LA REVOLUCION POPULAR DEL 17 DE OCTUBRE DE 1945

Historia en clave nacional

Por: Rubén Lombardi
Pocos lo estaban viendo, pero la economía argentina había cambiado hacia otra escala evolutiva ese crucial año 1945. La segunda Guerra Inter imperialista había entorpecido seriamente el habitual intercambio comercial entre el Viejo y el Nuevo Mundo, y lo que nos habíamos habituado ancestralmente a traer de Europa había dejado de venir.

La anquilosada fórmula de “Argentina granja, Inglaterra taller” se estremecía en sus íntimos cimientos con la inesperada aparición de la Industria Argentina. Y se sabe que la industria produce obreros, con las consecuencias laborales y culturales que ello implica.

En realidad, el primero que “descubrió” el fenómeno, fue el último Presidente fraudulento de la Década Infame, Ramón Castillo. El viejito catamarqueño, terco impugnador del sufragio secreto y obligatorio, y persuadido de la  preponderancia de la Oligarquía primaria por sobre las masas populares, tenia no obstante una honradez sólida que incluía un interesante sentimiento patriótico. Ello le permitió juzgar que la hora del mundo exigía para Argentina adquirir elementales grado de autonomía económica. Además de mantener al país fuera de la contienda bélica, echó las bases de la Flota Mercante nacional, creó la Dirección de Fabricaciones Militares y estableció una  restricción cambiaria administrada para cuidar las reservas monetarias escasas.

Los peones rurales que acostumbraban a vegetar aburridamente en sus ranchos provincianos a la espera de los meses de cosecha se habían hecho obreros industriales. Al poco tiempo tendríamos el espectáculo lacrimógeno de las “señoras gordas” de Recoleta con sus maridos clamando por el amontonamiento humano en la región metropolitana, llanto que aún continúa, como ignorando ex profeso que tal situación ocurre en toda época y lugar donde la sociedad pase de un Estado monoproductor a una diversificación en sentido manufacturero.

Y así estaba pasando: El país se industrializaba lentamente…Aparecían fábricas textiles, de maquinarias, eléctricas, derivados del caucho y del petróleo, productos farmacéuticos, químicos, de metales…y las establecidas de antaño crecían y se consolidaban, como las de alimentos y bebidas, cigarrillos, imprenta, muebles, construcción, etc. Las dificultades de abastecimiento de los repuestos requeridos por tales ramas se sumaban, pero en general se iban resolviendo con el desarrollo inédito del talento humano del pueblo argentino, que llegó a hacer maravillas en la ocasión.

Todo esto producía el crecimiento del mercado interno y de los polos productivos que, en general se ubicaban geográficamente en el Gran Buenos Aires. Las legiones obreras incorporadas anualmente al mercado laboral y que en 1938 habían sumado  750.000 seres alcanzó casi 1.000.000 en 1943.

Claro que los políticos tradicionales no buceaban en tales datos. Continuaban recitando como loro ciego a la Constitución centenaria, seguían cantando superficiales loas a las libertades y derechos de los hombres en abstracto y especialmente concentrábanse en la lejana Guerra tomando partido apasionadamente por uno u otro contendiente.

Pero un Coronel realista y práctico supo entender el hecho social. Desde su semi escondido cargo al frente del Departamento del Trabajo convertido en secretaria de Trabajo y Previsión, convocó a la dirigencia sindical, escuchó sus pedidos a la vez que les habló de sus ideas sociales, empezó a sancionar estatutos, reglamentos, normas novedosas, les aumentó el salario a los trabajadores, hizo cumplir viejas disposiciones apolilladas en algún cajón parlamentario, decretó jubilaciones en diversas ramas olvidadas de la economía… ante la sorpresa primero y el agradecimiento transformado en sólido apoyo después de representantes y representados del sector gremial.

Pero el Coronel PERON molestaba. Era un grano enorme en las mismas Fuerzas Armadas, acostumbrada al cumplimiento público y privado de respeto a ciertas jerarquías, concurrencia a ciertas reuniones sociales, hábitos de sociabilidad… alguna de cuyas costumbres parecía violar Juan Domingo por su noviazgo con una oscura actriz de radioteatro.

 Y era un gran forúnculo para los poderosos “Factores de Poder” de la semicolonia inglesa. Los obreros se acostumbraban a reclamar altaneramente a sus patrones a medida que sus derechos  se empezaban a enaltecer. Ante cada conflicto laboral, éste Coronel laudaba en favor de los trabajadores. Encima parecía tener ambición de  Presidente de la República, para lo cual enarbolaba banderas nacionalistas, exageradamente Pro obreras y todas contrarias al Viejo e injusto orden en donde ellos hacían y deshacían para desgracia de la Nación argentina.

Fue así que con cualquier excusa, usaron al Ejército para voltear de su cargo al futuro caudillo y encerrarlo en Martín García el 13 de octubre.

Desde el día siguiente cientos de activistas empezaron a reaccionar. Se habló mucho de la actividad de Eva Perón, de Mercante, de Cipriano Reyes. Aunque tales figuras seguramente aportaron lo que pudieron, creemos hoy que el llamado a las masas proletarias lo produjeron los que se iniciaban en esos momentos en la militancia revolucionaria y popular y que fueron los dirigentes de las fábricas o de los barrios obreros, hombres anónimos de reciente promoción, de antigua filiación socialista o independiente.

No se aguantaba más un día entero sin que Perón fuera liberado. Eso se juramentaron el 16 de Octubre. A renglón siguiente la hecatombe masiva: Un elemento desconocido para la “prensa seria” y para las Fuerzas tradicionales, (el país “audible”), aparece. Lo hace alegre pero decididamente en la histórica Plaza de Mayo para sumarse al futuro nacional como un insoslayable elemento político: La clase trabajadora nativa, a la que Perón premió en su Doctrina con el adjetivo de “la única clase de hombres” (los que trabajan) concurría a presentarse por primera vez ante su Conductor con la lealtad de los agradecidos y de los que saben a quien agradecer.

Ya lo narró inmejorablemente Scalabrini Ortiz: Venían de todas partes, de los frigoríficos de Ensenada y de Berisso, de Santos Lugares, Cañuelas, Campana. Algunos grupos que en principio se fueron concentrando en el Hospital Militar (a donde se encontraba Perón transitoriamente) se mandaron para la Plaza al grito unívoco de “Perón, Perón”.

Al atravesar el aristocrático barrio Norte, de persianas y puertas sólidamente cerradas, los cánticos convergieron en uno: “Maricones a otra parte. Viva el macho de Eva Duarte”.

Desesperado, el presidente Farrell hace venir al palco de la Casa de Gobierno al Coronel, para que tranquilice a la multitud con unas palabras. Perón pronuncia su discurso y da comienzo al fenómeno de amor entre un Conductor y una masa humana más conmocionante de la Historia Argentina. Tan fuerte y de bases tan sólidas que aún hoy a más de 40 años de la desaparición física del fundador del Movimiento, se hace imprescindible a los sectores populares referenciarse aunque sea especulativamente en el GENERAL PERON a los efectos de sumar votos y posibilidades políticas de victoria.

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