la noche de mañana

A veces, entre el mareo, se le aparece una revelación. Lo sé cuando lo veo. Sus ojos yiran rápidamente entre su vaso, la carne y el destello incesante de algunas luces led. La música al palo ayuda a la atmósfera; esto es la jungla del sexo y el desenfreno. Botellas rotas, viernes, sábado, domingo, a veces jueves y, tal vez, miércoles también. El día se le vuelve una cuestión insoportable hasta llegar al fernet y al dolor de cabeza. Lo que está en el medio no cuenta: sólo en la bailanta le fluye la paz. El resto, piensa, es la vida transcurriendo. Pero nada más que eso.

La voluntad no le alcanza para resistirse a la noche. Cualquier deseo le queda corto. Cualquier paz se le arruina al despertarse. No le queda otra que volver a salir de cacería, aunque no entienda muy bien qué es lo que está cazando: si una noche de labios o si, quizás, un límite que aún no conoce. Es un desafío que persigue con el alma, un párate, un final. Una última noche. Un último vaso. Este y ya está. Hoy me hago mierda y el finde que viene estoy chill. Quizás hoy pueda entender, finalmente, a dónde va. Pero no puede ver que en la noche los caminos son oscuros, que los vándalos confunden las señales y que uno no puede vivir siempre cómodo.

A veces me animo a seguirle el paso y lo acompaño, con un mensaje o con una salida. Es una bestia: se la rebusca para que la vida, a pesar de su ritmo frenético, siga su curso. Ninguna resaca lo detiene en seco y no hay preocupación que lo haga recapacitar: es un cazador implacable de un destino prometido, pero que nunca llega. Y no hay forma de que una derrota lo tome por sorpresa: siempre se va a levantar a comenzar el día de cero. No soporta ver el final de las cosas, pues al terminar un ciclo se le acaban las ideas y la ansiedad se lo merienda entre dos panes. Y como su amigo el dinero no le falla nunca, puede permitirse todo aquello que su alma desea. Y solo quiere anestesiarse.

Temo el día en que encuentre lo que está buscando. Temo que una falla vital, invisible, tumbe a mi amigo y lo deje en el suelo, que lo reclama pacientemente. Temo, también, que debo ser un simple testigo, un admirador de una fuerza increíble, un sistema perfecto para habilitar al caos como un amigo, que visita su casa, su vida, su trabajo y sus relaciones. Temo el día que no pueda seguir, que no encuentre respuesta, que se caiga y que no se pueda levantar. Tiene una deuda impagable, pero las finanzas de la vida no son tan lineales ni tan claras. Ni tan simples.

Pero hay momentos, los menos, en los que una idea cruza su mente fugaz, como un cometa. Una alegría real, y no de plástico, bañada en vodka y cocaína rosa. Una rabia sencilla, que lo impulsa a mejorar. A verse. A pensar. A creer que algo lo trajo hasta acá, y que todavía puede seguir. Se decide a tomar más, por las dudas que se le escape la respuesta, pero al final todo termina como empezó: en la misma niebla mental de la que se enamoró hace tanto tiempo.

Hoy lo veo a los ojos y veo mi misma ambición. Mi mismo camino. Mi mismo arrebato. Mis mismos gestos. Mi codicia. Mi hambre de respuestas. Buscamos lo mismo, al fin y al cabo. La autodestrucción tiene muchos nombres. Los suyos son licántropos, una llama que sólo se enciende con la luna. El mío es vampírico: el sol no debe encontrarme buscando la respuesta, porque de día todo es claro y sencillo, y conmigo las cosas nunca son sencillas. Y aunque nunca se lo digo, nuestras noches son parecidas: yo, oculto, revisitando todos los fantasmas que alguna vez se instalaron en mi casa. Él, en sus mejores galas y sirviéndose su quinto trago, huyendo de los mismos males que, noche a noche, decido mirar los ojos. La noche tiene un efecto especial en las personas como nosotros: es un desfile de todas aquellas preguntas que no queremos hacernos. Un paisaje de pánico. Una mapa de todos aquellos lugares en donde podemos terminar dentro de veinte años, los favorables y los de muerte. Puntos rojos, llenos de sangre y gorgojos, puntos verdes y pacíficos. Caminos de tierra sin carteles, pues no sabemos, en realidad, qué es lo que estamos haciendo. Vías muertas y trenes completamente explotados de sueños. Camiones con todos los cadáveres que ocultamos debajo de la cama. Carreteras del todo, pues el todo, sabemos bien, es posible. Caminantes sin rumbo de esta vida, huéspedes de la noche que nos ahorca con sus manos estrelladas. Algunas tienen sabores del pasado y otras, la mayoría, con las promesas de todo lo que se viene.

 A veces me pregunto estas cuestiones. Y me digo a mi mismo que no, que no debo nunca contar lo que observo, que me calle, que mi muerte son mis ojos, que nuestro dolor tiene un final. Solo que no sabemos cuándo, dónde o con quién. Me miento y me afirmo que sí, que está todo bien, que no hay nada que yo pueda hacer para evitar el momento en donde caigamos, por fin, en la resolución final: no tiene sentido seguir huyendo de las seis de la mañana. El día siempre llega. La noche siempre termina con la misma nota ácida a tabaco y a desilusión de que hoy, de nuevo, no vamos a encontrar nada entre los errores del ayer y que es en vano, doloroso y estúpido seguir buscando una respuesta en las mismas cosas que nos adormecen. Lo mío es seguir jugando a la escondida sin un oponente y lo suyo, lo sé, es seguir probando sus límites que, de romperse, pueden acabarlo de una vez por todas. Lo mío es un peso absurdo, inexistente, que no tiene raíz ni final, una partida de ajedrez extenuante y eterna, donde soy las blancas y sigo esperando a que algún fantasma se anime a mover, por fin, algún peón negro. Lo suyo es un dinamismo obligado, el explotar de deseo: en sus partidas nunca gana si no siente todo el placer posible, todo junto, todo mucho, todo fuerte, todo húmedo. Y aunque lo mío tenga la austeridad extrema por bandera, hay un momento en donde nuestros juegos se cruzan. Donde el mapa nos marca los mismos tantos. Donde sus ojos buscan las mismas cosas que yo, aunque mi vida se decante al silencio y él se derive a calmar cada una de las sedes que le arruinan la experiencia de vivir.

Como ya son casi las seis y se acerca el sol, lo intuyo en la misma situación que yo: corriendo, acobardado, a esconderse un ratito entre muchas frazadas y excusas. Mañana será otra oportunidad para terminar con esto de una vez por todas: otro día más intentando buscar la misma idea que tanto anhelamos. Mañana, tal vez, amanezcamos distintos. Mañana podemos darnos el lujo de volver a empezar y hacer como si nada pasara: la vida, aunque no queramos, sigue su cauce. Mañana hay todo un día por delante que juramos que será de alegría, pero la noche siempre viene con preguntas y nunca tenemos las respuestas. Mañana podríamos empezar a vivir, quizás, tal y como queremos. Mañana podemos tener mucha suerte y ganar la partida. Mañana. Sí. Mañana. Mañana arranca una nueva etapa. Ya van a ver. Mañana hay un jaque mate sorpresa esperándonos en cualquier esquina, y solo tenemos que salir a buscarlo.

Y, como todas las noches, es imposible no caer en la misma trampa de que mañana, si dios quiere, será otro día.

Agustín Abella
agustinabella@huellas-suburbanas.info