Cepo al salario: la Reforma Laboral de Cambiemos

Breve prólogo al umbral de la reforma.

Si de algo no se puede responsabilizar al gobierno de Cambiemos, es de ser imprevisible. La llamada Reforma Laboral no sólo se trata de una medida harto anunciada y esperable, dada la prosapia y la naturaleza de la conformación cambiemita, si no que está en el ADN de cualquier régimen neoliberal.
La transformación del régimen salarial capitalista en un cepo permanente que aprisione cualquier esperanza de movilidad social ascendente por parte de los trabajadores, sobre todo en los colonatos y semi colonatos, se cuenta entre las cuestiones primordiales a resolver por el poder hegemónico. El sometimiento de los trabajadores y su inmovilización mediante la reducción del poder adquisitivo del salario, la desocupación producto de la planificación económica liberal importadora y la puesta del capital en función de la banca y el escolazo financiero, es el primer objetivo del programa neoliberal: aislar y alejar de cualquier posibilidad de toma de conciencia a la única clase capaz de llevar el programa nacional hasta las últimas consecuencias: la clase trabajadora.

Lo cual no significa en modo alguno idealizar a los trabajadores o a sus organizaciones sindicales. Los trabajadores no tienen su percepción impermeabilizada ni son inmunes a la influencia del entorno social y la coyuntura histórica en la que desarrollan su cotidianeidad. Amplios sectores del movimiento obrero, organizado o no, han respaldado electoralmente el ascenso de la casta oligárquica cambiemita y aún hoy lo sostienen y esta cuestión no es contradictoria, es dialéctica: es el resultado de la interacción dinámica entre el sujeto a seducir y maniatar, y las herramientas mediáticas, económicas, hedonistas, etcétera, que el hegemón pone en función del objetivo antedicho. Más luego, su aparato multimediático disfrazará la cuestión de tal o cuál manera y la realidad le cederá paso a la intangible post verdad. No profundizaremos aquí esa cuestión, pero la usaremos como portal de acceso al análisis de la cuestión que ocupa estás líneas: la reforma laboral del macrismo.

Al filo en el umbral de lo inexorable.

Cómo el recuerdo borroso de un ardor lejano o la luz efímera de un fuego artificial embelleciendo el firmamento, el brillo de las jornadas de la semana que fue del seis al once marzo de este año parece historia antigua. En una semana se movilizaron los docentes, la CGT, las organizaciones sociales, las mujeres, la cultura y sin embargo, y aunque nunca es en vano ganar las calles, todo el poder popular desplegado en esas jornadas fue neutralizado por la oligarquía se podría decir que hasta sin demasiado esfuerzo.

Y casi con el mismo poco esfuerzo, se ha montado el sistema de pinzas que impone la reforma antiobrera. Aquella imagen patética de la cúpula cegetista corriendo al escape de trabajadores indignados por un paro sin fecha y la inexistencia de un plan de lucha para enfrentar la pérdida ominosa y sin mengua de puestos de trabajo, no fue sino el preludio de la posición actual del triunvirato ante la reforma: correr por derecha a sus oposiciones internas y hacer como el tero, que grita en un lado y pone los huevos en otro, es decir, gritar un “rechazo contundente y de plano” en un lado y negociar su tranquilidad con el ministro Triaca (h) por aquel otro. Ante la propia humillación no hay negociación posible, si es que se entiende como propia la humillación de los representados. La posibilidad de volver a las doce horas de trabajo, reducir a su mínima expresión las indemnizaciones por despido, ver a los trabajadores despojados de derechos adquiridos a precio de sangre, como fueron la incorporación al cálculo indemnizatorio de las horas extras, los beneficios sectoriales que incluyen movilidad por automotor, el pago de viáticos o las horas extras. Son verdaderas humillaciones inaceptables para el movimiento obrero.

Amén de la poca información orgánica que emana de la CGT más allá de las esporádicas declaraciones mediáticas de los triunviros, lo único que ha trascendido como “logro” concreto de la CGT sobre el borrador de reforma del gobierno es su participación en el control sobre el empresariado supervisando el cumplimiento del pago de las cargas sociales y previsionales y la existencia de personal no registrado, para lo cual se planea resucitar el proyecto kirchnerista de la puesta en marcha del Registro de Empleadores con Sanciones Laborales (REPSAL), un padrón de empleadores fuera de regla que prevé multas para las patronales que incumplan. No obstante lo cual, como dios aprieta pero no ahorca (y el dios de la burguesía es muy buenito), en el marco de la reforma impositiva se le otorgaría a los empresarios la condonación de multas y punitorios para los que tuviesen personal no registrado y un reconocimiento por parte del Estado de parte de los años de aportes no practicados por los trabajadores en situación de informalidad. Es decir señores empresarios, de aquí en más los controlamos, lo preexistente lo perdonamos.

Otra de las claves de la reforma tiene que ver con la modificación conceptual implícita del significado del salario. La quita del cálculo indemnizatorio de horas extras, adicionales, aguinaldo y demás implica la disociación de estas remuneraciones del monto convenido a recibir por un trabajador contra prestación de su fuerza de trabajo por un tiempo determinado, o sea el salario. Como si esos pagos adicionales, incluso la obligación patronal de abonar al sistema de obras sociales sindicales o garantizar la cobertura de medicina prepaga para el trabajador y su grupo familiar, fueran a deformar la naturaleza del salario mismo, como si no representaran derechos que vienen a reforzar y elevar la propia esencia del concepto de salario. En el mismo sentido ha operado la estigmatización de la justicia laboral por vía mediática y los constantes ataques externos al modelo sindical argentino y muy particularmente a sus sectores dirigentes más combativos.

Desenlace de lo incierto.

Si podemos acordar en que el régimen salarial simboliza el grillo del sistema de producción capitalista sobre los trabajadores, no está de más recordar la necesidad por parte de los trabajadores de acceder a condiciones salariales dentro del sistema que le permitan remuneraciones más altas y niveles más elevados de independencia económica por la recomposición del poder adquisitivo.

La lucha cultural contra la imposición brutal de las ideas dominante deberá tener un eje sólido en la proliferación y la resistencia de los medios populares de comunicación. Mientras en el plano político concreto, quizás, no se trate tanto de la radicalización de la protesta o de esperar algo del Congreso Nacional y sí se trate fundamentalmente de la organización del movimiento obrero alrededor de la defensa de sus organizaciones sindicales y de la lucha orgánica dentro de ellas para llevar a sus conducciones a posturas de defensa irrestricta de los derechos del pueblo trabajador. En este sentido el accionar de las Regionales de la CGT está siendo fundamental. No se trata de pedirle a la CGT que tome el lugar de la partidocracia, sino que salga de su posición conservadora y acompañe a los trabajadores en la defensa de los puestos de trabajo. Se trata de ser consecuente con la pertenencia y, en última instancia, en el desarrollo de este camino se centran muchas de las esperanzas de este castigado pueblo argentino.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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