Huelga, electoralismo y debacle social: una reflexión alrededor del paro del 29 de mayo.

Observar la contundencia del Paro General encabezado por la CGT el pasado 29 de Mayo es una manera de ver las cosas, absolutamente verídica, pero que aislada del contexto social en que se produjo la huelga se transforma en una abstracción. Fue un paro realmente masivo, garantizado por la adhesión de los gremios del transporte y con amplio acatamiento. Fue un paro político, toda manifestación de índole gremial lo es, el gremialismo es la herramienta política por excelencia de la clase obrera y el sindicato es su máxima expresión lo cual torna absurda la burda acusación que suele blandir el medio pelo cuando se producen este tipo de medidas: «es un paro político», esgrimen los reproductores de zonceras. «No lo es», contestan torpemente ciertos dirigentes sin desazonzar. Tal es el nivel de ciertas «discusiones».

Pero esta huelga estuvo rodeada de causas más importantes que meras disquisiciones de perogrullo. El empuje de las bases ante la destrucción constante todos los ámbitos que constituían su cotidianeidad es un factor que cada vez se hace sentir con más fuerza ante la habitual indiferencia de la burguesía y aún amplios sectores de la pequeña burguesía metropolitana, frente al reclamo popular por la indignante situación de pegarle piñas a la pared a escondidas por no poder poner un plato de comida en la mesa familiar.

En convergencia con este factor actuó la puja interna por la conducción de la CGT, el paro del 30 de abril motorizado por el Frente Sindical, las dos CTA y los Movimientos Sociales, el sector disidente de la UTA y un gran número de Regionales cegetistas, presionó al interior de la CGT a dirigentes que, aunque cooptados por las patronales en muchos casos, no quisieron quedar pegados al mote de blandos o funcionales al Régimen de Cambiemos. El Moyanismo acumula adeptos dentro de la CGT y su influencia, por ejemplo, en los enfrentamientos internos que viven la UTA, es indisimulable. Bajo qué condiciones y de qué manera será capaz de canalizar esa situación el Frente Sindical es una incógnita que por ahora resulta aventurado vislumbrar.

Y finalmente llegamos al tercer factor: la contienda electoral en ciernes. Si bien la definición de la fórmula Fernández-Fernández alineó a gran parte del sindicalismo peronista, otros actores del mundo sindical siguen sus habituales e interesados cabildeos en la búsqueda de aquel dirigente que le asegure un mejor puesto. O al menos no perder el que ya posee. A ver si todavía a algún candidato atrevido se le ocurre el delirio «zurdo» de garantizar la democracia sindical…

De lo que no hay dudas es que el Movimiento Obrero tiene que tener un rol clave y definitivamente influyente en el próximo gobierno como garante teórico y práctico de un programa, que casi nadie enumera, de liberación nacional.

Por ahora la agenda del sistema impone hablar de electoralismo a secas, sin mas contenido que el marketing, y el mainstream dirigencial le obedece a pie juntillas cooperando a que los tiempos tiranos de lo urgente se impongan a la racionalidad de lo importante. La cuestión nacional, es decir el interés imperioso del pueblo argentino en dejar de ser perro y no seguir cambiando de collar, reposa sin descansar en fórmulas, alianzas, fierros y trenzas que hacen de la táctica una delicia para las adoratrices de las agendas sistémicas, mientras revuelcan a la estrategia en el fango pestilente del olvido. Sobre la evidencia de lo imprescindible que resulta sacarse de encima al régimen colonial de Cambiemos en Octubre próximo, los políticos profesionales han montado un espectáculo monstruoso en el cuál la política, según parece, ha de ser inmovilizada, desprovista de toda dinámica y reducida al triste de papel de comparsa posmoderna en la cual ellos bailan mientras el pueblo observa sin poder colegir qué van a hacer con él mientras explota de hambre y junta hartazgo.

Todas las fórmulas hacen lo imposible para evitar hablar de soberanía, de nacionalizar la banca, de arrebatarles a los personeros del régimen los servicios públicos, de nacionalizar el comercio exterior, de pleno empleo. Todos están muy ocupados en mostrar la sonrisa naif del keynesianismo rosita, de buenos modales, aquel del «diálogo», el que no confronta, el que quiere empacharse de churrascos pero le tiemblan las manitos para agarrar el cuchillo cachicuerno y matar a la vaca. Y entonces el programa, la verdadera noción estratégica, se licúa. Porque queda mal hablar de la Patria, de la identidad popular, de las luchas sociales bicentenarias que nos trajeron hasta acá siendo esto que somos y porque es una mersada comparada con la necesidad boutiquera de «aggiornarse» y amoldarse a los designios del coaching.

Nada más lejos de la realidad de los hombres y mujeres de a pie que construyen Argentina todos los días, con todas las dificultades a cuestas. A pesar de los latigazos del sistema y los que hacen la vista gorda en nombre de la democracia occidental. El tiempo de las definiciones se aproxima, veremos cómo se resuelve la dialéctica social en el plano nacional dentro de la cual, por lo visto hasta el momento, hay un sólo sujeto político y social a la altura de las circunstancias: el pueblo argentino.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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