Malvinas en la cuestión nacional.

Incorporar la cuestión Malvinas a la cuestión nacional, es decir a la lucha por reconquistar y consolidar una identidad geopolítica, social y popular hegemónica, es llevar la visión histórica del reclamo soberano en el Atlántico Sur más allá de la usurpación de 1833. Es remontarse al asesinato de Moreno, al desgajamiento rivadaviano del Alto Perú, a la derrota artiguista y la creación del Uruguay, a la infamia de nombrar a la provincia boliviana referenciado a Bolívar. Es integrar Malvinas a la memoria popular entroncando sus enseñanzas con la sangre derramada por Mitre y Sarmiento en el Proceso de Organización Nacional del siglo XIX y Proceso de Reorganización Nacional del siglo XX, que finalmente desembocó en la legítima pero mal encarada ocupación militar del archipiélago. En definitiva se trata de darle a la cuestión Malvinas un corpus estratégico latinoamericano, verdaderamente nacional, superador de la visión meramente argentina. Malvinas cómo herida abierta forma parte de nuestro status cómo semicolonia del imperialismo anglosajón, status que la incluye en un papel ciertamente preponderante, pero que también la excede. Esto último no habremos de olvidarlo nunca porque,  en gran medida, la potencia del reclamo por vía diplomática, absolutamente correcto, pierde consistencia ante la persistencia triunfal de la visión colonial, derrotista, que hizo de Malvinas y la guerra de 1982, un mojón tibio, victimizado e injustificable de nuestra historia. En ese sentido el proceso de desmalvinización, que se inició con el sombrío y degradante regreso de nuestras tropas entre gallos y medianoche y que se prolongó durante la larga noche alfonso-menemista y hasta el estallido de 2001, funcionó a la perfección. La colonización pedagógica transformó Malvinas en una simple locura de Galtieri, un error olvidable. Los veteranos de guerra fueron, en consecuencia con el trato indigno que les dieron a los generales de la derrota a su regreso, que debió ser con honores, condenados a pedir limosna en una plaza o a terminar su sufrimiento con el estallido de una bala en su cráneo. El pueblo mismo adquirió, durante el profundo reflujo y la dispersión que generó una década y media de colonialismo institucional (1983-1999), una posición conservadora ante el recuerdo de la guerra, un recuerdo sumiso, casi el de un esclavo que le faltó el respeto a su amo. Hoy mismo estamos ante un gobierno que acaba de suceder a otro liderado por un mafioso que no dudó en caracterizar a Malvinas cómo «un gasto más», ante la posibilidad de una posible y futura recuperación de las islas, y que entonces tiene que retomar el reclamo diplomático desde un punto del camino que ya se había desandado. El mismo Alfonsín, a la luz de su enajenación neo desarrollista, supo reconocer en una entrevista con Jorge Enea Spilimbergo su temor a la victoria argentina en los albores de la Guerra, por «el peligro de una salida nasserista». Tipos cómo este fueron reconocidos cómo santos de la democracia….

Es mucho lo que hay que desmontar, es mucho el trabajo histórico que hacer y es mucha la conciencia a generar desde la recomposición de un tejido educacional que ponga en el centro y cómo eje central de la recuperación de nuestra identidad, el concepto clave de que la nación es Latinoamérica, de que nuestras tragedias son eslabones unidos por la dominación extranjera, de que nuestra historia es la de los que le pusieron la sangre y debe ser contada y estructurada desde la visión de los vencidos sin que por eso sea una visión derrotista, de que el reclamo por la soberanía es latinoamericano, de que no habrá Malvinas argentinas si no empezamos a ser Patria y de una vez por todas empezamos a dejar de ser Colonia.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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