Ardiendo desde abajo

Pasados los paros programados para el 30 de abril y el 1 de mayo la primera impresión que quedó flotando en el ambiente es que hubo sólo una jornada de lucha: el 30 de abril. El masivo acto convocado por los gremios disidentes de la CGT nucleados en el Frente Sindical, la Corriente Federal de los Trabajadores, las dos CTA y los movimientos sociales, sumados a la adhesión de más de 70 líneas de transporte urbano enfrentadas a la conducción de la UTA le dieron un marco contundente a la medida de fuerza, en contraposición a un 1 de mayo que, más allá del paro total de actividades convocado por la CGT, al ser un día normalmente no laborable contó con el espesor propio de ser el Día de los Trabajadores y prácticamente nada más. Pero volvamos al 30 de abril: discursos duros contra la política económica antinacional del Régimen de Cambiemos, la consolidación de un arco sindical amplio dispuesto a sostener la presencia del movimiento obrero en el proceso de reunificación del movimiento nacional y nuevamente la unidad en acción con los movimientos sociales. Esta unidad entre sindicalismo y organizaciones sociales muestra aristas que distinguen a este momento histórico de procesos similares que les ha tocado vivir a nuestras clases subalternas en el pasado.

El avance voraz y despiadado del gobierno de los mercados sobre la industria, la manufactura y la producción nacional, desencadenó una vez más el desplazamiento de millares de trabajadores expulsados de la cobertura social sistemática hacia la periferia. Esta dinámica es característica de la espiral de saqueo que se da cuando el Imperialismo aprieta el lazo al cuello del capitalismo metropolitano para alimentarse y este a su vez asfixia a los capitalismos semicoloniales y coloniales para satisfacer a los que se arrogan la propiedad del mundo. Ya lo hemos vivido previo a la llegada del Yrigoyenismo al poder, durante la década infame y con el declive social que derivó de los golpes de estado del 55’, 66’, 76’, el menemato y el derrumbe de la Alianza UCR-Frepaso en 2001. No obstante en aquellos períodos de reflujo de las masas populares, el traslado de la trinchera de lucha del puesto de trabajo al barrio y sus organizaciones, no derivó necesariamente en la intencionalidad política de superar la instancia barrial como un espacio de contención como en este caso, ni mucho menos en la unidad de hecho con sindicatos confederados. En este sentido la gestión Cambiemos es espectadora de un proceso unitario plebeyo que puede hacerla zozobrar cómo jamás se lo imaginó.

La unidad se desparrama en el pueblo como un virus incontrolable: los barrios y sus familias se unen con los sindicatos y sus bases, en el plano sindical los gremios de la pequeña burguesía de la CTA con los obreros del Smata y los Camioneros, las organizaciones sociales casi adentro de la CGT y alimentando la perspectiva de un horizonte para sus representados dónde el trabajo digno y el Estado de Bienestar vuelvan a garantizar su salud y su alimentación. Toda una amalgama plebeya, de tierra, de barrio y barro. Conurbana, de fábrica, obra, metal, cemento y cal, desempleada y desposeída por el gobierno de un presidente que dice haber puesto en marcha una “Revolución de Empleo” mientras el pueblo se queda sin trabajo y se muere de hambre.

Sindicatos y organizaciones sociales unidos políticamente, ardiendo desde abajo. Hasta dónde puede llegar esta unidad impulsada por las bases y sus necesidades, es una incógnita que la superación de la dialéctica liberación-dependencia irá dando mientras el problema nacional se vaya resolviendo y se combine con la cuestión social, aumentando los niveles de formación, de organización y el protagonismo de los sectores populares y los trabajadores sea cada vez mayor en la toma de decisiones.

Somos el último eslabón de la cadena, no es ninguna novedad, la cuestión nacional y la cuestión social irresueltas configuran esta situación, de momento, inexorable pero de ninguna manera irrecuperable.

Sebastián Jiménez
Sebastián Jiménez
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