Tiempos violentos

Aunque parezca sencillo, resulta difícil caracterizar políticamente el momento actual de la Confederación General del Trabajo. Inmersa en un profundo sopor, entre cómplice y desmovilizante, atraviesa la línea sensible que delimita lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer, entre la conducción naufragante y la organización que emerge a tomar una posta que ve a mano, pero que todavía no está a tiempo de asir con la suficiente fuerza.

El Frente Sindical para el Modelo Nacional encuentra sus límites prácticos en una relación de fuerzas al interior de la CGT que recién se está balanceando y en su tránsito hacia la consolidación orgánica de su propia estructura. Si la unidad de hecho con los gremios de la pequeña burguesía profesional nucleados en las dos CTA fortalecen al FSMN y le dan amplitud plebeya a su contenido de clase, la confluencia Moyanista con la CFT y la incorporación de los gremios mayoritarios de la clase obrera industrial, dotaron al frente del contenido programático que surge de las necesidades urgentes de la clase obrera: frenar la pérdida de puestos de trabajo a partir de políticas de estado que protejan la industria nacional, freno a las importaciones y reestatización de las empresas metalúrgicas y metalmecánicas que la oligarquía le arrebató al Estado argentino.

No obstante, el sendero sinuoso que conduce a la unidad teórico práctica de los distintos sectores del FSMN todavía necesita de acuerdos de clase sólidos y de la definición de un programa nacional totalizador con eje en la recuperación de la soberanía, el trabajo y la reconstrucción, obrera y popular, del tejido social destruido por la autarquía capitalista. El FSMN avanza. Sin graves contradicciones, con serios conflictos dialécticos. Sin embargo el no contar de manera decisiva con los gremios de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte es una tara para el llamado a medidas más contundentes en defensa del empleo que quedó evidenciada cuando, tras la lluvia de críticas que recibió la CGT por el levantamiento del paro general a cambio de un bono de cinco mil pesos a consideración de las cámaras empresarias, Carlos Acuña chicaneó al FSMN diciéndoles que “sí tienen tanta representatividad que convoquen ellos” lo cual, si bien se hubiera podido, está claro que no hubiera contado con el nivel de acatamiento necesario para impactar al gobierno. Tiempo al tiempo Acuña, la unidad sindical contra el gobierno de la Embajada es imparable, nadie muere en la víspera.

Mientras tanto el sempiterno conflicto por la paritaria docente se intensifica, el desguace de Aerolíneas Argentinas avanza, los trabajadores resisten y la destrucción de la industria recrudece, el consejo directivo de la CGT concluye sin conflictos y en la comodidad más insultante un año demasiado sufrido para los sufrientes de siempre, nada más y menos que los trabajadores, sus representados. La dialéctica entre los tiempos políticos de la organización y los tiempos políticos del desbande, le da el marco a un cierre de año aciago para la clase obrera. Sin representación y sin más organización que la propia para la defensa de sus puestos de trabajo, el pueblo argentino ve cómo la voracidad del capital financiero se come no sólo su salario, sino su vida misma.

Son tiempos de reagrupamiento para el movimiento nacional en el frente sindical, son tiempos de reorganización popular. La evidencia esta a la vista: la desolación no sólo cuenta con los lomos que le calientan el látigo a los amos de siempre, sino que se alimenta de la mueca indiferente de los dirigentes que hasta ayer enunciaban nacionalismo y hoy destilan cipayismo. Cada uno a su hora cosecharán de su pueblo lo que en él sembraron, a cada santo le llega su San Martín y nosotros lo extrañamos demasiado. La CGT cierra el 2018 con la boca callada entre carpetazos y papelitos verdes, son los hijos putativos de Triaca padre, los herederos del barrionuevismo, menos estridentes y obscenos pero igual de obsecuentes al poder real. Mientras los Trabajadores se reorganizan es tiempo de motorizar los frentes nacionales desde el sindicalismo para defender a la clase obrera y avanzar sobre la oligarquía. El horizonte está más que claro, pensarlo anima y clarifica: la CGT, cómo el estado, será de los Trabajadores o, lamentablemente, un día ya no será.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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