El pibe de los bares

Vuelve a otear la ciudad luego de algunos meses que lo mantuvieron ocupado en sus tareas de labranza… y cuando la cosecha viene magra, las inquietudes se multiplican y le restan margen a la poesía y a la templanza.

El Mujik dice estar asqueado con buena parte de lo que ve, siente y palpa a diario. “Pero con el dolor de estómago metafórico no alcanza, cuando reina el verdadero por todas partes”, asegura con la mirada perdida hacia la plaza San Martín. Acaso buscando divisar una solución en clave heroica, pero el bronce es bronce, y las epopeyas parecieran haber quedado reducidas a los relatos de carácter histórico.

Pide un café, conversa con su mozo amigo sobre algunas trivialidades, y sin mayores ceremonias, lo ve atravesar la puerta.

Su asistencia es perfecta. Se lo ve todos los días, en especial en horas de la tarde. Prolijo en su apariencia, que no ha cambiado sustancialmente en los últimos dos o tres años, recorre algunas confiterías del corazón comercial de Morón. Se lo ve, todos lo vemos. Las incontables damas gordas de la zona –con su eterna aspiración al fétido vaho de barrio norte- lo contemplan al pasar, digámoslo claramente, con morboso placer. Hasta su fingida aflicción forma parte de la teatralización circunstancial con que nos tienen acostumbrados a los parroquianos que recorremos bares y pizzerías para reflexionar y ver pasar la vida a través de un ventanal indiscreto. El “discreto encanto de la burguesía” –gloria y loor, gran Buñuel- las lleva a resaltar que el “pibe de los bares” “se ve limpito, con ropita prolija, no está sucio aunque sea un villerito”, y tras cartón, el infaltable “me da pena pero no le voy a dar nada, porque en la esquina los padres –esos vagos, esos borrachos perdidos- le sacan todo”. Cada tanto la ayuda mágica llega en una moneda plateada o algún billete raído que el pibe recibe con un tímido agradecimiento. El paquetito con facturas y pan húmedo que los más solidarios suelen entregar a un costado de la barra, cierra la cosecha que habrá de llevar adonde quiera que sea.

Al pibe se lo ve cruzando hacia la plaza San Martín. Conversa con algunos adultos, sonríe con los artesanos mientras queman unos trozos de palo santo, mira de reojo el sector de juegos que tiene vedado, al menos durante horas del día: no está para diversiones, su mente le indica, maquinalmente, volver a juntar ese infinito valor que se tuvo que forjar desde muy pequeño –posiblemente desde el vientre materno- para enfilar hacia alguna confitería, una vez más, ahora que transcurrió media hora, una hora, y seguramente se renovó la clientela. Los juegos son cosas de chicos, y el pibe de los bares acaso nunca haya conocido aquella máxima que supo defender con su vida Eva Perón. Esa que hablaba del merecido rol de “privilegiados”… y que tantas damas enseñoreadas en sus tertulias clasemedieras, fingen desconocer cada vez que tienen que colocarse la máscara de ocasión para expresar lástima o desaire hacia ese pibe que nunca pudo serlo en plenitud, y que transita su lucha por el pan de cada día, más allá de los destratos, el sol, la lluvia, el frío o el calor.

Y allí va, “sin novedades en el frente” piensa el Mujik después que el pibe se pierde entre la multitud indiferente por 25 de Mayo en dirección a Rivadavia. Y piensa, entre nostálgico e irritado el campesino que garabatea estas líneas, que en su tierra natal esto se resolvería con medios poco “democráticos” según el balbuceo gallináceo de las damas emperifolladas de las confiterías moronenses y de zonas aledañas. Quizás algo terminante, reconoce, pero efectivo, para que el pibe pueda ser un poco más pibe y no tener que pulverizarse la vida mendigando sin cesar, y los que toman las decisiones se vean forzados a dejar de lado tanta vagancia y desprecio por la vida ajena, y trabajen a conciencia, tan sólo un poco más.

E Mujik
El Mujik
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