Rincón literario huellero: carta en SPAM

“Querido amigo:
Pasaron décadas desde la última vez que hablamos. Verás, no espero que te acuerdes de mí. Soy Iván Cagnoli. Compartimos un año en el colegio. Todos los días, en el recreo, vos venías a hablarme con un tupper repleto de milanesa y me contabas de tus aventuras. De tu vida, tus pasiones y de tus cosas. Yo no me atrevía a nada en ese entonces, y que vengas a hablarme fue reconfortante en ese momento. Cada partido de rugby me lo comentabas en detalle y con una pasión que siempre envidié. Me gustaba mucho la “garra” que le ponías a las cosas. Supongo que por eso te escuchaba: eras valiente y yo no tanto. Y cuando repetí, no quedamos en contacto mucho tiempo más.
Pero yo, como siempre, me llevé un fragmento tuyo. Desde ese entonces siempre asumí muchas cosas a tu persona: como tu viejo era militar en tu casa se dictaban reglas firmes que terminé aplicando, a veces, a mi vida, tu afán por la tecnología me terminó convirtiendo en un experto, y tu mamá una vuelta me había explicado cómo hacía la salsa blanca tan rica. No había aprendido, claramente, y a día de hoy no me pongan a cortar manteca porque me descompongo, pero cada vez que comía salsa blanca me acordaba, al menos por un segundito, de vos. Pululabas en mi mente, como aquellas personas que a veces extrañaba, pero que no tenía ni idea de cómo recuperar. Ida y vuelta, un día una pelota, un día un rifle, un día unos ñoquis.

Y cuando crecí, cometí el terrible error de conectar todas mis redes todas juntas, y así se me terminó pasando tu cumpleaños en el calendario del trabajo, permanentemente. Aunque ya no tanto como antes, volvías a mi mente en forma de notificación: esta persona sigue existiendo y creciendo. Pero las cosas cambiaron mucho. Al inicio solo decía que era tu cumpleaños. Después se le agregaba una foto tuya, que se me repetía durante todo el día. Después se ve que te reconciliaste con Distendia y que actualizaste tus datos y preferencias. Ahí, me acuerdo, me llegaban mails intentando venderme algunas cosas que podrían interesarte. Después me empezaron a ofrecer el servicio completo: no tenía que hacer nada, tan solo pagar, y vos recibirías tu regalo ideal en la puerta en 24 horas hábiles. Incluso me sugería distintos presentes, en caso de que quisiera quedar bien, gracioso, firme, clásico o no me acuerdo qué otra opción más. Y, obvio, quién hoy en día escribe cartas, también te escribían una carta a puño y letra, con mi estilo de escritura y mi forma de hablar. Era una ganga, me acuerdo, pero aún así nunca te envié nada. Al inicio por pudor. Luego, cerca de las dos o tres veces que volvimos a tener una conversación, por vagancia. Pero cuando se me fueron acabando las excusas y el dinero no faltaba, descubrí que siempre fue por miedo. A volver a verte. A volvernos a querer. A volver a partir caminos. A no saber cuándo muera el otro, solo y viejo, sin reconocernos. Y decidí mantenerte como un recuerdo que atesoraría en mi memoria, con una sola celebración anual: el dieciocho de marzo. Cuando aparezca tu foto y tus nuevos gustos. Se ve que en la vejez te agarró la manía de las motos y una vez estuve a punto de darle click para comprarte un llaverito de diesel, que se ve que era tu marca favorita. Dioses míos, incluso me ofrecían enviarte una collage de fotos falsas de nosotros dos, con nuestros rostros pintados a mano por un par de líneas de código extranjeras. Podríamos haber aparecido en los momentos importantes del otro, ahí, en el fondo, con la cara algo nublada, con un solo toque y un par de monedas.

Podríamos haber estado ahí, pero no. No estuve. No estuviste. Nunca me atreví. Nunca
me hablaste.

Lo que siempre hacía era ver lo que subías: sé que te casaste, sé que tuviste tres hijos, sé que dejaste el deporte temprano y habías entrado a laburar en el rubro de tu vieja, sé que te fue bien y sé que tu vida parecía ideal. Y solo podía recordar cuando, hace muchas lunas, soñaste con esa misma exacta vida. La parrilla en los domingos. Los nenes y los perros correteando en el jardín. Los vecinos esperando en la mesa, mientras algún sobrino copado está haciendo la ensalada rusa. Con las preocupaciones de siempre y sin mucho misterio: los beneficios de una vida simple y los pequeños desastres cotidianos, arreglar el lavarropas, retar a Huguito, el más chico, alguna mirada furtiva que se entrometa en el matrimonio o, por qué no, el escándalo de algún placer secreto. Si hay alguien que se lo merecía, ese eras vos.

Te escribo porque este año no sonó tu cumpleaños. Tampoco es que estoy pendiente, a decir verdad, pero hace una semana que vengo teniéndolo presente cuando me voy a organizar entre cosa que va y cosa que viene. Y hoy no apareció tu cara entre lo que tenía que tener en cuenta. Recién entré a tu perfil, y vi a tu gente toda junta y rezando. Estabas muerto. Así que no supe qué hacer, se ve que me alteré de más, y la aplicación de salud me recomendó hacerle una carta al difunto reciente para aliviar la pérdida.”

-¿Así está bien?

-Sí, así está bien. Gracias.

Ignacio Abella
ignacioabella@huellas-suburbanas.info