Sobre la conciencia de clase

Por: Gustavo Zapata

CTA Morón Hurlingham Ituzaingó

Ayer tuvimos una clase de formación política, a cargo de un maestro que llegó a ser diputado nacional por la fuerza organizada consciente de muchos y muchas. En esa conferencia virtual, en medio de un análisis impecable de la coyuntura nacional, regional y mundial, analizamos el motín policial y luego pasamos a preguntas con la participación de numerosos trabajadores y referentes políticos.

Allí, desde una humilde y muy sentida participación, volviendo a su casa después de una jornada de labor, escuchamos la palabra de un trabajador de la salud del Hospital Posadas. Podría haber sido una expresión de cualquier laburante de primera línea de fuego de cualquier otro hospital o clínica en medio de una pandemia mundial que se ha llevado tantas vidas.

Y pudimos comparar, analizar y sentir en carne propia no a una persona que se queja de su situación. Y eso que el que hablaba fue despedido junto a cientos de compañeros, incluso familiares por el macrismo, tuvo que pelear con fuertes argumentos judiciales para que le devolvieran su trabajo. Soportó con coherencia y persistencia sosteniendo su sindicato (el STS) desfinanciado, desalojado, maltratado y ninguneado. Fue amenazado personal y familiarmente e incluso aun hoy, varios de sus compañeros no lograron recuperar el puesto del que fueron injustamente tachados por “grasa militante”. Hasta perdieron compañeros víctimas del Covid por su riesgoso trabajo.

Y nos contaba que sus sueldos eran comparables a los de los policías amotinados, pero que de ningún modo estaban dispuestos a llevar adelante el abandono de las vidas que estaban bajo su cuidado, cuerpos populares desconocidos y sufrientes, para salir a reclamar hoy, mientras dure la desgracia.

Y desde ese testimonio recortamos la dimensión de lo que pasó con la revuelta de la bonaerense.

Reclutados en barrios populares, donde la diferencia entre ser delincuente y policía son solo dos caminos de supervivencia posibles, emparentados muchas veces dentro de la misma familia. Educados para ser perros del poder, capaces de callarse frente al manoseo de ser tildados de mafiosos y ser despreciados salariamente durante cuatro años por una señora que se fue a vivir a una base militar para evitarlos.

Vieron exaltados sus aspectos más dañinos cuando se elevó a héroe a un asesino de chorritos. Acusados, y con razón, de ser violentos hasta la muerte con los pibes pobres del conurbano. Capaces de seguir saludando con respeto a sus viejas mandantes de apellido poderoso. De tomar lo peor del discurso del poder, acusando a Baradel o Moyano de conseguir lo que quieren, como si cada pelea no costara meses de movilizaciones, reclamos, sinsabores, amenazas, persecuciones judiciales, ataques de la prensa canalla, propaganda de trolls y todas las piedras que se les pudieran tirar ,desde las manos invisibles de los que hablan sin saber.

Subidos a la camioneta que les pagamos, con las armas que les dimos en custodia, se dieron el «dudoso» lujo de violar las leyes que deben defender. Rodearon como manada de lobos las casas donde viven con su familia un Gobernador o un Presidente. Incapaces de formar una comisión que convierta en negociación su demanda (hasta los que roban bancos o toman rehenes son más organizados…), escuchando las arengas de echados de la fuerza por delitos varios, vivando a etchecopares y otras excrecencias de la cultura fascista actual, saludando como héroe a un psiquiátrico que se subió a una torre…

Entonces comprendimos qué significa la conciencia de clase.

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