El pueblo de la Revolución

A propósito del 17 de Octubre – Arturo Jauretche

El Aventino este, era escarpado como el monte aquel. No áspera roca ni verde colina, sino alta gradería de cemento o de madera; la herradura de Núñez o el círculo cerrado de “la bombonera”, el “gasómetro” o cualquier otro.
Allí estaba la multitud retirada del foro, de la plaza pública y de la farsa del comicio. Y como no encontraba héroes nuevos, y los viejos la habían defraudado, los buscó entre los veintidós muchachos atléticos que allá abajo, en el verde de la cancha, cumplían su consigna poniendo toda la pasión en hacer su quehacer, de manera eficaz y completa.
Eran tiempos “falaces y descreídos” en el gobierno y abajo, tiempos de cálculo pequeño, con banderines de cantina y posturas de compromiso. No había en la política en qué creer y la necesidad de fe buscó otros derroteros y fue así que los héroes del deporte fueron los “Héroes”.
En la angustia desesperada de los que buscaban la regeneración del país, se empezó a descreer en el pueblo, y hubo momento en que las voces clamantes del desierto parecían apagarse ganadas por un escepticismo angustiado que hacía paralelo al escepticismo gozoso de los que mandaban.
Y, sin embargo, esto tenía que ser así. Así ha sido siempre en la historia. En el espacio de tiempo que media entre una fe que muere, y una fe que nace, la frivolidad pone su imperio. Los viejos altares se van apagando y los nuevos tienen solo una llamita incipiente, que no alumbra aún el camino de las oscuras catacumbas donde fermenta el futuro.
Frívolas fueron en París las vísperas del 89. Frívolas en Petrogrado las vísperas del 17. María Antonieta jugaba a los pastores en Versailles, cuando alguien en los suburbios de París, afilaba guillotinas. Y en la corte del Zar nadie presentía tras las barbas de Rasputín, el rostro lampiño de los adolescentes de la marinería de Kronstand.
Aquí también la multitud se puso de pronto en movimiento. Comenzó a mirar hacia otro lado que el verde de las canchas, cuando en la mañana del 4 de junio vio avanzar, por Blandengues al centro, la columna militar. Y fue mirando, mirando, y creyendo, creyendo. El 17 de octubre ya tenía una fe y se volcó en la calle, a la carrera. Como si bajara los tablones y los escalones de cemento. Y porque ya tenía una fe, se quedó en la calle de guardia al lado del “héroe”, que acababa de encontrar. Y sigue estando en la calle, rumorosa en el mitin, silenciosa en el sufragio, pero siempre al lado de la fe encontrada.

Es el Pueblo de la Revolución que ha vuelto al foro y que hoy estará presente en la Plaza de la República.

Pueblo de la Revolución. ¡Salud!
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