Olas y corriente de fondo

Estamos en una nueva ola de COVID-19. Potenciada por el dramático cuadro sanitario atravesado por Brasil, se propaga inexorablemente en el país y la región. Desde marzo del año pasado, la revista trata de dar cuenta de los dilemas que surgen entre medidas gubernamentales, presiones económicas, gesticulaciones mediáticas y políticas. Los hay y hay muchos en una Argentina que ya gravitaba en una orbita descendiente, no tanto en lo político – cuya estabilidad comparativa es relevante a nivel regional, sino sobre todo en lo económico, con indicadores que iban hacia abajo desde el año 2012 (niveles de pobreza y empleo).

Pero miremos un instante más abajo de estas olas para ver que ocurre en las corrientes de fondo. ¿No ha sido la pandemia el acto de confirmación de un mundo nuevo? Un mundo post-americano en el plano de las relaciones internacionales – si bien la impronta norteamericana en nuestras latitudes es más que indeleble – tanto la primera potencia ha tropezado ante una amenaza sanitaria que fue paradojalmente la primera en anticipar. Un mundo frenado comercialmente y al mismo tiempo hiperglobalizado a nivel financiero tanto crecieron los flujos transnacionales de datos, servicios y capitales, con Estados que tuvieron que recurrir nuevamente al endeudamiento en pos de enfrentar la crisis y garantizar la viabilidad de las finanzas, mientras se desplomaban los precios de hidrocarburos. En marzo 2020, la oposición de Rusia a la OPEP hacía caer los precios del barril. Un poco más tarde, se firmaban los acuerdos de Abraham entre Israel y los Emiratos árabes, literalmente impensables hace unos años, anunciando un nuevo equilibrio en Medio Oriente. Más recientemente, China firmaba un acuerdo comercial con 14 países del Pacífico y otro de carácter securitario con Irán, un horizonte también imposible de imaginar a la luz de la influencia ejercida hasta hace poco por Washington. Sin mencionar el retiro selectivo de la presencia militar en Siria, Irak y Afganistán.

El escenario global apareció fracturado, polarizado, con rebrotes y ofensivas ideológicas, en el que la libertad y el estado de derecho están siendo carcomidos por modelos coercitivos. India, Rusia y China – la opacidad del último estando al origen del escape del coronavirus, han sido finalmente los ganadores temporarios de una diplomacia vuelta más salvaje. Salvo honrosas excepciones (Taiwan, Nueva Zelanda, Vietnam por ejemplo), muchas democracias han tenido que recurrir a medidas coercitivas por compensar la debilidad de liderazgos necesarios para los desbordes sanitarios. Esta nueva crisis, sumada a la de 2008, deja la comunidad internacional en una macroeconomía “flotante”, fugando hacia adelante, con planes de recuperación fenomenales (EEUU en particular) que ojála beneficiarán a la región, con esperanza de crecimiento pero sin nueva brújula para navegar en una matriz economía que cambió muchíssimo.

En América Latina, los movimientos no han sido menos tectónicos. La región ha entrado en un periodo de alta inestabilidad donde Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Brasil, Honduras, Nicaragua, han transitado desplomes institucionales. Diluida la iniciativa de PROSUR lanzada en 2015, la erosión de la UNASUR se continuó, así como la del MERCOSUR quedándose a merced de intereses divergentes y sin fuerza hegemónica apta para conducir el bloque, rol atribuido por esencia a Brasil. El Grupo de Lima, apuntando a ejercer presión sobre el caso particular de Venezuela en 2017, también tomó agua por divergencias internas y falta de avances. En muchos aspectos, los progresismos que han vertebrado la trayectoría política de las dos últimas décadas, tienden a vestirse del ropaje del oprimido y de la acusación maniquea para sortear las exigencias de una realidad más delicada. Así, la defenestración interna del MAS en Bolivia se teatraliza de “golpe de Estado” o de “golpe del litio”. Nuevas fuerzas políticas feministas, indígenas o ciudadanas, en Ecuador por ejemplo, están estigmatizadas de izquierda servil y imperialista. Venezuela disimula su endurecimiento y el hundimiento de su experiencia alternativa bajo el exacerbado relato antiimperialista. Las derechas radicales se nutren de esta falsa polarización, más aún cuando carecen de consistencia. Mientras tanto crecen nuevas luchas y alianzas socioprogramáticas entre clima y ambiente, entre reproducción social, democracia real y internacionalismo, entre indigenismo y feminismo.

Lo importante, en el fondo, es entender que están cuestionados los fundamentos desarrollistas, depredadores y conciliadores de clases heredados de los proyectos progresistas. Esta renovación está abierta y pujando desde las bases en varios países. El futuro nos dirá si se podrá realizar por dentro o fuera de los espacios políticos existentes, con élites suficientemente dinámicas para reinterpretar el momento. En definitiva, la pandemia ha resaltado los movimientos telúricos de la historia. Como lo relata el famoso “Mundo de ayer” de Stefan Zweig al observar la primera mitad del siglo XX, no es un mundo totalmente nuevo, sino compuesto por elementos traídos del pasado y entrelazados con elementos emergentes. Será más inestable, imprevisible y duro. Aprendamos primero a mirar y entenderlo.

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Francois Soulard
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