La larga noche de los pobres

«Este mundo, esta empresa, este mundo de hoy, que te esnifa la cabeza una y otra vez. Es una línea y otra línea, y otra línea más. Voy cumpliendo como puedo…¡Yo trabajo acá!. Y te esnifo la cabeza cada día más, cada día más. Y me esnifan la cabeza, ¡y nada ni nadie nos puede parar!!!» Carlos Solari, «Rock para los dientes».

 Una de las viejas sentencias con las que Marx supo iluminar el camino teórico político hacia la comprensión de los métodos y las fuerzas que motorizan el modo capitalista de producción, dibujaba con profunda exactitud la triste deriva de los esclavos del régimen salarial: «Decir que la división del trabajo y el intercambio descansan sobre la propiedad privada no es sino afirmar que el trabajo es la esencia de la propiedad privada…», pero: ¿de qué propiedad privada hablamos cuando más de cinco millones de argentinos no tienen trabajo?. Si la UCA informó en 2018 que el 49,5% de la masa económicamente activa se encuadraba dentro del denominado «trabajo informal»: ¿de qué propiedad privada hablamos si la mitad de la masa obrera se encuentra trabajando sin una mínima cobertura social?

La crisis económica acentuada por la pandemia, corrigió y aumentó las deplorables condiciones de subsistencia de los obreros que aún mantienen su puesto de trabajo. Suspensiones indiscriminadas, rebajas salariales injustificables, despidos y paralización práctica de la representación sindical. La CGT «arranca el lunes CGT sus contactos con el establishment y apura al Gobierno por un plan pospandemia», titula Ámbito Financiero en su edición online del dos de julio pasado. Pero ahora, ya, no pasa nada. Los trabajadores del transporte urbano de pasajeros, por citar sólo un ejemplo, trabajan en su mayoría sin las condiciones mínimas de higiene que exigen los protocolos sanitarios impuestos para prevenir el Covid-19, y los delegados consultados, que por obvias razones no dan sus nombres, están presionados por el gremio para «no protestar a los fines de preservar la estabilidad laboral».

Igual que en los albores de la revolución industrial o quizás peor, los trabajadores siguen obligados por el vértigo capitalista a negar su propia existencia, a reducir su propia naturaleza a una sombra limitada a satisfacer las necesidades económicas, morales y culturales de los capitostes que detentan la propiedad de los medios de producción. Para ellos sí existe la propiedad privada.

Recordemos a Marx y su insuperable exactitud para definir la enajenación pretérita y actual de la clase obrera: «el  trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en su trabajo, el  trabajador no se afirma, sino que se  niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y  arruina su espíritu. Por eso el trabajador  sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en  el trabajo fuera de sí. […] Su trabajo  no  es, así, voluntario, sino  forzado, trabajo  forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del  trabajo.[…] Si el producto del trabajo no pertenece al trabajador, si  es frente él un poder extraño, esto sólo es posible porque pertenece a otro hombre que no es el trabajador. Si su actividad es para él dolor, ha de ser goce y alegría vital de otro. Ni los dioses, ni la naturaleza, sino sólo el hombre mismo, puede ser este poder extraño sobre los hombres. […] La relación del trabajador con el trabajo engendra la relación de éste con el del capitalista o como quiera llamarse al patrono del trabajo. La propiedad privada es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia necesaria del trabajo enajenado…»

Ayer, arrumbados en las calles húmedas de Manchester, Bruselas o la periferia de Buenos Aires, distrayendo su cerebro y relajando sus huesos entre alcohol y desorden, o simplemente envueltos en la no menos dolorosa miseria del outsider condenado a lumpenizar su existencia más temprano que tarde. Hoy, en esta provincia latinoamericana sin timón, la situación no es mucho mejor. La periferia metropolitana es el escenario de la debacle social prohijada por la dominación económica y social de la fase superior del capitalismo: el Imperialismo y su becerro de oro, el dios mercado. Nadie para y nadie descansa, sufriendo, robando, trabajando en blanco, en negro o juntando cartón. No importa, el show tiene que continuar y la rueda no puede dejar de girar. Es la larga noche de los pobres y aunque nos esnifen la cabeza, como decía aquel poeta platense, «nada ni nadie nos puede parar.»

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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