contaba en las ciudades, sin chistar, sin llorar, son hechos, nada más, señora, no se altere que no hay nada de malo en mis palabras. Una denuncia espesa, guardada en un cajón, un grito escrito pero no escuchado, un mar de tristezas y de descontentos. Alguna alegría perdida, cómo encontrar un billete casi nuevo en el tren o la ventaja táctica de la serotonina de un nuevo amor. Miles de razones para tirar del carro y, aún así, seguir cansado día y noche. Como si fuera a llegar a algún lado que no fuera a las mismas cuadras donde fue siempre. Como si sus ruedas fueran infinitas, su tiempo en esta tierra eterno, pero mis dedos sí que tienen fecha de caducidad. Hay que ver cuánto tardaba este cuerpo en llegar al Rigor, y fallar saltar el muro. Hay que ver. Pero yo estaba dentro, así que no veía, como todos, porque así eran las ciudades y llorar no iba a cambiar ningún hecho.

Fuera de allí se asomaba lo salvaje, la ley del más fuerte entraba en potencia y comando, y los ojos que gobernaban no parecían, entonces, los que llevaban la voz cantante. Era el tacto entre la brutalidad más insensata y las palabras más hirientes, un juego de tronos en donde no hay ni ganador ni piedad para el perdedor, que de esos sí que hay, una playa de muertos en vida atados a su propio reflejo y a sus quehaceres de toda la vida, de esos que no se cambian por nada de nada. Como si, y me repito, fueran a llegar a algún lugar.

Digo que así eran porque no lo son más. Fueron las primeras en caer. No hubo monte ni estructura que los salvara. No hubo dinero que comer. No hubo hijos que cuidar: solo eran excusas para seguir viviendo, en realidad, y cuando caen los muros no hay mucho más que hacer que encerrarse, solo, y que se salve quien pueda. Así hice y no me arrepiento. El fuego, el fuego parlanchín, con su juicio implacable, pues él ve y hace lo que quiere, dicta la sentencia con azufre, sal y lágrimas chamuscadas, no tiene límites y se crece con cada una de las víctimas que arranca de cuajo. Las ciudades eran hasta que el fuego las deshizo. Y luego, no fueron nada. Desierto. Cenizas. Arenas de algo, de alguien, de qué, no sé. Un monumento a la cobardía y a la antropofagia.

Supongo que, al irse las llamas, el camino permaneció intacto. Muerte, sí, siempre hubo. Siempre habrá. El punto nunca fue ese, creo yo, si no lo que hagamos al respecto. Lo que queda después del fuego. Los significados escritos, como una biblia, las marcas de cigarrillo, la mejor manera de transitar este bosque, ahora desierto, ahora pueblo. De vuelta al origen todo parece sencillo: la vida siempre fue una extensión de aquello mínimo, susceptible, que se pierde entre los pliegos y pliegos y tomos y tomos de aquellas cosas que significamos. Siempre fue así, siempre será. Una vida simple es lo que se me antoja hoy: nada de pantallas, nada de fuego, nada de caminos ni de ojos en las paredes. Tengo suficiente con mi trigo y mi caballo, con el molino y la mezquita, ir, venir y comer, al fin, lo que mis propias manos produjeron.

Ignacio Abella
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