A 200 años de la doctrina Monroe

Hace 200 años se proclamaba la Doctrina Monroe. Se asentaba y con ella la advertencia del presidente James Monroe de que Estados Unidos no permitiría ningún tipo de recolonización en el continente americano por parte de los poderes europeos. Pero a finales del siglo XIX, con el país empinado como potencia en ascenso, la doctrina recibió interpretaciones antagónicas.

El secretario de Estado norteamericano John Kerry anunció en la Organización de Estados Americanos (OEA) en 2013 que “la era de la Doctrina Monroe terminó”. Luego el secretario de Estado de Donald Trump, Rex Tillerson, y el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, enaltecieron la Doctrina Monroe como base de orientación para el accionar de EE.UU.

El presidente Joe Biden, pese a no haber mencionado la doctrina en cuestión, alertó que “América del Sur no es el patio trasero de EE.UU.” y rechazó así las pretensiones de interferir en los asuntos internos de los países del hemisferio occidental.

Durante más de un siglo, la Doctrina Monroe fue considerada un símbolo glorioso de la nación estadounidense, con un estatus equivalente al de la Declaración de Independencia. Pero tras la Primera Guerra Mundial se quebró el consenso entre las elites y la doctrina empezó a ser vista, por muchos miembros del Partido Demócrata, como un símbolo del intervencionismo militar estadounidense en el hemisferio occidental.

La Doctrina Monroe surgió mientras tenía lugar el reconocimiento de la independencia de los países latinoamericanos, y su objetivo fue frustrar cualquier posible avanzada recolonizadora en el continente.

El gobierno estadounidense declaró que no admitiría ningún intento de las naciones europeas de “extender su sistema a cualquier parte del hemisferio” y añadió que todo movimiento en esa dirección sería tomado como una amenaza a la paz y la seguridad del continente. Invocando el principio de reciprocidad, el mensaje señalaba que EE.UU. tampoco se involucraría en asuntos políticos europeos.

Originalmente formulada como un principio de política exterior capaz de garantizar la soberanía de los Estados al impedir cualquier tipo de intervención de poderes extra continentales en los asuntos del hemisferio occidental, la doctrina cobró una nueva dimensión luego de la enmienda conocida como Corolario de Roosevelt, a comienzos del siglo XX. En el marco de la reafirmación de EE.UU. como potencia mundial, esa enmienda implementada durante el mandato de Theodore Roosevelt permitió que la doctrina justificase el derecho y el deber de la nación estadounidense de intervenir en los asuntos domésticos de las distintas naciones del continente no solo ante el riesgo de algún tipo de interferencia europea, que era lo que sostenía la formulación original, sino también en los casos en que el gobierno estadounidense considerase que había peligro inminente de revueltas políticas o cualquier otro tipo de “desorden”.

Desde entonces, la doctrina incorporó el sesgo intervencionista en sus fundamentos, lo que llevó a que en el plano internacional cobrase fuerza el uso de la noción de “esfera de influencia” para describir las relaciones entre EE.UU. y los demás países del continente americano. De esta forma, la Doctrina Monroe se convirtió en un ejemplo notable de declaración unilateral hecha por una potencia para afirmar su responsabilidad exclusiva sobre una región más amplia.

Desde el final de la Primera Guerra Mundial, los mecanismos jurídicos y diplomáticos que regularon la aplicación de sanciones económicas fueron presentados en la Sociedad de las Naciones como una alternativa pacífica a la guerra. En un discurso a la nación, el presidente Wilson se propuso convencer a la opinión pública de que el uso de la economía en reemplazo de la fuerza militar era un poderoso instrumento de diplomacia internacional capaz de impedir con éxito una agresión armada. De acuerdo con Wilson, el boicot económico era un “remedio pacífico, silencioso y letal” que podía sustituir a la guerra. Desde entonces, la doctrina Monroe combinó acciones militares con bloqueos económicos, Cuba es el ejemplo de esta ambivalencia y también de su fracaso.

Aunque la negación y fracaso más “brillante” de la doctrina Monroe es sin duda en 1982 en Malvinas, donde el imperio no solo admitió la recolonización de “nuestras islas” sino que fue un partícipe necesario de la acción británica.

Conclusión

A lo largo de sus 200 años de existencia, la Doctrina Monroe adquirió varios significados y tuvo diferentes implicaciones, dependiendo del contexto histórico y de los intereses de las fuerzas políticas que buscaron justificar sus respectivas interpretaciones. Asumiendo perfiles de acuerdo con la ideología, la teoría jurídica, la cultura política o la geopolítica, la Doctrina Monroe se fue moldeando conforme las circunstancias, y los distintos corolarios que se le añadieron habilitaron interpretaciones hechas desde diversos ángulos, a veces antagónicos. Todas esas adaptaciones e interpretaciones no solo expresan las directrices diplomáticas generales, sino que revelan, en cierta forma, la intensión de EEUU de globalizar dicha doctrina.

Gabriel Sarfati
gabriel.sarfati@huellas-suburbanas.info