Ni de edificios ni de maestros…

Por Edmundo Mario Zanini
 DNI  M 8118381
   Las notas sobre los problemas de un profesorado en la zona nos han traído algunos comentarios que ameritan aclaraciones.
   Si alguien supusiese que, sólo con edificios escolares dignos,  bien equipados, está resuelto el tema educativo en nuestro país, se estaría engañando. Y,  de modo similar, dadas las condiciones increíbles de que “los que enseñan” sean bien pagos (no ha pasado nunca, en nuestra América, al menos), el asunto tampoco “cerraría”.
   Y digo acerca de nuestra Argentina, en un caso, y  nuestro continente en el otro, porque ya son tradiciones, o  realidades crónicas, que en estas partes del planeta,  ni el presupuesto educativo en general ni el destinado a los docentes vienen bien barajados.
   El asunto de fondo es otro, a mi criterio. ¿Para qué sirven las escuelas?. Pregunta que se parece, pero no es lo mismo, que: ¿Qué es la educación? Y en tanto estos interrogantes parezcan (y queden en manos) “de especialistas”, estamos  LISTOS.
   Superando la mirada chiquita de algunos cuantos, evitaremos la respuesta indómita: “para que los chicos no anden por la calle”… o  “para guardar a los pibes”, las cuales seguramente podrán ser incluso a ojos de algunos funcionarios como para tener en cuenta pero no soportan ningún análisis. Y por eso se imponen en cualquier discusión de sobremesa.
   Habrá entonces que adentrarse en otras profundidades. Eligiendo básicamente entre las que ponen el acento en lo individual (“para FORMAR a las personas”; “para trasmitirles nuestros saberes y valores”…) y las que apuntan, más directamente, a la estructuración de la Nación, o la organización de una sociedad. Tal vez, una solución equilibrada las reuniese en una sola aspiración, complementándolas.
   De todos modos,  en el fondo de las insuperables diferencias no está el  “para qué”, sino el “cómo”. Porque como dice el saber popular: Por “las maneras” se conocen los pingos.
   A veces, sin lugar a dudas, lo importante es la intención. Pero no alcanza con ella. Y vean ustedes como parte de “la pesada herencia” que algunos gobiernos reciben de sus predecesores, la flota superabundante (pero NUNCA SUFICIENTE) de patrulleros en la mayoría de los municipios del conurbano bonaerense, puede tener su “filosa” resultante.  Creo que todos valoramos el sentido disuasivo de esas luces giratorias e intermitentes con las que “la fuerza pública” anuncia su presencia a la distancia y le saca las ganas a los cacos y otros malvivientes. Pero ya comentan algunos oftalmólogos que, por la abundancia y la potencia de este sistema, no dan abasto. Las cegueras temporales arrecian. La disuasión nos lleva a no salir a la calle para no morir encandilados…
   Pero, vale. Es una forma de “educar”: advertir al poco advertido que no hay que andar haciendo macanas ¡porque la ley está presente! Y se desprende una consecuencia directa: ¿qué pasará con quien no entienda?
   Bueno, bueno… aquí viene otra parte suculenta de nuestra partida: ¡Vendrá el castigo!
   Como parece mostrar esta centenaria tarjeta postal alemana que acompaña el presente artículo (oriunda de Núremberg  -¡qué premonición!; en esta ciudad se celebraron los juicios de lesa humanidad a los jerarcas nazis al finalizar la  Segunda Guerra Mundial-)
   Parece llamarse “para las pendencieras” y muestra una costumbre medieval para castigar a las “mujeres peleadoras”, que no por nada reproduce esta imagen de común circulación en la Alemania de la primera posguerra (1920)
   Hay que mostrar el castigo a los malos, porque esto es  “educativo”.
   Al menos parecen creer en esto buena parte de nuestros vecinos. Y la mayoría de nuestras instituciones.
   Sin embargo, hay quienes no aceptamos esta simpleza. La educación no es ni disuasiva, ni castigadora. La escuela (y sus maestros) hacen más cuando logran orientar a los más pequeños (algunos creen que  “los grandes” ya no tienen remedio…), cuando pueden presentarles el sentido de “HACER LAS COSAS BIEN”. Y persuadirlos (pero en serio, no como le pasaba a nuestro inefable tierno ex presidente, aquél de “la casa está en orden”…) de que eso es la vida. Y lo otro, NO LO ES.
   Es que el problema no es (y vale la pena, en tiempos de  “Cuba libre”, escuchar y volver a escuchar a Silvio *) dónde está el mal, sino cómo se sostiene el bien.
   Largo el asunto. Si interesa, en otra la seguimos. Tal vez comenzando por oponer dos concepciones muy distintas (y que marcan dos sentidos opuestos en educación): “Mi libertad tiene por límite la libertad del otro”  versus “Mi libertad toma sentido en el bienestar de los demás”.
Duerman tranquilos.
                                                                                 

*  Rodríguez, Silvio – “El problema” – álbum “Rodríguez” –  Editado por Alfiz Producciones 1995 –


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