El pogo más grande del mundo

«…y Jesús dijo me voy, de táctica ya no hablo pero un consejo les doy: la pelota siempre al diez…» Juan Fernández Betancor. ¿Qué es Dios?”.

 Dos mil veinte. El año que inició (lo que las castas que gobiernan este mundo pretenden que sea) el proceso final de transformación de la vida y la libertad en un oxímoron. Una cosa imposible de realizar en conjunto. Si estás vivo, no estás libre. Si estás vivo es para dejar la piel, la columna y los dientes en los altares del trabajo enajenado. Si estás vivo es para exponerte a los virus, la radiación o la contaminación ambiental que deriva del «progreso» del modelo social purulento que creó el Capitalismo. Por supuesto, no se puede construir un mundo en el cual el conjunto de la población se constituya de ingenieros, sociólogos, abogados, narcos, concejales, ministros o tratantes de blancas; es la vanagloria de este sistema, adonde debería llevarnos la meritocracia, aunque Los Pumas se queden sin mucamas.

Pero tampoco podemos vivir todos con dignidad. Alguien tiene que tomar agua con sarro y gozar de los gusanos que las zanjas y la falta de cloacas hacen crecer en los estómagos menos bienaventurados. Es el averno de las almas puras, el cadalso de los esclavos. ¿Y qué nos queda?, ¿A quién darle la pelota?, ¿Quién cantará tanto dolor y tanta sonrisa?, ¿En qué pogo exorcizar nuestros tiernos demonios? Sí, el Diez decidió guardar su cruz en el botinero para marcharse y unificó sus estados en un omnipotente pensamiento hermoso, una catedral de arte popular que voló tan alto, gambeteando hasta llegar a cubrir los cielos de los dos hemisferios alumbrando a su pueblo. Pelusa. Vaya si dolió. Sí, el trovador viajó a probar el eterno retorno nietzscheano de su «Volver a volver», empecinado en alimentar todo lo que recordamos para ser y torpedear todo lo que la canalla es y olvida, mientras nos chirlea los dedos para impedirnos salir del pozo. Detenido y andando, Gabo y más penas de amor.

Y si el malón del Indio ya no se faja entre martinis y tafiroles, entre su paso a la virtualidad y la dulce violencia negra del escenario pasó toda una vida, una pandemia y el alud mediático clasista del nuevo rock dócil y bien posado. ¿Y políticamente? El histórico movimiento popular políticamente enfrentado a la oligarquía bonaerense y portuaria; ¿Qué tiene para ofrecerle a sus bases? Si el programa patriótico del nacionalismo revolucionario casi que podría decirse que es mala palabra para ciertos dirigentes, más preocupados por sostener la imagen de la democracia blanquita del alfonsinismo, que en ver la manera de profundizar la soberanía a partir de la organización popular. La justicia social se transformó en inclusión y perdió su peso revolucionario, al mismo tiempo que el desempleo minaba la fuerza y la calidad de la organización sindical, ya debilitada por la cariocinesis de una dirigencia gorda, harta, cansada y decidida a archivar para siempre los sueños de Huerta Grande y La Falda. Honrosas excepciones han sido un Amichetti o el Frente Sindical moyanista, pero dos bueyes no hacen a una yunta.

Y al fin y al cabo, quizás, si lo pensamos bien, lo mejor que nos deja este año que se va es que no quedará más que renacer. Recomenzar a partir de nuestra estupidez y la costumbre pagana de celebrar la fealdad y la ilusión. Desde el barro y la mierda, puede ser, pero de todos modos será necesario volver a volver. No habrá mucho más, pero tampoco habrá jamás crepitaciones suficientes para impedir ver brillar esos labios. Y el trovador cantará. Y el Diez bailará. El barro villero y barrilete de Cristo. Sin cruces. Nunca más. En el pogo más grande del mundo.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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