Hacia una rehumanización en la producción y acceso de los alimentos desde la recreación de vínculos equitativos y sustentables en y con la naturaleza

Asistimos a una profunda crisis de la soberanía alimentaria, tomada en sus cuatro dimensiones: la producción real de alimentos, la calidad intrínseca de los mismos, el acceso equitativo y su continuidad en tiempo.  Esta situación crítica se relaciona no solo con la relación establecida con los bienes comunes naturales, sino con el vínculo construido con el resto de los seres vivos, ambas relacionadas con una escisión de los seres humanos de la propia naturaleza , la mercantilización de la vida y la pérdida de integralidad al interior del individuo como ser comunitario. En este sentido, el sistema agroalimentario argentino se halla enmarcado en una serie de procesos convergentes y envolventes que han transformado, y lo siguen haciendo, las fases de producción, transformación, comercialización y consumo. Es así como la extranjerización de las empresas, la concentración de éstas y el auge de la denominada Agricultura de Contrato, en la cual las empresas establecen pautas de producción con los productores,  han incidido en los modos de producción de alimentos y en nuestras formas de alimentación.

Respecto a la fase de producción, se registra en todo el país un proceso de agriculturización y dentro de éste, un avance de los monocultivos, que son insustentables. Se define a la sustentabilidad como la capacidad de un agroecosistema de mantener la producción a lo largo del tiempo, de la misma manera que la resiliencia es la capacidad de un sistema de sobreponerse frente a presiones de tipo económico, ecológico y ambiental.  En la actualidad, ambas se ven severamente afectadas por las producciones de monocultivos. Los monocultivos son insustentables dado que no  pueden reproducir las condiciones de existencia, de allí que requieran de la aplicación continua, y creciente de fertilizantes para paliar el déficit de nutrientes, y de plaguicidas para incidir en la dinámica de población de los insectos, hongos y plantas silvestres.

Esta expansión en los monocultivos y el uso de insumos sintéticos es determinante en la producción de gases de efecto invernadero relacionados con el cambio climático. En efecto, el modo de producción agrario vigente aparece como una de las causas del cambio climático, y a la vez recibe sus consecuencias. Por ejemplo, las lluvias se han vuelto difíciles de predecir, han cambiado su intensidad, se han tornado más fuertes, y disminuido su periodicidad, lo cual afecta a los sistemas naturales y a los agroecosistemas, haciendo más impredecible las posibilidades de siembra y cosecha. En el mismo sentido, al disminuir la intensidad y el período con heladas, se alteran los ciclos de vida y reproducción de algunos insectos perjudiciales, incrementando tanto el número de generaciones en el año como las posibilidades de supervivencia en el invierno. Ante esta situación, por lo general se escoge la estrategia de utilizar más plaguicidas, reforzando el ciclo de dependencia hacia los insumos y fortaleciendo el cambio climático.

Respecto al acceso a los alimentos, las políticas públicas en el ámbito nacional  o provincial  despegadas en conjunto con el sector privado, la apertura de la economía argentina, junto a las innovaciones tecnológicas producidas y adoptadas, produjeron cambios notables en las cadenas productivas que integran las regiones Pampeanas y no Pampeanas. Se vislumbran cambios en los sistemas de producción, en los cultivos y en las formas de organización de la producción. Respecto al acceso a los alimentos, es una dimensión que posee varias aristas. Si el lugar por excelencia donde adquirimos los alimentos es el mercado, entonces las reglas que regulan las transacciones del mercado también regularán la oferta y demanda de nuestra comida. El acceso a los alimentos determina, por un lado, la existencia de sistemas de distribución que  puedan llevar los productos obtenidos de los lugares de producción  a los centros de consumo, la presencia de centros de acopio y sobremanera, para los consumidores, contar con los recursos monetarios para poder adquirirlos. Entonces es el mercado, como construcción humana, quien decide qué comeremos, cómo comeremos y cuál es el costo.

Quienes no poseen el dinero para acceder a los alimentos, en ausencia de otras instancias de encuentro con los productores, determinará su marginación del mercado y la búsqueda de otras alternativas que rara vez pasan por el autoabastecimiento alimentario, por lo general se basan en la asistencia alimentaria a través de planes gubernamentales.

Como ya fue manifestado, en el planteamiento de los agroecosistemas, determinación de las estrategias y selección y adopción de las tecnologías, subyace una cosmovisión, un visón particular respecto de la inclusión de los seres humanos en el ambiente como de la relación establecida con los bienes comunes naturales y con el resto de los seres humanos.

En relación a los cambios en la cosmovisión de los seres humanos respecto a su inclusión en el ambiente, es posible afirmar que se produce un proceso acelerado de escisión. En este caso, pareciera que desde una visión inclusiva, sin caer en idealismo  de que siempre los seres humanos nos vinculamos de manera armónica y respetuosa con el medio al cual pertenecemos, que marcaba cierto respeto a los ciclos y relaciones naturales, se pasa a una relación instrumental en la cual se juzga posible pasar de las relaciones circulares a flujos lineales de extracción – producción, consumo y desecho. En este caso, los bienes comunes naturales se han transformado en recursos naturales, los cuales pareciera que se pueden extraer sin atender a la capacidad de reproducción o verter, en ellos, desechos sin cuantificar su capacidad de absorción. Deberíamos repensar nuestra posición en la biosfera desde una mirada biocéntrica que contemple a todos los seres vivos, incluso a aquellas generaciones de seres humanos que aún no están entre nosotros, aspecto que implica que no pueden expresar sus pautas, necesidades y valores, pero por quienes, o a cuenta de, estamos tomando decisiones. La posibilidad de que nos concibamos, o no,  imbricados en y con la naturaleza está relacionada con diferentes variables y sentidos dependiente de las culturas, prácticas y estilos de vida.

Los problemas y conflictos ambientales son intrínsecos al modelo de extracción – producción – consumo y descarte vigentes, en el cual los bienes comunes naturales son considerados recursos y, como tal, se los incluye en el circuito económico sin prestar atención a la compatibilidad entre las tasas de extracción y de renovación o recuperación de dichos bienes.

En este sentido, se evidencia una naturalización de los problemas ambientales en la cual diferentes actores participantes del campo de acciones, a partir de su capital e intereses, plantean estrategias de operación a fin de mejorar su posición.

Se hace necesario recuperar, enriquecer, “viralizar” una dimensión espiritual donde buscamos la armonía, el respeto por toda forma de vida, el sentido de plenitud, la noción de trascendencia a partir de la integración a la naturaleza y relación armónica con el resto de los seres vivos.

Javier Souza Casadinho
javier@huellas-suburbanas.info