Los problemas ambientales: un “bloqueo” u “Olvido” de una parte de los miembros de la comunidad y de nuestros gobernantes

Ha sido, y aún lo es, muy difícil “posicionar” o darle un espacio dentro de nuestras miradas, visiones, puntos de vista y prioridades a las problemáticas ambientales para luego desde allí incluirlos en nuestros reclamos para que sean prioritarios en las plataformas electorales (si es que aún las hay) y programas de gobierno. Esto no implica desconocer, y menos aún desmerecer los procesos de reflexión, acción y luchas de decenas de comunidades por sus luchas ambientales, por ejemplo en Ituzaingó –Córdoba- contra los agrotóxicos, así como en Famatina, La Rioja, Andalgalá, Catamarca, en sus luchas contra la megaminería; en Misiones con su disputa contra las represas y en Santiago del Estero en sus luchas contra el desmonte. Desde la valorización de las luchas como instrumento que promueve la reflexión, acción y cambio, la idea es analizar por qué estas acciones no se traducen en una mayor participación e involucramiento de la sociedad en las discusiones y en la toma de decisiones para producir cambios de largo plazo hacia un verdadero desarrollo integral, sustentable, biocéntrico, ético y con equidad de género e intergeneracional.

Los problemas ambientales son muy antiguos en nuestro país, derivados tanto de un modo de ocupación del territorio como de las actividades económicas y su relación con los bienes comunes naturales, a su vez relacionados con nuestra integración a la división internacional del trabajo. Es así como desde la minería practicada durante la colonización española, los saladeros y mataderos volcando los desperdicios al río hasta la expansión de la agricultura, dan cuenta de una mirada que relaciona el vínculo con los bienes como algo “inevitable” o “que no hay otro modo de hacerlo”.

Ahora bien, ¿por qué se impone esta “naturalización” en nuestra relación con los bienes que son comunes, dado que pertenecen a todos, y naturales porque son propios de la naturaleza? Quizás existan muchas interpretaciones y cada una posea una proporción que explica la situación. En primer lugar, prima en la actualidad una visión antropocéntrica en relación con los bienes, una mirada exclusiva desde la valorización, y desde allí el uso, dado por los seres humanos, aquellos que ocupamos la cúspide según la creación o la selección natural. Una visión mecanicista y atomista que impide vernos, a los seres humanos, como una parte pequeña, y que llega a último momento, en el mundo, integrado de la naturaleza. Los recursos naturales son considerados como formas de capital, lo que puede hacer surgir distintas iniciativas de explotación indiscriminada.

En segundo lugar, debemos reflexionar acerca de las visiones acerca del progreso y del desarrollo. Ya para los gobiernos liberales, militares, conservadores como para los justicialistas, radicales, etc., suele asociarse el desarrollo con crecimiento, producir más es la consigna; más fábricas, más autos, más soja derivan en más puestos laborales, más ingresos, más impuestos, más consumo …. Un mundo mejor para todos, pero ¿realmente es así?

Un análisis histórico nos diría que crecer no implica desarrollo, producir más no implica necesariamente mejoras en nuestros bolsillos y menos en nuestro nivel de vida relacionado con nuestra correspondencia con el ambiente. A su vez, la idea de progreso asociado al desarrollo de tecnologías tampoco resiste un análisis integral y dialéctico. Las tecnologías, como creación social, no son neutras, por el contrario, poseen efectos sociales, ambientales, culturales, sociales y económicos. En ocasiones se supone, y aún se insiste, que las nuevas tecnologías pueden resolver los problemas que generaron otras…

Un tercer elemento es la naturalización de los problemas ambientales Cabe destacar que cuando nos referimos a que algo es natural nos referimos a que es propio o relativo a la naturaleza, también a aquello que está conforme a la propiedad o calidad de las cosas o aquello que sucede con cierta regularidad. Esta naturalización puede considerarse como un discurso dominante en la mayoría de las sociedades actuales. Al atribuir causas naturales a los hechos sociales, y a sus relaciones entre actores como las que surgen del proceso de producción, los individuos y los grupos se alejan de la comprensión de las reglas sociales que guían los comportamientos de la sociedad.

Por último, subsiste una idea acerca de que los problemas ambientales son propios o inherentes a las sociedades más desarrolladas, por lo tanto, en nuestro país menos desarrollado, emergente o del tercer mundo, tenemos aún otros problemas por delante: generar viviendas, trabajo, alimentos para todos, bajo cualquier forma de producción y por ende de relación con los bienes naturales. Una visión errónea que no relaciona que los barrios más pobres se asientan en lugares contaminados, que los trabajos más insalubres y precarios los desarrollan asalariados con bajas remuneraciones y que los alimentos menos apropiados, desde el punto de vista de su calidad real, son consumidos por las familias de bajos ingresos.

Por último, una recorrida quizás poco exhaustiva, nos demostraría que desde el gobierno militar hasta ahora ningún gobierno tomó el tema ambiental con seriedad; es así como Alfonsín decidió promover la producción de trigo desgravando la importación de fertilizantes nitrogenados, que recrean problemas en la vida del suelo y en la alimentación de las plantas.  Menem, y su ministro Felipe Solá, primero permitieron el registro y luego promovieron la utilización de transgénicos y su paquete asociado de plaguicidas; cabe recordar que se pasó de utilizar 40 millones de litros de agrotóxicos en el año 1995 a más de 100 en el año 1998. Durante el kirchnerismo tampoco se tuvo en cuenta las relaciones con el ambiente; recordar que se veta la Ley de Glaciares, aunque después se reglamenta, se promueve el uso de transgénicos, recordar que el mismo día en que comienza el juicio de Ituzaingó (Córdoba), Cristina Fernández anuncia la instalación de una planta de semillas de la empresa Monsanto en Malvinas Argentina (Córdoba), además de promover el desarrollo de la minería a cielo abierto. Y ahora seguimos igual en estos aspectos: el macrismo, desde sus primeras medidas – quita de retenciones a la soja y a la minería-  promueve dichas actividades basadas en la extracción ilimitada de minerales, de las rocas y del suelo, con alto uso de sustancias contaminantes que inciden en el desarrollo de enfermedades.

Ojalá que podamos desde nuestra inserción en la naturaleza, lograr miradas más profundas e integradoras.

Javier Souza Casadinho
Javier Souza Casadinho
javier@huellas-suburbanas.info