Instantáneas de emergencia

Por: El Mujik

El vendedor de películas, series y músicas diversas, ahora procura también comercializar calcetines y, si se presenta la ocasión, claveles artificiales.

No es de los que se dejan atropellar por las adversidades. Uno más entre los muchos que se dedican a estos rubros callejeros de supervivencia, en el centro comercial de Morón. A diferencia de otros, ostenta una excelente esquina fija, justo frente a la plaza municipal. Antes se lo hallaba más bien desde última hora de la tarde hasta entrada la noche. Ahora, desde bastante más temprano.

Días atrás, noté estas nada sutiles modificaciones en su amplio puesto que abarca unos 3 metros de vereda a todo DVD y una otrora aceptable clientela. Ahora, ello se reduce a la mitad, y en la otra parte aparecieron: calcetines, y todo aquello que pueda vender en cada contingencia, desde claveles artificiales hasta ramitos de jazmines para fechas “adecuadas”.

Le pregunté cómo venían las ventas, mientras adquiría algún video prolijamente copiado con esta técnica tan universalizada de “gambetear lo no permitido”. Y el compatriota, que porta en un changuito de algún supermercado toda su “producción” a cuestas día a día, noche tras noche, sin preámbulos me respondió que “mal, antes la gente tenía más chance de darse un gustito y llevarse unas películas, algunas series, un poco de música para las casas”. Como corolario de ese efecto dominó donde siempre saltan al vacío los eternos “condenados de la tierra”, el vendedor ambulante busca alguna alternativa que pueda comercializar para “zafar” un poco menos mal. Calcetines. De variados motivos. “Es algo que siempre necesita la gente, más ahora que se viene la fresca”, se ilusiona pero hasta ahí nomás, “nadie gasta un mango de más, nos estamos cayendo y se hace cada vez más difícil pelearla. Además uno ya se cansa, vio?”.

El vendedor sueña con entibiarle los pies a los laburantes que están un escaloncito por encima suyo en la escala de ingreso monetario, y que esa tibieza se refleje en su propia vida y la de su familia en forma de una olla llena para disfrutar de otra tibieza: la del plato de comida cada noche.

Me retiré mascullando un amargor que por momentos se torna insoportable. Brota la violencia pero se frena, impotente de descargarla en algún lugar donde tenga cierto sentido. “Me duermo débil / sueño que soy fuerte / pero el futuro aguarda. Es un abismo / No me lo digan cuando me despierte”, rezaba el gran poeta.

No nos acostumbremos a convivir dentro de este “orden de las cosas”, que nos imponen tan seguido. Que no es ni orden, ni somos cosas.

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