Todos o ninguno

Desocupación, miseria y hambre marcan a fuego la triste deriva con la soga al cuello de los trabajadores y el pueblo argentino bajo el yugo de la Alianza Cambiemos. Post shock electoral, las últimas semanas resultaron una especie de speed version de los casi cuatro años de Cambiemos en el poder, azuzados por la inminencia de la derrota del colacionado del Imperialismo, Mauricio Macri, y ante el previsible fin de su vía libre para saquear cuanto pudieran, los «mercados» se han dado a la tarea de dejarle al pueblo literalmente tierra arrasada; mega devaluación, pulverización del ya escuálido poder adquisitivo del salario, fuga indiscriminada. Ni hablar del horror show de las calificadoras de riesgo. El establishment se está llevando todo lo que puede, y más.

La aplastante victoria del Frente de Todos en las PASO no estaba en los planes de ningún consultor, tampoco en los números que se manejaban desde el territorio, ni en los sueños militantes del nacional más optimista, ni en la cabeza de ningún dirigente. Pero estaba ahí, aunque nadie la escuchó. Latía al pulso de la esperanza de los directamente afectados por el Gobierno del Mercado, vivía en la «política de los invisibles». Sus gritos eran ensordecedores, hablaban de panzas vacías, de fábricas cerradas, de bolsillos flacos, de ancianidades tristes, de noches humillantes a la intemperie. Los mustios atardeceres y sus cielos rojizos, el otoño y su belleza inconmensurable fueron transformados por el odio inhumano de las castas oligárquicas en postales sufrientes del Infierno. El cielo del dios mercado es para pocos, sus tickets son impagables más, sin embargo, ese pueblo argentino del que nadie escuchaba sus alaridos decidió un soleado domingo de Agosto, que era menester darse la posibilidad de empezar a construir un lugar para Todos.

Las consecuencias, cuando se conocieron las cifras de tamaña victoria popular, fueron extremas para los principales contrincantes. Sorpresa y alegría del lado popular. Estupefacción y sopor en el bando oligárquico. Pero si la oligarquía, ni bien se recuperó del sopor inicial, se dedicó a acelerar el saqueo; ¿qué papel le cabe a los saqueados? En principio resistir, organizarse a partir de las estructuras orgánicas (valga la redundancia) realmente existentes. Los asalariados en sus gremios, las barriadas del conurbano en sus organizaciones y las reivindicaciones colectivas entrelazadas dialécticamente; ese es el cuerpo del programa de liberación: ahí late, y es la única manera de que el sujeto revolucionario, la Patria plebeya, deje de ser el reflejo de su lobo y empiece a ser en sí y para sí su libertad concreta.

El sujeto revolucionario tiene cuerpo, es carne, tiene historia y por lo tanto se compromete al tiempo y al espacio, está involucrado con su tierra, su Patria y sus cuestiones y es hora de quitarle de encima el manto mistificador y oportunista con que, a derecha e izquierda, lo transforman en una abstracción y lo oprimen, tanto los políticos profesionales cómo los cipayos ultraizquierdistas. Ahí vive el sentido colectivo que determina el compromiso de construir un país para Todos o para ninguno.

No son épocas sencillas en general para los pueblos del mundo, pero en particular para nosotros, Latinoamericanos, son épocas decisivas. La despiadada ofensiva oligárquica en todo el territorio de nuestra Nación, desde las márgenes del Río Bravo a los Antartandes descarga con su brazo de leviathan sobre el lomo de los pueblos el latigazo inmoral de la responsabilidad de su propia debacle.

El Imperialismo insaciable, más que por todo viene por lo que queda, lo que aún no acabó de saquear o que no le fue entregado a su tiempo por la traición de los elementos reaccionarios que aún y a consecuencia de su contenido de clase conviven, incluso, en el seno del frente nacional.

Es imperiosa la necesidad de romper esa tara desde abajo y superar de una vez la impotencia del nacionalismo burgués para llevar hasta las últimas consecuencias al eje programático expresados por las tres banderas del nacionalismo popular, independencia económica, soberanía política y justicia social, y garantizar su permanencia en el tiempo con un gobierno obrero y popular.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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