“No, la vacuna rusa no me la doy”: antropología del televidente.

El televidente más que un sujeto, es un estadio. Es decir, ser televidente es una forma temporal que el ser humano puede adoptar, transitar y abandonar. Prendemos la tele y se inaugura un ámbito que se sitúa entre los brillos de la pantalla y yo, espectador. Un nuevo espacio, donde ocurre una comunicación que me incorpora y a la vez me omite.

Los “último momento”, los cambios de cámara, los múltiples colores danzando junto a las diversas voces (en los peores de los casos infinitamente superpuestas, en una parodia de la conversación) me arrebatan de mi silla, de mi living, de la mesa, llevándome hacia aquel lugar que no es exactamente el estudio de grabación de un noticiero, sino una zona intermedia, invisible, donde soy más maleable. Donde no soy humano, sino target; donde me hablan y no hablo.

Es una zona inabordable, cuyas dimensiones son incalculables pues se construye gracias a la mezcla entre el individuo y el contenido del programa. Es un escenario variable y singular. Pero sí existe una evidencia constante donde sujetarnos y pensar: el impacto posterior en las personas. Ocurre que se despliegan en la cotidianeidad frases cuyos orígenes son similares: “se robaron todo” o (más coyuntural) “la vacuna rusa no me la doy”. Estas corresponden a un juicio de valor que, diríamos, surge de un proceso racional; es decir, alguien tuvo que razonar lógicamente y llegar a la conclusión de que la vacuna rusa, para usar este ejemplo, no es conveniente para su vida. De acuerdo, parece un acto de voluntad individual. Pero antes de seguir, viajemos a otro aspecto que no es la consecuencia de ser televidente, sino un entramado que precede.

“En TV, el Grupo Clarín, VIACOM, Time Warner y Grupo América concentran el 56,7% del encendido total de televisión (abierta y de pago)” señala Agustín Espada, Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Quilmes, para la Revista Fibra. Más de la mitad de los televisores prendidos absorben y expulsan a los cuerpos argentinos a un territorio invisible donde, solamente.reinan cuatro grupos empresariales (cuyos canales más influyentes son Telefe —VIACOM—, América TV —Grupo América— y El Trece —Grupo Clarín—); y estos extienden mensajes, pensamientos específicos. Sucede entonces que mientras apresan al individuo (que dejó de serlo enteramente para convertirse en televidente, hombre —mujer, no binarie— a medias) gracias a los estímulos visuales y sonoros, insisten con contenidos tendenciosos que derivan en frases enfrascadas hechas axiomas (por consiguiente, difíciles de desarmar). Así logran pegarse ciertos pensamientos en la conciencia de la población, y esta los recibe porque dan seguridad: la condición más preciada en la modernidad.

Si digo “la rusa no me la doy”, ofrezco una perspectiva aparentemente robusta, que menta de mi voluntad individual de creer en lo que quiera y decir lo que yo quiera. Parece que fui completamente racional y hasta revolucionario. Pero lo cierto está en la vereda opuesta, en el juego que hicieron conmigo cuando mi cuerpo se situaba en aquel ámbito invisible. Cuando me enredé en las palabras de ciertos panelistas y sus mensajes títeres, que necesitan hacerme pensar que la vacuna rusa no sirve, como tampoco un Estado presente, ni la adquisición de derechos. Y yo, no salgo de casa, ni camino los siempre pocos kilómetros necesarios en este país para encontrarme con la desigualdad, entonces creo en todo eso de que me salvo solo: yo y mis certezas.

Aquí la televisión adquiere su rol decisivo; sentadito puedo enterarme de los contagios, de los índices de pobreza, sobre la vida de un famoso; llego a la verdad, a la situación del mundo, gracias a un botón. Entonces escucho un ratito, “me informo” (etimológicamente, in refiere a “dentro” y formo deviene de “forma”; es decir, me construyo por dentro) y si recuerdo algo podré contarlo luego en una charla entre amiges, sonreír y creer que sé del mundo.

No critico el hecho de informar, sino algo anterior ¿Por qué buscamos desesperadamente aunar partecitas del mundo y creernos informades? Es demasiado tarde para debatir esto: ya no nos basta contemplar el paisaje, ojear la montaña, preocuparnos solamente por el clima que decidirá el destino de nuestras cosechas, como hacían los originarios y como hacen algunes poques seres, residuos de este mundo que cada vez se cierra más sobre la ciudad. Necesitamos saber todo, hasta lo que no vemos, porque somos seres “globalizados”; aunque en realidad seguimos siendo une con nuestro entorno, particular y minúsculo, como el barrio, el living y la silla. El televidente, de la misma manera que el hombre —mujer, no binarie— de la ciudad, requiere todo a poca distancia. Hasta los enunciados que le dan seguridad.

“La vacuna rusa no me la doy” es mucho más que un axioma que dice ser una manifestación individual. Hiere a toda la población. Aquellas personas que no se vacunan pueden mantener al virus circulando socialmente y esto evita la inmunidad comunitaria. Sin la vacuna podés ser vector de un rebrote y volver a contagiar a gente cercana que ya haya pasado el período de eficacia de la vacuna. Entonces, en la frase simple subyace esta horrible posibilidad y quien la dice es víctima de los manejos que hicieron con su cuerpo durante el estadio “televidente”, cuando viajó a la zona invisible: allí, donde somos más maleables. Habría que pensar cómo dejar de serlo. Pero eso da para otro artículo.

Felipe Melicchio
Felipe Melicchio
felipemelicchio@huellas-suburbanas.info