Herida, hambrienta y encadenada

Tal el estado en que deja el Régimen de Cambiemos a la clase obrera argentina. Se podría alegar que, dado el triunfo de la fórmula que pudo darse el movimiento nacional, las alianzas políticas que movilizaron ese triunfo y ante los amagues de unidad por parte de la CTA y la CGT, la clase obrera llega al fin de estos cuatro años de oprobio más o menos unida, lo cual es en parte cierto si incorporamos al análisis la conformación y el desarrollo de la Corriente Federal de los Trabajadores y su posterior articulación con el moyanismo en el Frente Sindical para el Modelo Nacional. Pero esta es sólo una arista de la cuestión, estratégica por cierto, pero sólo una arista. Los acuerdos superestructurales estratégicos se constituyen un deber ineludible, dadas las condiciones paupérrimas de supervivencia a las que fue reducida la clase obrera, por las políticas antinacionales del saliente gobierno oligárquico y también por el oportunismo y el derrotismo de una CGT que en los últimos cuatro años escribió buenos documentos pero cristalizó pocas acciones.

No vamos a enumerar aquí las desdichas que el status quo le tiró por la cabeza a los trabajadores, que están a la vista de quien quiera observarlas y analizarlas sociológicamente, ideológicamente o como prefieran, dejémosle eso a los letrados y capacitados, pero sí vamos a intentar poner a la clase obrera en el rol histórico que realmente le pertenece, y que hoy intentan hacernos creer que es prioritario de los políticos profesionales: el de sujeto revolucionario. El sujeto revolucionario llamado a formarse y organizarse para ser simiente de la alianza política y social con el resto de las clases subalternas oprimidas por la juntada oligárquico imperialista, el que representa mejor que nadie sus propios intereses porque como dijo Raimundo Ongaro; «aunque jurídicamente, a través de un edificio, un sello o una personería gremial […] parezca que hay una CGT donde se reúnen dirigentes, ello no justifica que ahí esté representada la voluntad de la mayoría de los trabajadores argentinos, por lo tanto la CGT puede estar dentro o fuera de un edificio, puede estar dentro de una cárcel o dentro de una conciencia.» Esta cita de Ongaro sintetiza la certeza de que el movimiento obrero organizado no vive en una sigla, un frente electoral o tres dirigentes ocasionales: vive en la enajenación que sufren los trabajadores de a pie y he ahí el desafío por ahora incumplido de las cúpulas sindicales y políticas.

La necesidad de la reunificación de las centrales sindicales es innegable, pero deben hacerse bajo férreos acuerdos programáticos que tengan como horizonte la modificación del régimen de propiedad y su participación en el del movimiento obrero, la acumulación de capital nacional, la consecuente ruptura de las cadenas que nos atan a la dominación imperialista y la unidad latinoamericana. Lo mismo vale para el Frente de Todos y su triunfo pírrico en las pasadas elecciones; o transitan el camino de la Patria emancipada o se enfrentan a la posibilidad concreta de generar un vacío de poder absoluto que le abra las puertas a experiencias reaccionarias emergentes de algún Bolsonaro criollo cómo Espert o Gómez Centurión. La experiencia del segundo gobierno de Rousseff en Brasil y cómo su derrotero derivó en el fortalecimiento de los sectores antinacionales, su impeachment y la posterior aparición de Bolsonaro debe ser incorporado como un aprendizaje por el Dr. Fernández.

Pero volviendo a los trabajadores y las estructuras que los contienen, la renovación de la conducción cegetista que se impone ante la defección evidente, sobre todo en los primeros tres años del gobierno macrista, del doble comando Daer-Acuña debe contar con una participación más contundente de las bases, tender a garantizar la plena democracia sindical y recomenzar un proceso de formación política y político-práctica de la clase obrera que genere los cuadros necesarios para enfrentar las luchas por venir. La situación es límite, los obreros de Manchester que dormían hacinados, hambrientos y reventados en los suburbios de la metrópoli hoy continúan de la misma manera en la periferia de las capitales coloniales y semicoloniales, aquí en el Conurbano bonaerense o en los algodonales chaqueños.

Ya hubo un alarido que tronó con fuerza el 11 de Agosto pasado, un alarido de hambre y de dolor. Ahora son los dirigentes los que tienen la adarga al brazo, el poder formal, el poder posible y la Patria a su izquierda y la Colonia a su derecha. Mientras tanto, el sendero patriótico de los trabajadores vive en su memoria colectiva, en sus luchas y sus programas históricos. Hoy está herido, hambriento y encadenado pero no muerto, y retomando los caminos de la Patria, será sólo cuestión de tiempo para verla de pie, unida y liberada.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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