Electoralismo e identidad: en busca de un eje para la unidad nacional

El fuego que hoy consume la vida de millones de argentinos no conoce de tiempos, arde conforme al combustible que lo alimenta. Desde arriba ya sabemos quién lo arroja, no vamos a describir aquí al Imperialismo y a sus personeros, pero la cuestión central para quienes militan el campo popular son los que le alcanzan los bidones de nafta que nos incineran; aquellos políticos que fungen de nacionales para el slogan de campaña mientras por acción u omisión permiten que el entramado de depredación macrista siga funcionando.

No hace falta más que observar el panorama político para notar el desdén con el cual amplios sectores de la dirigencia “nacional” están abocados a cuidar la gobernabilidad y sus intereses sectoriales, mientras procuran asegurarse un lugar en alguna lista a despecho de la realidad sufriente del pueblo que dicen representar.

La rosca y la campaña electoral se están comiendo la realidad de millones de argentinos, en el plano sindical la CGT continúa su verano apacible después de haber firmado tablas con el gobierno a fines del año pasado, a cambio de un bono irrisorio que ni siquiera cobraron todos los gremios, lanzando cada tanto “rechazos contundentes” a la política económica macrista y amenazas de algún Paro General para “dentro de unos meses”. Pero los despidos son hoy, los gremios pierden afiliados hoy, los ya millones de desocupados son aquí y ahora. La oligarquía destruye la vida de los trabajadores en directo mientras la CGT vive en diferido. Pero para la campaña si hay tiempo; Acuña sale a postular a Massa, Barrionuevo y los “gordos” buscan consenso alrededor de Lavagna y Daer está demasiado ocupado con su rol cómo trebejo orgánico dentro del PJ, cómo para interesarse por desocupados, cierres de plantas y esas cosas raras que les pasan a sus representados. En fin. Nobleza obliga, una mención aparte la merecen los gremios agrupados en el Frente Sindical para el Modelo Nacional que acaudilla el moyanismo: organización popular desde el eje gremial, presencia permanente en las calles y tránsito consecuente hacia un programa de liberación nacional sin hacer de la “unidad del campo nacional” un fetiche, sino fortaleciéndola desde la deriva de su propia experiencia; no son atributos de los que muchos políticos o agrupaciones puedan hacer gala en este momento.

En el plano político, en cada distrito y en cada provincia se repite el mismo comportamiento dirigencial: a caballo de la necesidad imperiosa de unificar a las fuerzas nacionales bajo un paraguas lo más amplio posible, el peronismo, como lamentablemente también sucedió en 2017, confunde la interna del movimiento nacional con su propia interna. No está de más recordar que el peronismo es la fuerza mayoritaria dentro del movimiento nacional, pero no es el movimiento nacional en sí mismo, que fue la expresión política del nacionalismo revolucionario que se impuso a la infamia oligárquica: Estado empresario, unidad latinoamericana, soberanía política, justicia social en un movimiento policlasista que, naturalmente, lo excedía, lo excede y lo seguirá excediendo. Comprender esta cuestión es fundamental para entender porqué el peronismo constituyó, como las montoneras federales o el yrigoyenismo en su momento, la expresión identitaria del pueblo argentino, un alarido postergado del que ya casi ninguno de sus dirigentes parece recordar su programa, del que pocos enarbolan sus banderas históricas y muchos menos las hacen carne en la praxis política.

Es necesario conseguir lo más rápido posible la unidad de todas las fuerzas nacionales, entre ellas el peronismo y si es que éste está dispuesto a volver a retomar la senda del nacionalismo revolucionario. El movimiento nacional tiene que proponerle a su pueblo una Patria, un Estado propio, la reconquista de su identidad, plebeya y heroica, dinámica, obrera y popular.

Sin embargo, mientras tanto y a la vista de todos, el peronismo se debate entre verse reducido al desarrollismo kirchnerista y su sueño frigerista de soberanía política sin independencia económica o bien al oportunismo massista y pichettista guionado por la Embajada. La chicana y la rosca están a la orden del día, los cabildeos y la ilusión no les van en zaga, pero de unidad, concretamente, nada por ahora.

En este contexto, la unidad del campo nacional ha sido convertida en un mero ejercicio retórico totalmente alejado de las necesidades de su pueblo. El marketing de campaña sin programa de liberación, configura ante el hambre y la miseria la otra cara de un mismo sistema de opresión, la profundización de la destrucción del Estado argentino por el poder financiero que el Régimen Macrista ha venido llevando a cabo a lo largo de su interminable gobierno, ese callo fangoso en el que la oligarquía hizo encallar el futuro de ésta generación y de, al menos, las dos que se vienen inmediatamente.

Son épocas tristes, de mucho desahucio, de mucha muerte y sin embargo la tristeza y el derrotismo no son estados que el pueblo argentino pueda permitirse si la Patria está en peligro. La entereza de los obreros que resisten en la fábrica o en el barrio no está en discusión. Tampoco se trata de idealizar a la clase trabajadora, pero sí de recordar a través de ella y de sus luchas que si cada necesidad representa un derecho, todo programa revolucionario que se precie de tal tiene por obligación contenerlos y ampliarlos. La mecha está encendida y solamente tiene dos lados: quedará en cada dirigente decidir de qué lado va estar cuando estalle.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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