Híper-urbanas: Dos episodios al precio de uno, viajando en el subte A

Subo en estación Flores, rumbo a Lima, en total normalidad. Al fin de cuentas, uno no pediría otra cosa más allá de lo rutinario y carente de sobresaltos…

Viajo parado, pero no incómodo. Dentro de todo, es un horario «amigable» en sentido a Plaza de Mayo.

En estación Acoyte suben varias personas. Dos hombres con típica presencia de laburantes, bolsito de laburantes, mameluco de laburantes, manos de laburantes. Se acomodan cerca mío.

De inmediato, dos jóvenes de veintitantos, suben y nos empujan un poco, uno en apariencia hace gestos como de haberse olvidado algo, y bajan rápidamente.

Uno de los hombres anteriormente señalados, observa con sorpresa la acción, y mientras la puerta se va cerrando, y ese par de pibes ya atraviesan los molinetes con total tranquilidad, el laburante se percata que le acaban de robar su celular, que llevaba en un bolsillo de su campera.

El subte sigue su curso, conversamos un poco, el hombre se resigna y su semblante suma una arruga más a esa piel curtida por los esfuerzos, y probablemente, un cúmulo de angustias no solo individuales, sino ocasionadas tras tantos desarreglos estructurales a escala general.

En verdad me conmueve verlo. Me dice «resignarse es una mierda, pero es el único camino que nos queda».

Le ofrezco un caramelo. Lo acepta con una tenue pero profundisima sonrisa.

En simultáneo, en estación Miserere sube un joven no vidente. Junto a la puerta, otro par de jóvenes viajan sentados, ven a quien acaba de subir, y se hacen los estúpidos, para no darle el asiento.

Otro pasajero, adulto, debe intervenir y exigirles, a viva voz, que cedan un asiento.

Amagan enojarse, pero presienten un pésimo clima a su alrededor. Y uno afloja y cede su asiento, de mala gana.

Antes de bajarme, le doy un par de consejos a mi compañero de infortunio ocasional, nos damos la mano, y nos deseamos buena suerte para lo que nos toca enfrentar.

Los postergados de siempre, que se hermanan sin resquemores, capaces de confraternizar aunque luego jamás vuelvan a verse.

En 30 minutos de viaje, varias elecciones de vida disimiles, claramente en pugna, y con la ineludible sensación…. de estar en riesgo permanente.

Daniel Chaves
dafachaves@gmail.com