Trotskismo y Cipayismo de Izquierda: dos maneras de concebir la unidad sindical

Pasan las décadas, los siglos, la política argentina franquea su camino envuelta en el cauce tormentoso de la turbia vaguada de la historia. La dialéctica cómo teoría del movimiento, como totalidad concreta, en su dinámica cincela permanentemente todo lo que conserva de concreto aquello que llamamos realidad. Esta mecánica configura la esencia del materialismo histórico y del materialismo dialéctico cómo herramientas de análisis crítico respecto a la sociedad de clases capitalista y a la opresión que sobre ella ejerce el Imperialismo. Salvo, en interesada e inalterable excepción, para quienes se arropan con ella para cristalizarla cómo la visión estática de un método inadaptable a las peculiaridades y al contexto socio-histórico que atraviesan los pueblos latinoamericanos.

Esta clase de negación del marxismo desde un supuesto marxismo “combativo” no es algo nuevo en nuestra historia pues, si algo no le ha faltado al cipayismo, son variantes a cuál más original. El atajo cipayo que nos ocupa en esta ocasión, el Frente de Izquierda (PTS-PO-IS) no es quizás el caso más interesante para desmenuzar pero si es, probablemente, el más grave y no precisamente por sus propias características.

El ritmo político que le imprime la presión imperialista al programa de sometimiento nacional que lleva adelante Cambiemos, ha sido de una intensidad acaso sólo comparable con el régimen asesino de Martínez de Hoz y Videla y  es aquí dónde es preciso señalar lo que consideramos necesario  para combatir la opresión hacia el pueblo trabajador y qué rol juega en este entramado la inveterada Izquierda Cipaya.

Nacionalismo revolucionario y clase obrera

 La destrucción planificada de la industria llevada adelante por el macrismo y la consecuente pérdida in crescendo de más de un millón de puestos de trabajo (a un ritmo de más de 4300 despidos por día según datos del CEPA para el primer semestre de 2018) encuentra al movimiento obrero organizado en una etapa de franco reagrupamiento tras el fuerte período de reflujo que sobrevino con la victoria oligárquica de 2015. La parábola moyanista -no contradictoria sino dialéctica- que derivó en la conformación del Frente Sindical para el Modelo Nacional en confluencia con la Corriente Federal de los Trabajadores y las dos CTA, expresan una vuelta a las mejores tradiciones del nacionalismo revolucionario en el movimiento obrero argentino: los programas de Huerta Grande, La Falda, la CGT de los Argentinos. Ignorar en nombre del socialismo el rol progresivo del nacionalismo revolucionario en una semicolonia equivale a convertirse en ala izquierda de la oligarquía. En este contexto, oponerse por izquierda a la conformación de un frente obrero lo más amplio posible para enfrentar a la alianza oligárquico-imperialista es traicionar en la práctica el concepto trotskista de unidad sindical y, lo que es más grave aún, aislar a los trabajadores de la lucha concreta por sus intereses de clase.

León Trotsky sostuvo con admirable tenacidad la necesidad de los trabajadores de permanecer dentro la estructura gremial evitando una disgregación que sólo favorece a las patronales, recordemos las palabras del notable revolucionario soviético al respecto: “Solamente los sectarios o los funcionarios pueden preferir una mayoría segura en una confederación sindical pequeña y aislada en vez de un trabajo de oposición en una organización amplia y realmente masiva; nunca los revolucionarios proletarios.” Tal y cómo podemos apreciar, el pensamiento de Trotsky no deja duda alguna a este punto y devela el verdadero significado de la obstinada oposición del FIT a “la burocracia sindical”: la autosuficiencia proto-revolucionaria de la pequeña burguesía radicalizada. Si el marxismo como método de análisis no se aplica a la estructura de clases, el contexto social y el nivel de dependencia realmente existentes en el lugar dónde se pretenda hacer germinar un proceso de liberación nacional,  lo único que se puede lograr es la construcción de su propio sepulcro bajo una lápida de frases extirpadas de sus teóricos pero sin efectos político prácticos. De allí resultan las conclusiones que le escuchamos repetir cómo mantras al cipayismo de izquierda: “Moyano es un burócrata burgués” y lo mismo puede reemplazarse el apellido Moyano por el dirigente sindical que guste el lector. Son todos lo mismo. Pero, ¿realmente espera el FIT que Moyano acaudille la revolución socialista o la denostación sistemática de la dirigencia sindical esconde el conformismo pequeño burgués de no enlodarse en el fango de la historia y tirar piedras desde afuera?. Parafraseando al “Pampa” Larralde, Trotsky nos responde desde los pagos del tiempo: “Semejante planteamiento sólo puede resultar convincente para un burócrata sindical de izquierda que lucha por su “independencia” perdiendo de vista las tareas y las perspectivas del conjunto del movimiento obrero[…] Son los reformistas y no nosotros los que pueden temer la unidad sindical. Si aceptan un congreso unificado (no en las palabras sino en los hechos) estarán dadas las condiciones para sacar al movimiento sindical de su callejón sin salida.” La burocracia sindical está enancada en la conducción no precisamente a pesar de la presencia de la izquierda revolucionaria sino de su ausencia deliberada. Proponer y anteponer cuestiones principistas a la unidad sindical es un atajo de avería que evita el trabajo de masas dentro de la organización obrera unificada aún cuando los sectores de izquierda se hallasen en minoría pues cómo nos recuerda Trotsky: “… las ventajas de la unidad hubieran sido inmensamente mayores que las desventajas. Si el ala revolucionaria permaneciera uno o dos años en minoría dentro de una confederación unificada que reuniera cerca de un millón de obreros, esos dos años serían indudablemente mucho más fructíferos para la educación no sólo de los sindicalistas comunistas sino de todo el partido que cinco años de zigzags “independientes” en una CGTU cada vez más débil”.

Se licúa, por añadidura, el esfuerzo invaluable de muchísimos compañeros militantes de las corrientes antisocialistas cómo el FIT que al final del camino se ven aislados del accionar de masas, sin salida, circunscriptos a sus propios reductos y, lo que resulta más triste, sin poder mover el amperímetro dentro las organizaciones masivas y sin poder ampliar de modo decisivo las bases de sustentación del socialismo revolucionario.

Resulta fundamental para los trabajadores la experiencia colectiva en la permanencia dentro de sus organizaciones, educándose a partir de sus contradicciones, la multiplicidad y la coincidencia de sus intereses de clase y la recuperación de su identidad como ser social determinante para la definición de su conciencia de clase, esto último configura, ni más ni menos, aquello por lo que León Trotsky luchó incansablemente hasta el fin de sus días y en la hora dramática que viven nuestros pueblos, extraer sus enseñanzas continúa siendo una tarea fundamental.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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