Grandes batallas en fascículos coleccionables

Somos parte de un territorio ferozmente en disputa. Confrontación histórica e irresuelta que muestra a un sector reducido de personas, portadores de la inmensa mayoría de los recursos financieros, mediáticos, judiciales y productivos que existen al interior del país. Por el otro bando, a trazo grueso y omitiendo veleidades y oportunismos de ocasión, el amplio componente del pueblo trabajador y las fuerzas políticas de raíz nacional popular que se han podido construir hasta la fecha.

La disputa, lo sabemos, es desigual in extremis, pero la balanza final nunca termina de volcarse por completo hacia uno de dichos bandos en pugna. A los primeros les sigue faltando la capacidad de persuasión –no de engaño, que para eso son maestros- para convencer a las grandes mayorías de las supuestas bonanzas de su proyecto de país. A los segundos, les alcanza con lo justo y necesario para seguir persuadiendo, pero su relación con los poderes fácticos es cada vez tanto más débil, que la única forma real para empardar el permanente combate por el sentido y por el control temporal (ya ni hablar en términos de hegemonía) del proyecto para nuestro país, implica la pérdida de decenas de miles de vidas humanas ante cada avance neoconservador.

Unos ponen los golpes y las acciones destituyentes, sin excepción. Los otros ponen la fe militante, la razón en sus propósitos… y la sangre derramada. Es una fórmula que carece de gracia. No puede tenerla.

Luego, claro, vienen las imprescindibles negociaciones con Frankenstein y el Arcángel Gabriel; así es la vida. Si bien a buena parte del público lector podrá resultarle bastante cansador que todo el tiempo –a quien le quepa el sayo…- pretendan quedar bien con todo el mundo, aún a sabiendas de que hay límites que no se deben cruzar.

En medio de este recurrente marco de situación, el presidente de la Nación, Alberto Fernández, dio por iniciadas las sesiones legislativas el pasado 1º de marzo. Allí trazó un entusiasta plan de gobierno para el resto del 2020, omitió comunicar en toda su crudeza el desfalco financiero e institucional –con sus dramáticas secuelas sociales y humanitarias- que dejó la gestión liderada por el escurridizo Mauricio Macri, y apeló con su emotiva retórica, que dicho y sea de paso, logra emocionar a propios y extraños, a fortalecer la confianza en el valor de la palabra. Una palabra justa, de bella prosa pero sin los excesivos ribetes de exuberancia y apasionamiento que le conocimos al kirchnerismo años atrás. Sucede que la población, muy mayoritaria sin dudas, no toleraría algo de aquel estilo en la etapa presente. Por eso Cristina es Cristina, y Alberto es Presidente.

Palabras que necesariamente deben coronarse en hechos

La búsqueda por reparar lo antes posible el drama de millones de compatriotas expulsados del “paraíso” del sistema capitalista y sus mieles fruto del extractivismo y perfil agroexportador al estilo argento, traerá en breve un inconveniente acaso de proporciones, con considerables franjas de las clases medias, poco propensas –y al fin de cuentas, en parte con la razón en sus reclamos- a esperar muchos meses más por la recuperación salarial para dicho sector.

Esa llamita la aviva con infinita paciencia e insistencia la oposición multimediática, en su intento de pegar debajo de la línea de flotación del Frente de Todos. Ahí, el bloque actualmente gobernante y en ejercicio del poder político formal, tendrá una pulseada intensa, de la cual no sólo se sale con positivas políticas inclusivas y de redistribución prudente de los ingresos a favor de los más postergados, sino esencialmente con aumentos jubilatorios contundentes a partir del mes de junio, una ingeniería complejísima pero que pueda rendir rápidos resultados en materia de generación de empleo dignamente remunerado – especialmente para la población joven- y una resolución favorable de las batallas existentes contra el empresariado agroexportador, en simultáneo con las negociaciones para pagar la deuda externa, odiosa y seguramente fraudulenta en su mayoría, que una vez más saldaremos con recursos propios y sin hacerle sentir en toda su dimensión el costo de tamaño saqueo a quienes generaron y se beneficiaron del mismo.

Como en una antigua revista de historietas de aquellas que se entregaban por fascículos coleccionables, y a las cuales el público lector infantil aguardaba ansioso hasta la siguiente quincena o mes para continuar deleitándose con la saga de sus héroes, y las artimañas de los villanos –casi siempre más sofisticados y hasta inteligentes que los “buenos”- iremos acostumbrándonos, guste o no, al gradualismo que exige el perfil demócrata moderado del gobierno nacional. Que cuenta con un importante aval popular, esperanzado ya no con grandes promesas o retóricas tributarias de las grandes épicas, sino con prudentes y sostenidas realizaciones, una a una, con tal de superar el estrés colectivo que generó la “era del terror” versión siglo XXI, que fueron los 4 años de gestión Cambiemos en nuestro país.

Los próximos meses expondrán cómo avanza esa correlación de fuerzas, y si una firme posición basada en la moderación con búsqueda de consensos –incluso hasta con quienes no desean acordar con el actual gobierno – resultan suficientes para volcar, sólo temporalmente, la disputa a favor del crecimiento integral de los sectores populares y el conjunto de la clase trabajadora.

Daniel Chaves
Daniel Chaves
dafachaves@gmail.com