EL MOVIMIENTO OBRERO: EJE DE LA UNIDAD DEL FRENTE NACIONAL

Sin dudas la primer y única noticia alentadora para los trabajadores en lo que va del 2018, es el inicio de la construcción de un frente sindical opositor al Régimen de Cambiemos con eje en parte de la CGT y las dos CTA, concretado a partir de la convocatoria a una movilización para el día 22 de febrero y que reconfigura en forma sustancial el armado político sindical dentro del movimiento nacional.

Cuestión que, desde luego, no sólo concita y merece el esfuerzo y el apoyo de todos los trabajadores para hacer de la movilización una muestra palmaria y contundente del rechazo a la persecución, los despidos y el desguace de la industria nacional que propone Cambiemos, sino que obliga a pensar el rol de los trabajadores dentro de sus organizaciones, del movimiento obrero organizado en general, con perspectivas en la integración de un frente nacional amplio y homogéneo capaz de derrotar al bloque oligárquico en 2019.

La parábola moyanista que arrastró consigo a un importante bloque dirigente del movimiento nacional al frente antinacional y hoy de vuelta al movimiento nacional, es la demostración práctica de cómo la dialéctica capital-trabajo transformó la posición ulterior de muchos dirigentes sindicales junto al bloque oligárquico, en un callejón sin salida. La naturaleza antiobrera que éstos dirigentes vislumbraron en la retención kirchnerista de los fondos de las obras sociales, el rechazo a la participación de los trabajadores en las ganancias patronales y la defensa acérrima de la plusvalía expuesta o impuesto al salario, naturalmente se vio refrendada una vez consumado el triunfo macrista que corrigió y aumentó, como era harto previsible, las condiciones legales, políticas y económicas para dar vía libre a los abusos patronales: apertura indiscriminada de importaciones, techo paritario, despidos a discreción, proscripción sindical y todos los horrores vistos en estos largos dos años de gestión oligárquica.

La intención macrista de cerrar el círculo legal sobre los trabajadores con la llamada Reforma Laboral, tras la aprobación a pura represión de la Reforma Previsional y el saqueo a los jubilados fueron las gotas que los persuadieron tardíamente de que el vaso ya se había rebalsado hacía un rato largo.

A partir de este punto se hizo prácticamente imposible de sostener para el moyanismo y sus aliados una posición crítica con el oficialismo, sin alejarse de él y ante la mirada atenta y urgente de sus propias bases. La presión interna dentro de la CGT también jugó su rol, lejos de los cabildeos interesados de otros gremios las posiciones de defensa de los trabajadores ejercidas por la Corriente Federal de los Trabajadores con Sergio Palazzo y Héctor Amichetti a la cabeza y la representación parlamentaria de Vanesa Siley y Walter Correa, sumados a las dos CTA y a la postura crítica que esgrimió desde un primer momento Pablo Moyano redundaron en un acercamiento tan necesario cómo previsible. El rol de la CFT fue fundamental pues constituyó el vórtice preexistente, inaccesible para los dirigentes interesados al Régimen de Cambiemos, que contuvo con su política práctica y su acervo ideológico el unionismo que propició el acercamiento de los demás sectores enfrentados y atacados por el gobierno. Dicho frente supo dar sus signos de vida a fines del año pasado, con la movilización del 29 de noviembre y su continuación en diciembre en las jornadas históricas contra el ajuste previsional.

Más allá de los embates judiciales que vienen soportando con mayor o menor justicia según el caso, pero que tienen el objetivo inconfesable de ensuciar la figura de Hugo y Pablo Moyano para desprestigiar al sindicalismo y  disciplinar usando la espada que mejor le sienta a Cambiemos: el poder judicial.

Huelgan las palabras con respecto al llamado sector de “los gordos” de la CGT, cuyos gremios no se apartan de su ya famosa tradición de marxista: cómo decía el gran Groucho, “si no te gustan mis principios, tengo estos otros”. Siempre oficialistas y con la genuflexión y obsecuencia precisas para conservar sus privilegios en desmedro de sus representados. La historia y el propio movimiento obrero ya se encargarán de ellos.

Así las cosas y echados los naipes, el escenario para los trabajadores está claro. Apoyo total a la movilización del 22 de febrero y defensa de las organizaciones sindicales contra la ofensiva oligárquica con todas las fuerzas que se puedan aportar. Sin olvidar que, más allá de los reacomodamientos superestructurales, los objetivos no cambian; defensa irrestricta de todos los puestos de trabajo hasta las últimas consecuencias, defensa de la industria nacional, por paritarias libres, contra la reforma laboral y contra cualquier intento por vulnerar los derechos adquiridos del conjunto de los trabajadores.

El ejercicio político de la acción sindical por parte de las bases es imprescindible (quizás nunca lo haya sido tanto) para su formación, su desarrollo y la generación de las herramientas políticas que sostengan esas tareas de manera crítica y continua. Sin idealizar a la clase trabajadora ni a las organizaciones sindicales, en su protagonismo en la arena política nacional se cifra gran parte del destino de nuestra patria y nuestro pueblo.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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