PENSAR LA ESPERANZA CON LOS PIES EN EL BARRO

La esperanza y la fe, lejos de ser dos vulgares virtudes teologales, doctrinarias o dogmáticas, son la única balsa singlando sin rumbo en este mar, a la cuál aferrarse para no caer por la cascada mediocre y bestial del desánimo. Es la llamita que queda sin apagar. Las crías de mefistófeles que gobiernan este mundo aún no se las llevaron más si, implacables, se ocuparon de reducirlas a su mínima expresión. Transformaron a la fe en una ilusión lejana e imposible de arañar, le robaron el cuerpo, y con sus ropas fue ataviado el nihilismo.

Lo último que le robó a la humanidad este sistema, es algún lugar adónde ir. Ya no le queda más nada. Todo lo anterior flota en el fondo del zanjerío hediondo que domina los paisajes barriales, enredado en los pies descalzos del piberío que caza anguilas y peces morenitos de rosales a la hora de la siesta. Allí nadan la paz, la libertad y las bellezas imposibles en la vida material, pudriéndose en el fondo de la zanja que bordea como toda costa posible, las casas de los esclavos del régimen salarial menos afortunados.

Pero hay un lugar donde las cosas son diferentes. Por ahí. Allá en donde vagan los anhelos de millones de seres humanos, esa ontananza extraña que crearon para convencer al rebaño de trabajar a destajo para comprar sus pasajes a la tierra prometida, dejando tan sólo en casa sus mediocres siluetas de tiza, esas de ahí, las que su prole ve tendidas entre su ser y su querer ser.

Ese remedo absurdo del mundo suprasensible platónico (más absurdo todavía, valga la redundancia) es hoy el depositario de las expectativas, ideales y visiones de tantas vertientes del pensamiento y la acción como personas hay en este mundo. Y no existe. Basta revisar algunos ejemplos de acá nomás: hay sistemas ideológico-políticos que sólo existen en los deseos, la planificación y el recuerdo de sus militantes: son un ideal, su ideal. Pero no son en el mundo realmente existente y no son desde hace muchísimo tiempo. Existen en otro plano, pero en la vida material y en manos de quienes ejercen el poder, al menos en las últimas cinco décadas, ya no modifican de manera sustancial y sistemática la vida de nadie. Por supuesto los matices existen y la historia, ese devenir que construyen algunos hombres como síntesis entre su ser, sus necesidades y sus proyecciones, nos brinda momentos en los cuales el agua en vez de llegar hasta el cuello, nos llega hasta el pecho. Pero la estructura no se modifica. El sistema, la cultura occidental, la moral occidental, su modo de producción, siguen siendo los mismos y rige con el mismo despotismo cruel que le conocemos de nacimiento, de Manchester a José León Suárez, azuzada violentamente en los últimos años por la incapacidad del Capitalismo para alimentar al Imperio, cosa que ya hemos señalado antes y no vamos a volver a profundizar aquí.

¿Y dónde residen entonces la fe y la esperanza?, ¿En la comunidad organizada?, ¿En el materialismo dialéctico?, ¿En el liberalismo? ¿En la deconstrucción de qué vas a ir a buscarlas? La esperanza es la superación, está dónde está ese dios que no existe, ni en la tierra ni en el cielo; está dentro del hombre y si para el nihilismo como síntoma de la victoria de la moral occidental, la derrota de la fe implica su desaparición, entonces no habrá superación de este sistema de degradación vital, si no borran para siempre las convenciones ideológicas y los cimientos materiales del capitalismo. El nihilismo sólo se irá con su caldo de cultivo. Es entonces cuando la esperanza y la fe devienen herramientas creativas del cuándo, el cómo y el por qué. La fe y la esperanza son la superación porque son las incógnitas, no porque son las respuestas.

No queda mucho más, queda menos vida que muerte. La superación está adentro. En el corazón, el alma y el espíritu. En la oportunidad de buscar dentro de uno mismo hurgando en la mugre y dejando de ser el personaje que exige el sistema.

Al fin y al cabo, la muerte acercándose siempre es una oportunidad para liberarse del compromiso de ser aquel tipo y la mugre, la que embarra mis patas entre anguilas y peces morenitos de rosales, muchas veces es lo único interesante de ser humano en esta sociedad. En la opacidad suelen camuflarse cuestiones interesantes, mucho más que en los destellos.

(N. del autor: Esta nota fue pensada con la cabeza sumergida en aquella agua podrida que acompaña estas líneas. Barrio San Atilio. José C. Paz.)

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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