Todos los fríos el frío: Crónica del operativo “Abrigar”

Abrí la puerta de mi casa y me volqué a la calle. Inmediatamente, como otro soplido de aquella mañana ventosa, me vino a la mente una definición de Rodolfo Kusch (antropólogo y filósofo argentino): “La calle para nosotros es la tierra de nadie”. Cuando dice “para nosotros” se refiere a los citadinos, a los hombres y mujeres de la ciudad con domicilios y paredes, y rejas con filosas puntas, vidrios rotos o prolijos espirales de alto voltaje. Se dirige a nosotrxs que vivimos amuralladxs porque estamos convencidos de un afuera peligroso, incierto, hostil; de nadie. Compara nuestro asfalto con las calles de Cuzco, del imperio incaico, donde, dice, rebozaban de sacralidad. Pero hoy son otras las calles; rebozan de indiferencia, por ellas sólo transitamos temporalmente y rápido deseamos regresar a nuestra puerta, a nuestra pieza, a nuestras infinitas mantas; a lo nuestro que se antepone a la calle, que es de nadie, pero a la vez la habitan algunxs. Para ellxs, el Municipio de Morón había activado el operativo “Abrigar”, y por esa propuesta dejé atrás mi casa. De igual manera otrxs jóvenes que conocería en la dirección San Martín 961, donde nos equipamos con alfajores, un bidón de agua caliente, vasos, saquitos de azúcar y mate cocido, para seguir una ruta y ofrecerles a hombres y mujeres en situación de calle un desayuno caliente. Algunas escenas vividas, que contaré a continuación, son evidencia de que mientras andábamos, desentrañábamos un submundo.

Como en un barco invisible del que solo se observan lxs tripulantes, caminamos unidxs por las calles de Morón. Nos dirigimos a un puente, donde el lunes de la semana pasada, quienes habitaban con carpas y mantas esa zona, estaban durmiendo y no le pudimos dar el desayuno. Bajamos unas escaleritas y esperábamos verlxs como se espera encontrar la fachada de una casa, pero nos sorprendimos por que no estaban, no había rastros de ellxs. El espacio estaba totalmente limpio, estábamos totalmente debajo de un puente, y eso nos preocupaba mucho. Un compañero, el que más experiencia y tacto tenía, nos dijo que el viernes lxs vio y que charló con ellxs. Un hombre borracho les había tirado la comida y estaban muy angustiadxs por eso, pero no dijeron nada de irse. Además, irse de esa manera, tan pulcra, tan sin dejar nada. La calle lxs había absorbido y ya no había forma de conocer su paradero, ni una dirección, ni un código postal. Inmediatamente pensé: la incertidumbre de habitar la tierra de nadie, por un lado, y la certidumbre de vivir en un domicilio, por otro. Mientras observábamos la ausencia de las carpas y el color a cemento, todxs nosotrxs sabíamos que, al volver, los muros de nuestros hogares seguirían en su lugar: nuestras burbujas continuarían intactas. Anonadadxs, seguimos nuestro rumbo.

En complicidad con el semáforo, Matías estaba laburando en una esquina, limpiando vidrios. La luz roja paraba los autos y encendía el cronómetro, los segundos, que le daba el tiempo para saltar de coche en coche ofreciendo una limpiadita; debía ser rápido, porque pronto vendría el amarillo, el verde y chau… Cuando volvió a la vereda, sin haber limpiado nada, le ofrecimos un desayuno. Aceptó. En su cara había moretones, cráteres de meteoritos aún incógnitos. La charla con él, entre sorbos de mate cocido, primero fue sobre nimiedades, pero luego lo que más nos llamaba la atención: ¿qué te pasó? Nos contó que se enfrentó a un policía, este lo había confundido con un ladrón que estaba persiguiendo.Y narró la violencia, sin relatar la que también recibía cuando un conductor indiferente le decía que no sin siquiera mirarlo. Eso también era un puñetazo, y un moretón. Otra de las caras del estar a la deriva, habitando la tierra de nadie.

Porque debíamos continuar el recorrido, nos fuimos; él se quedaría frente al semáforo y el destino, esperando que ambos cambien de color.

Luego de completar el camino, con el bidón más vacío y la caja de saquitos de mate cocido desordenada y espaciosa, volvimos al punto donde nos encontramos. Todo lo que nos habíamos equipado, nos lo quitamos. Sin la pechera de Red Voluntaria, lxs jóvenes allí reunidos retornamos a ese punto de desconexión, de atomización,que se había disuelto momentáneamente durante la caminata; a la vista volvíamos a ser todxs bien distintos, pero en nuestro interior quedaríamos indisolublemente agrupadxs a través de la experiencia vivida y un aprendizaje fundamental: para entender al mundo, hay que andarlo. Las realidades son dispares. Cuando sentimos frío, sentimos la permeabilidad humana: por eso podemos decir que todos los fríos el frío, que el frío tiene algo de universal, de homogéneo. El hecho de sentirlo. Pero el combate contra este es desigual, y aquí entra el operativo Abrigar como una acción necesaria. Aunque en la modernidad la calle sea la tierra de nadie, donde prima la ira y la indiferencia, hay seres que silenciosamente la habitan, por razones muy distintas. Ahí, entonces, donde el frío también azota y escasea el abrigo, debemos estar presentes dando al menos un mate cocido caliente o una escucha: dos posibilidades de abrigar que el operativo concatena exitosamente.

Felipe Melicchio
Felipe Melicchio
felipemelicchio@huellas-suburbanas.info