Crítica de la razón sindical

Cuando Sudamérica se está prendiendo fuego y algunos intentan explicar la parsimonia del pueblo y las organizaciones sociales y sindicales con categorías del siglo pasado y vanas autojustificaciones propias del más retrógrado sectarismo, la Argentina ha estado más expectante de lo que sucedía con la sede de la final de la Copa Libertadores que en conocer las declaraciones de algunos dirigentes políticos y sociales sobre la transición o el cambio de mando, a mi juicio, intrascendentes, cuyas opiniones caen en la conciencia de la sociedad como harina en saco roto. Queda en evidencia que lo que sucede en la región con este experimento fallido de la derecha ha comenzado a reventar los primeros tubos de ensayo y que, si no estalló en nuestro país es porque, precisamente, hubo sectores de la patria sindical que tuvieron plena connivencia con el saliente gobierno de Mauricio Macri, quienes le dejaron el camino libre para que lleve adelante sus políticas en pos de la gobernabilidad y que, ahora, se rasgan las vestiduras parados encima del rigor mortis​​ macrista. Un hecho que es insoslayable, independientemente de lo que digan pequeños grupos más combativos, nostálgicos de “Unidos y Organizados”. Patéticos y desmemoriados.

No me extraña para nada viniendo de una mezcla de progres, trotskos y nacionalistas de café que no saben ni siquiera donde están parados. Como diría un querido profesor mío, “juntos, pero no revueltos”. Lo único que está revuelto aquí son los argumentos que no tienen ni pies ni cabeza. El peor defecto que puede haber es mirarse el obligo y no colocar la vista en el horizonte, que claramente está señalando dónde tiene que ir el pueblo y que, si no ha ido, es por caer en la dependencia de lo que hagan o dejen de hacer los dirigentes, sea cual sea el sector que representen. De organizarse, nos organizamos todos (ardid de cierta izquierda universitaria que he venido escuchando hasta al hartazgo), pero, ¿movilizarse y actuar? Esa asignatura la vienen aplazando desde 2015 a la fecha, aunque manifiesten lo contrario.

En psicología, la negación es un mecanismo de defensa muy común que consiste en mantener fuera de la conciencia una realidad que el individuo es incapaz de afrontar, por tanto, no le queda otro recurso que negar su existencia o su relevancia exaltando méritos propios con el fin de rechazar los estímulos aversivos propiciados por un acontecimiento que, en efecto, ha ocurrido, y que su simple presencia en los anales de la historia amenaza su credo y convicción sobre las cosas. Muchos se han olvidado de la única categoría que jamás pasará de moda y que es un imperativo universal en la lucha de los pueblos oprimidos: la tesis XI de Marx. Parece que además de llevarse a marzo la cátedra de movilización, también se han llevado la de filosofía de la praxis. Por eso las generaciones que han venido después del regreso de la democracia, son, sin lugar a duda, generaciones perdidas, bastardeadas y tiradas a la basura.

El golpe llegará cuando menos se lo esperen y luego se acordarán, como una epifanía, que Ecuador, Chile, Colombia -y tímidamente Perú- son parte de la Patria Grande y no republiquetas repartidas por el mapa de América Latina que, de un modo muy infausto, niegan las luchas históricas de los sectores sociales de estos países con latiguillos propios de un barrabrava como “andáte a Chile” o “andá a encontrarlo en Ecuador” y otras zonceras por el estilo, como si los pueblos fueran el Estado y la patronal, que han escrito hace decenios la historia oficial y el destino que, hoy, mandan por estos lugares. Algo que ya hemos visto y escuchado cuando precisamente la CGT y otras centrales de trabajadores en 2001y 2002 pedían, en medio de la crisis, que se expulsaran del país a los inmigrantes de países limítrofes -bolivianos, paraguayos y peruanos-, con el argumento de que éstos les quitaban trabajo a los “argentinos”. Mismo espíritu de la crisis, similar reacción sectorial: cargada de desprecio y xenofobia. Recordando -para los desmemoriados- aquellas poderosas palabras de Manuel Ugarte: “La política de ‘cada uno para sí’ y el razonamiento primario que entretiene la credulidad de algunos gobiernos no resiste al análisis y es un error visible que, además del egoísmo que denuncia contiene males innúmeros. ‘Admitiendo que el peligro exista —declaran— para llegar hasta nosotros el coloso tendría que atravesar toda la América’. Olvidan que si la situación geográfica logra ponernos, según la región, parcialmente al abrigo, que si la prosperidad económica puede, quizá, anular o detener el primer ataque, cada vez que una nueva comarca sucumbe, el conquistador está más cerca. Es un mar que viene ganando terreno. Por otra parte, las repúblicas triunfantes no pueden dejarse ahogar y arrinconar en el Sur. Todo indica que muy pronto serán entidades exportadoras que necesitarán mercados en el propio Continente. No es un sueño suponer que la Argentina, Brasil y Chile resultarán en ciertos órdenes, los proveedores obligados de la zona que se extiende más allá del Ecuador. Además, ¿cómo suponer que el huracán se detendrá al llegar a nuestros límites? Nada más desconsolador que la política que espera a que los peligros le pongan la rodilla en la garganta para tratar de conjurarlos. El buen sentido más elemental nos dice que las grandes naciones sudamericanas, como las pequeñas, sólo pueden mantenerse de pie apoyándose las unas sobre las otras. “La única defensa de los veinte hermanos contra las acechanzas de los hombres es la solidaridad.”[1]. Reflexiones esgrimidas por Ugarte en el 900, que son un espejo retrovisor que no hace más que anticipar nuestra tragedia, como así también la respuesta a esa tragedia, que no está precisamente en el chovinismo de frontera.

No me deja de venir a la mente aquella sentencia del presidente Marcelo T. de Alvear cuando le consultaron respecto a la invasión de marines yanquis en Nicaragua y la lucha de Augusto César Sandino por defender la soberanía del pueblo nicaragüense: “Nicaragua está demasiado lejos para que los argentinos nos preocupemos por su destino”. Ecuador, ¿está demasiado lejos? Chile, Colombia y Perú ¿están demasiado lejos para que los argentinos nos preocupemos por sus destinos? ¿O será que las crisis nos van transformando poco a poco en monstruos, que nos hacen encerrarnos en nosotros mismos, odiar al que tenemos al lado y desoír lo que está pasando con esos pueblos hermanos? ¿El “andáte a Chile” no es igual a la frase del aristócrata porteño que supo gobernar la Argentina en 1922? Evidentemente no se trata de coordenadas ideológicas, sino de posiciones dentro de la estructura social que hace brotar el peor y más rancio de los nacionalismos, porque de ser ideológica la cuestión, hay expresiones a las que, yo, por lo menos, no le encuentro explicación, como las que acabamos de repasar. ¡Así no hay GPS ideológico que aguante!

En suma, a este cinismo pseudonacionalista de “acá tenemos un pueblo movilizado” y otras yerbas, es mejor contestarle con una poca de memoria histórica, aunque ésta se asemeje a una puteada.

Referencias

[1] Manuel Ugarte, El porvenir de América Latina, Prometeo Editor, Valencia, 1910 en La nación latinoamericana, compilación, prólogo, notas y cronología de Norberto Galasso, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1978, p. 16.

Maximiliano Pedranzini
Maximiliano Pedranzini
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