Carlos Guido y Spano: versos helenos de un poeta nacional y popular

Por: Maximiliano Molocznik

Historiador. Integrante del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”.

Poco antes de morir, en 1918, al borde de sus noventa años, Joaquín V. González quería proclamarlo gloria suprema de las letras argentinas. Su solitario final haciendo versos griegos luego de mucho haber batallado no debe llamarnos a confusión: Carlos Guido y Spano fue un poeta militante del campo nacional, popular y latinoamericano.

Su pecado capital fue no haber servido a Bartolomé Mitre. Siempre fiel a sus ideales, nunca buscó el conchabo fácil en los medios oficiales de Buenos Aires. Era orgulloso y altivo, no estaba dispuesto a pagar el precio de la sumisión a través del silencio o la genuflexión para mantener el sueldito. Carecía de dinero, pero tenía dignidad.

A diferencia de su amigo José Hernández, no era un hombre nacido de la entraña popular. Por el contrario, había tenido una cómoda vida en Brasil donde su padre, Tomás Guido, fue un destacado diplomático de Juan Manuel de Rosas en la corte de Río. Viajero permanente a Europa, galán de mil aventuras, dueño de un enorme talento lírico, toda su sensibilidad y su cultura lo conducían a un mundo irreal, armónico y bello. Sin embargo, el vate exquisito, el cantor de las bellas palabras, cuando vio peligrar a su patria no dudó y se involucró política y militarmente en su defensa.

En 1845 abandona Río de Janeiro para luchar contra la agresión anglo-francesa. A pesar de que Rosas no le simpatiza, comprende que hay una guerra nacional y que lo más importante es defender la soberanía. Los unitarios nunca le perdonarán esta decisión. En 1848 estará en París, en las barricadas de la revolución de febrero. Será testigo y actor privilegiado de la primera gran batalla entre la burguesía y el proletariado. Obviamente se sumará a la multitud y será uno de los miles que vociferará contra Guizot.

Con este bagaje de conocimiento y experiencia regresa, en 1852, a su patria. Rosas ha sido derrotado y su padre expulsado de Buenos Aires por rosista. Hasta 1858, Carlos se llama a silencio en la prensa. Se hará amigo de Nicolás Antonio Calvo, un gran luchador por la unidad nacional, a quien acompañará en la edición de La Reforma Pacífica, diario de clara tendencia antimitrista.

Durante un año, hasta octubre de 1861, será un funcionario encumbrado del gobierno de Paraná. Luego de Pavón renuncia y se va a Montevideo. Eso no le impide continuar la prédica antimitrista. En 1862 denuncia la invasión francesa a México y pide que el gobierno argentino condene a Napoleón III. Esta actitud le vale una acre polémica con La Nación que critica su actitud de solidaridad latinoamericana. Claro, la tribuna de doctrina de la Argentina agroexportadora no tenía ninguna intención de molestar los negocios de los franceses e ingleses en México cuando aquí también les allanaba el camino.

En 1865 marchará a defender Paysandú, la ciudad demolida a cañonazos por la escuadra brasileña con apoyo de Mitre. Guido está convencido de que Brasil -usando a Venancio Flores como instrumento- está destruyendo la nacionalidad uruguaya. Lo dice con todas las palabras: ¡Se está cometiendo a nuestra vista el asesinato de un pueblo, y consentimos en que se nos haga cómplices de un crimen!

Por denunciar estas y otras tropelías de Mitre en su folleto “El despotismo del estado de sitio de la República Argentina en 1866-1867” va preso. Sin embargo, no pueden hacer callar su voz, sigue oponiéndose con lucidez y talento tanto a la penetración del capital extranjero en el Plata como a la Guerra del Paraguay. En 1869 acompañará a su amigo José Hernández en la aventura de editar “El Río de la Plata”, una de las pocas voces opuestas a la guerra.

En suma, sus claras posturas contra la oligarquía mitrista, su defensa de los caudillos federales -en especial a Ricardo López Jordán- y sus acciones militares a favor de la soberanía nacional hacen que debamos recordarlo mucho más que como el gran poeta que fue. Nunca sus versos helenos le impidieron ver el dolor de su patria y de su pueblo. Fue un verdadero poeta militante que no vivió ajeno a los dramas de su tiempo. Su muerte, como dijera Alfredo Palacios, “más que un final humano se asemejó a la extinción del fuego de un trípode”.

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