De luces y sombras

«Tenés la licencia para envenenarnos, pensás con audacia consejos muy agrios. Un caníbal desdentado enseñando a masticar, tu negocio es muy difícil de explicar y fácil de enseñar…»

Carlos Solari, «Es hora de levantarse querido!, ¿dormiste bien?»

 Es la hora aciaga donde las lenguas del poder se transforman en escalpelos blancos que horadan las bicentenarias llagas abiertas de un pueblo que, de tan cansado, muchas veces, ni siquiera se reconoce a sí mismo. Pero no debió serlo. Era la hora de los hornos. No debía verse más que la luz. Y sin embargo aquí estamos, en plena penumbra. La oscuridad que reemplaza el resplandor de la conciencia, la dignidad y la batalla, es hija de la cobardía y la canalla que, con suma delectación, profesionalizó la revolución nacional hasta transformarla en un títere de traje y corbata, camperitas con pluma de pato y zapatitos náuticos. Una verdadera obra de arte prolijita y clerical, digna de la Edad de Plástico en la que vivimos.

En ese escenario, potenciado por la pandemia y el miedo al desastre sanitario que se llevó puestas fosas enteras de personas alrededor del mundo, la clase obrera argentina se debate entre comer y rebelarse. No hay otra disyuntiva, es comer a pesar del parasitismo empresarial privatista, de los amos esclavistas que detentan la organización esclavista del régimen de salario y que, después de décadas de dilapidar las ganancias obtenidas por la propiedad de los medios de producción que usurpan, hoy no pueden pagar dos meses de sueldos. Esos medios de producción, la pampa húmeda, las empresas de servicios, el transporte, los fletes, la tierra, todos ellos le fueron enajenados a las mismas familias metastásicas de siempre, por gobiernos oligárquicos o por supuestos nacionales de postal, del 55′ para acá de manera ininterrumpida. Todo para que hoy, un país que produce alimentos para miles de millones de personas sea incapaz de darle de comer a su propio pueblo.

No existió el interregno del 54%, hubo un período donde se conquistaron derechos civiles pero no justicia social, la cual fue reemplazada por la llamada inclusión que reconstruyó parte del tejido social mediante proyectos cómo AUH, Argentina Trabaja o Procrear, pero no modificó en absoluto el régimen de propiedad de los medios de producción que estructuran la desigualdad.

El caso del transporte de larga distancia es un ejemplo paradigmático: más allá de que en esta coyuntura exista el real peligro de quiebra de la mayoría de las empresas, durante décadas empresas como Derudder Hnos. (Flecha Bus), T.A. Plusmar de los hermanos Teruel o Vía Bariloche de la famiglia Trappa, se enriquecieron con subsidios multimillonarios gracias a los amigos del poder. Flecha Bus, Plusmar, Vía Bariloche, DOTA y Metropol en corta distancia, se repartieron más de setenta mil millones de pesos del 2002 al 2017, mientras sus trabajadores no hicieron más que perder salario: no se paga más porcentaje por encomienda, los viáticos se recortan y en vez de efectivo se paga con viandas, no se paga falta de descanso y hoy, cuarentena mediante, ya directamente no se paga nada. Estos empresarios, verdaderos gusanos del transporte, se dan incluso el lujo de comunicarle a la UTA que «no pienso poner un peso, que me manden la policía, me quiten los pisos o me tomen el predio, no se paga», según le contó un alto directivo del gremio a quien esto escribe.

Podría haberse abordado incluso alguna solución al problema coyuntural del transporte de larga distancia para ya, amén del salvataje económico, como armar pooles para transportar trabajadores a los parques industriales, transportar incluso a militantes de movimientos sociales a los barrios populares o personal sanitario. Y el subsidio recientemente anunciando por el Ministerio de Transporte de mil millones de pesos para el sector, también invita a pensar qué Patria es la que deseamos. Se nacionaliza el transporte o se sigue manteniendo a estos monopolios, se regulan y se redistribuyen los pisos, las rutas, en función de las necesidades populares o se sigue pagando subsidios por rutas que no se cubren. ¿Alguna vez se cotejará el registro del sistema de control de CNRT con el cumplimiento real de las rutas cubiertas? De esta manera: ¿cuántos millones se les regalaron a las empresas de manera injustificada?

No se trata de pedir que la Revolución Nacional se ejecute mañana, ni que hoy a la tarde el presidente anuncie la nacionalización del transporte, los servicios, el comercio exterior y la banca. Se trata de que esté en un programa de gobierno. La identidad del pueblo argentino y su liberación se encuentran cifradas en esa enunciación, no se pueden difuminar en la niebla de los mercados. Deben ser objetivos estratégicos.

No obstante, los esfuerzos del poder hegemónico por trillar la identidad nacional no han logrado más que ensombrecerla y adormecerla, pero no la mataron: está viva y cuando las masas hablan de la Patria renace en sus ojos ese futuro, que una vez tuvo, y que aunque el posibilismo diga lo contrario, se puede y se debe recuperar. Es la hora de los hornos y, alguna vez, habrá que prender esa luz.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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