El federalismo doctrinario y latinoamericano de Manuel Dorrego

Por: Maximiliano Molocznik

Historiador. Integrante del Centro de Estudios

Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”.

Manuel Dorrego era un hombre desprendido, leal, sarcástico, iracundo y apasionado. Como muchos jóvenes de su generación fue ganado por los fastos de la revolución. Fue su carácter volcánico el que le generaría más problemas. Dueño de una honestidad brutal, no dudaba en apostrofar a quien fuera, incluidos sus superiores, cuando veía que se cometían errores de táctica militar.

Junto con José de San Martín pertenecían a la logia de los “Caballeros Racionales”, compartían las retóricas emancipatorias, los horizontes igualitaristas y, sobre todo, el proyecto de poder de la logia. Es muy verosímil, entonces, la idea de que el destierro de Dorrego haya tenido más que ver con razones disciplinarias internas de la logia que con cuestiones de disciplina militar.

El 15 de noviembre de 1816, Juan Martín de Pueyrredón firma su destierro y pese a que el Congreso de Tucumán se opone, el 20 de ese mismo mes, Dorrego es deportado en un barco a las Antillas. Lo llevan, luego, a los Estados Unidos, donde toma contacto con Domingo French y otros morenistas -también exiliados por Pueyrredón- y se nutre de las lecturas de los teóricos del federalismo norteamericano.

La idea de libertad vinculada a la de una sociedad igualitaria, el respeto a la ley y a sus autoridades y la importancia del periodismo como difusor de ideas y arma de ataque serán las principales enseñanzas por él recogidas en su exilio. Enterado de la caída de Pueyrredón, regresa el 6 de abril de 1820.

Convencido de la necesidad de colaborar con el proyecto de la unidad continental viaja -munido de una carta del Deán Funes- a entrevistarse con Simón Bolívar en 1825. Dorrego le promete a Bolívar que, con el apoyo de los caudillos del interior, luchará por hacer fracasar las tentativas unitarias de una constitución centralista. Los unitarios de ayer y los historiadores mitristas de hoy, lo acusan por esto de traición a la patria y de querer entregarle el país a Bolívar.

El 13 de febrero de 1826 será electo diputado nacional por la provincia de Santiago del Estero. Sus intervenciones como diputado y sus escritos periodísticos son los fundamentos teóricos de nuestro federalismo. Defendió los derechos del ciudadano, la soberanía del país y pidió la protección para el interior frente al poder avasallador de la ciudad puerto. Denostó a Bernardino Rivadavia y a su política por considerar que pisoteaba la opinión de los hombres del interior y se opuso al voto calificado que impulsa el unitarismo denunciando que “la aristocracia del dinero vaciará de contenido a la república”.

El 12 de agosto de 1827, tras la ruinosa caída del elenco rivadaviano, la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires lo eligió gobernador. Su fama de bravo soldado, su verba inflamada, su carisma, sus medidas económicas populares y, sobre todo, sus conexiones con los caudillos del interior permiten explicar su llegada al poder. Desde el primer día de su gestión la conspiración unitaria se puso en marcha. Ellos apostaban a que Dorrego tendría que hacer una paz deshonrosa con el Brasil y que no podría gobernar con sentido nacional. Se equivocaron. Su gestión progresista y exitosa los hizo arder en odio. La prensa unitaria clamaba por sangre. Sólo necesitaban una oportunidad. Y la tuvieron de la mano de Juan Galo de Lavalle, la “espada sin cabeza”, quien se transformó en el brazo ejecutor.

Lavalle fue incentivado por deleznables personajes que le enviaron cartas incendiarias como aquella de Juan Cruz Varela -ex ladrón de dineros del Estado-, quien le pedía la vida de Dorrego y le decía “estas cartas se rompen”, o el miserable Salvador María del Carril, quien le “explicaba” que “esta revolución es un juego de azar en la que se gana hasta la vida de los vencidos”; todo esto bajo la atenta mirada de Martín Rodríguez a quien por sus diferencias políticas y su odio personal podemos sindicar como el autor intelectual del asesinato.

En la calurosa tarde del 13 de diciembre de 1828, Manuel Dorrego será fusilado por orden de Lavalle. La cosmopolita y liberal urbe porteña respira aliviada. Con un tiro en el pecho y siete en la cabeza creen haber puesto fin a ese federalismo irredento que les impuso trato igualitario con “la chusma”. Nuevamente se equivocaban. Pronto las fuerzas profundas del país real saldrían a la luz para poner fin a los sueños irreales del cipayismo al servicio de su graciosa majestad británica.

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