Golpe de estado en Bolivia: la oscuridad del Imperio

Una de las tantas convenciones universales que modelan la tragedia social de esta época define a las situaciones de derrota, de escape, de abatimiento, como lugares donde «habría que» saber perder sin inmutarse, sin cuestionar las artimañas ni el rol de la justicia, inclinarse ante el vencedor en señal de sumisión. Lo que pasa en Bolivia es una ruptura de esta convención. Evo Morales renuncia acorralado por las fuerzas imperiales de la conquista pero no se somete, denuncia el golpe de Estado y apunta a su cabeza, habla de lucha, habla de continuación, de un horizonte.

Mientras queman la casa de su hermana, mientras la prensa es intervenida, mientras sus funcionarios son violentados y sus partidarios reprimidos y torturados, Evo se corre del centro para defenderlos, los pone por delante suyo, y habla de seguir luchando. No se esperaba menos del líder popular más idóneo de la última década y media, Evo Morales interrumpe su legítimo mandato dejando a Bolivia con una tasa de desocupación del 4%, sólo por debajo de México y EEUU, con un índice de inflación del 1,7%, el tercer país con menor inflación, sólo superado por Ecuador y EEUU y con la mayor proyección de crecimiento del PBI para 2019 en toda América con el 3,9%. Y entonces se entiende mejor de qué estamos hablando.

Es la lógica del Imperio. ¿Cómo permitir que un puñado de indígenas del Alto Perú sean los dueños de su propia riqueza frente a la faz del Imperio? El estaño, el oro, el cobre. La rica minería boliviana transformó a Evo ante los ojos de la opinión pública y el sentido común general en un nuevo Solano López, en otro Atila Americano a quien es pertinente destruir para que no siga con su dictadura, con su desarrollo. No hizo falta lawfare en Bolivia: como en un remedo fatal de las primaveras árabes, el establishment financió un títere que monigoteé cómo un pseudo-líder, la siempre oligárquica y secesionista Santa Cruz sirvió de base de operaciones junto con Beni, Pando, los cuarteles de policía y la Embajada Norteamericana y el teatro de operaciones quedó conformado. Y la OEA, por supuesto, ese otro aguantadero yanki que vino a decir que «hubo irregularidades» en el proceso electoral boliviano, pero que se calla ante la represión y las torturas del siniestro Piñera.

Urge a los gobiernos latinoamericanos, si es que desean seguir un camino de liberación, abandonar la OEA y revivir la CELAC. Salir de la camisa de fuerza colonial y recrear sus propias instancias, sus propias reglas para sus propios intereses.

No son épocas claras, el Imperialismo no se llena con lo que pueda brindarle el Capitalismo materialmente y presiona cada vez más fuerte sobre la periferia, las colonias y las semicolonias. Prescinde del siempre molesto y peligroso proletariado, sea este urbano o rural. Necesita esclavos, necesita sometidos, necesita muertos.

Son tiempos de organización y resistencia. Es EL tiempo. Ojalá los pueblos estemos a la altura.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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